Thomas Wilson fue ejecutado en Tyburn el 26 de julio de 1722, a los veinte años de edad aproximadamente. Antes de su suplicio, había hecho público un escrito en el que reconocía diversos robos y solicitaba el perdón por sus crímenes. Sin embargo, en la carreta y momentos antes de expirar, advirtió a los congregados que no lo considerasen responsable de un atraco ligado a un individuo llamado Phelps, de cuya detención acababa de enterarse. Esta indecisión entre la confesión y la negativa corona el final de la crónica: Wilson se había declarado culpable de varios cargos, pero reservaba aún su última palabra para una causa particular.
Había nacido en los alrededores de Londres, de padres que no padecían miseria y supieron procurarle la crianza que sus caudales alcanzaban a costear. Siendo niño, anteponía la holganza y las pequeñas rapiñas a la instrucción que pretendían inculcarle. Sus progenitores lo reprendían y castigaban cuando entraba a hurtar en los huertos, faltas que en otros hogares se habrían tolerado como meras chiquilladas. Wilson juzgaba insufribles semejantes cortapisas. Abandonó la casa familiar y vagabundeó durante un tiempo subsistiendo merced a idénticos ardides. Cuando regresó, sus padres, hasta entonces cariñosos, lo acogieron con desabrimiento; resolvió entonces romper todo lazo con ellos.
Se hizo a la mar sin su consentimiento al cumplir los trece años. Wilson no completó más que una travesía por el Báltico, pero la crónica lo retrata como un marinero díscolo que recibió catorce azotes, fue suspendido por los talones y golpeado en seis ocasiones por sus desmanes a bordo. Aquella férrea disciplina le causó aversión hacia el servicio náutico. De vuelta en Inglaterra, acudió ante su familia y dio muestras de sumisión —dentro de los límites de su natural arisco— prometiendo una mayor obediencia. Sus padres lo colocaron con un aserrador cerca de Fleet Ditch. Allí faenó cuatro años con honradez y cierto beneplácito, hasta que las ansias de libertad volvieron a descarriarlo.
Abandonó a su amo para enrolarse en un mercante con rumbo al Estrecho. Mientras la nave aguardaba su carga, contrajo una dolencia que la crónica achaca a los calores de aquella tierra y a su inclinación desmedida por el vino y las frutas. Frecuentó asimismo malas compañías y regresó a Inglaterra en extremo quebrantado. El capitán lo trajo consigo por pura conmiseración. Consigna el cronista que el clima de su suelo natal lo restableció de manera casi milagrosa, deduciendo también que Wilson sanó de los males contraídos en su trato con ciertas mujeres españolas, sin precisar su índole.
Poco después, Wilson quedó prendado de una joven laboriosa y de reputada honestidad, a quien persuadió para contraer matrimonio. Los parientes de la doncella, sabedores de su conducta licenciosa, la apartaron de su lado por no verla arrastrada a su ruina. Describe entonces el memorialista a un hombre que sobrellevó la separación sumido en la melancolía y arrimándose a las partidas que habrían de precipitarlo al delito. Afirma que, en lo sucesivo, Wilson rara vez estuvo sobrio, y atribuye sus desmanes tanto a la pérdida de su consorte como al amargo pesar por su propio proceder. Este juicio de su ánimo pertenece al narrador; los hechos que pasa a detallar son los asaltos imputados a la gavilla a la que Wilson se incorporó.
Aquellos hombres eran notorios por la saña con que acometían a los viandantes. No se valían principalmente de pistolas para arredrar a los caminantes, sino de gruesos garrotes con el extremo cargado de plomo. Emboscados tras los setos, descargaban el golpe sobre el viajero descuidado y salían luego a despojarlo y atarlo. La crónica sitúa sus golpes en los caminos que conducían a las aldeas de recreo próximas a Londres, dejando constancia de una violencia premeditada para reducir a la víctima antes de que pudiese impetrar auxilio o dar caza a los forajidos.
En el camino de Bow, la cuadrilla topó con un lacayo. Lo derribaron sin advertencia previa. Aturdido por el golpe y sobrecogido por los salteadores, no opuso resistencia mientras le sustraían el dinero, el reloj, el sombrero, la peluca, la chupa y un par de hebillas de plata. Uno de los malhechores reparó en un anillo que lucía en el dedo; el lacayo suplicó que se lo dejasen, alegando que se lo había regalado su señora. El primer asaltante pareció titubear. Wilson le asió entonces la mano y le arrancó la sortija de cuajo, mofándose de la víctima por la procedencia de la joya. El relato no consigna el nombre del criado ni la valía de la alhaja, pero deja entrever el escaso peso de las súplicas cuando una pieza despertaba la codicia de Wilson.
Pocos días después, hallándose embriagado, Wilson determinó salir solo para no partir el botín. No había andado ni media hora cuando alcanzó a un hombre que transportaba, suspendido de una vara, un hatillo de vasijas barnizadas. Wilson lo derribó con su garrote plomado y se apoderó de la carga. No obstante, al pretender registrar a su presa con mayor empeño, se le fue el pie y cayó de espaldas al foso. El hombre aprovechó la ocasión para ponerse en pie y poner pies en polvorosa. Wilson, una vez repuesto, ganó una casa donde los ladrones solían guarecerse y desató el fardo. Halló en él cuatro tarros con una libra de rapé cada uno y cuatro botes menudos de pomada olorosa. El despojo defraudó al salteador, que aguardaba mejor ganancia, mientras que la víctima había logrado ponerse a salvo.
Otra noche, Wilson y un compinche divisaron al señor Cowell en las inmediaciones de Islington. El socio pretendía asaltarlo, pero Wilson temió ser reconocido y le rogó que desistiera de la empresa. Su compañero hizo caso omiso. Despojaron a Cowell del sombrero, de la peluca y de cerca de un chelín. Wilson fue prendido al poco tiempo; el otro, avisado de su captura, huyó a Holanda. En las siguientes sesiones judiciales, Wilson fue encausado por esta agresión y por diversos robos de idéntico cariz. Se declaró culpable de todas las imputaciones y manifestó que no aguardaba clemencia, pues poco bien había reportado a sus semejantes.
Tras dictarse la sentencia capital, buscó consuelo en la religión y se ofreció a hacer cuantas revelaciones estuviesen en su mano para servir a la justicia y a la sociedad. Redactó una confesión y la entregó solemnemente en Tyburn. En dicho papel, daba cuenta primero de un robo perpetrado en un sendero entre Highgate y Hornsey. Él y su secuaz habían encontrado a un hombre y una mujer que inquirían por el camino de Upper Holloway. Los dos ladrones apuraron dos pintas de cerveza para cobrar ánimos, siguieron a la pareja y le arrebataron dos chelines y unas monedas sueltas, además del delantal, el sombrero y el pañuelo adamascado de la dama. Wilson aseguró que los habían dejado marchar sin maltratarlos, si bien habían sopesado hacerlo. Su cómplice había puesto proa a Holanda tras su detención; el reo afirmaba que no lo habría delatado, mas sus allegados residían en aquellas tierras.
Wilson detallaba asimismo un asalto perpetrado junto a un pajar, en el atajo que conducía a la iglesia de Pancras: un sombrero, una peluca de lazo, un bastón y las mercaderías que portaba un transeúnte. Habían oído decir que la víctima llevaba gruesas sumas; no obstante, esta corrió más aprisa que Wilson, quien andaba beodo y celebró luego haberse escabullido. En su escrito confesaba además haber despojado a dos hombres de sus capas y chupas cerca de Copenhagen House, y haber cometido varias fechorías callejeras en las inmediaciones de Lincoln's Inn. Imploraba el perdón de Dios y de los hombres por tales desafueros, y también por haber descerrajado un pistoletazo en presencia del juez Perry contra el enemigo de un allegado, manifestando su alivio por no haberle segado la vida.
El pliego aportaba, por último, noticias sobre sus compañeros de armas. Tres de los más señalados, refería Wilson, habían escapado a Holanda antes de su captura; otros dos yacían en Newgate por faltas menores; y un postrero, a quien rehusó nombrar, se había retirado a Warwickshire, donde había tomado estado y llevaba una existencia laboriosa y honrada. Estas precisiones iban destinadas al público, mas Wilson no pretendía entregar a todos cuantos había frecuentado. Declaraba que no habría descubierto al socio huido a Holanda y silenciaba la identidad del avecindado en Warwickshire.
En la carreta, el día de su ejecución, Wilson se mostró con mayor entereza que los demás ajusticiados y se incorporó en repetidas ocasiones para ser visto por la muchedumbre. Les encareció que no diesen crédito a las relaciones apócrifas que pudieran circular, habida cuenta de que ya había confiado su propio texto al conocimiento general. Añadió luego haber sabido que cierto Phelps había sido conducido a Newgate por un robo consignado en sus papeles. Aseguró que jamás había conocido a tal Phelps ni había intervenido en el asalto que motivaba su prisión. Este tardío desmentido convive en la misma crónica con su allanamiento de culpabilidad ante el tribunal y con los robos que él mismo había pormenorizado. Wilson se colocó él mismo la soga al cuello y rindió la vida con resolución el 26 de julio de 1722, contando unos veinte años.
