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Justicia y escándalos · Inglaterra

El panadero detenido antes de zarpar

Hertfordshire, Jamaica e Inglaterra, 1721. Tras criarse en una posada y verse despojado de la fortuna paterna, Robert Perkins es condenado por el robo de una moneda marcada. Desterrado a Jamaica, escapa de las plantaciones, regresa clandestinamente a Inglaterra y acaba siendo apresado en Gravesend por quebrantamiento de condena.

Robert Perkins se disponía a abandonar Inglaterra cuando fue arrestado en Gravesend. Pretendía poner rumbo a las Indias Orientales; la justicia, sin embargo, lo devolvió a Newgate. Hacía casi dos años que ejercía como panadero en la misma tierra a la que su condena le prohibía regresar. El delito que lo había llevado desterrado a Jamaica había sido el hurto de una moneda marcada, hallada en su bolsillo en el fondo de una taberna de Whitechapel. A su regreso, fue su mera presencia en suelo inglés lo que le valió la pena de muerte.

Su padre regentaba una posada de renombre en Hempsted o en sus inmediaciones, en el condado de Hertfordshire. Mientras vivió su primera esposa, el cronista describe a Perkins como a un muchacho tratado con ternura, enviado a la escuela bajo la tutela de un maestro reputado y destinado a recibir una esmerada educación. Con la muerte de su madre, el hogar mudó por entero. El padre volvió a casarse; en un principio, el joven fue llamado de vuelta a la casa y disfrutó allí, durante algún tiempo, de una acogida benévola. No obstante, pronto creyó comprender qué lugar le reservaban y acaso manifestó sus recelos con excesiva franqueza. Según el relato, su nueva madrastra logró entonces que fuera expulsado y se le prohibiera el regreso. El cronista puntualiza que se ignora si el joven Perkins había cometido, hasta aquel instante, acto deshonesto alguno.

Una noche en que el frío arreciaba y temía por la suerte de su hermana, tomó una escala y penetró en la vivienda por la ventana. Aquella irrupción fue presentada como una tentativa de asesinato contra su madrastra. El texto no afirma que Perkins perpetrara robo alguno en aquella ocasión; señala que el suceso fue abultado hasta convertirse en acusación formal y que, a raíz de ello, su padre lo repudió por completo. La muerte de este sobrevino poco después. Dejó tras de sí un patrimonio de varios miles de libras, pero su hijo no percibió nada: lo colocaron como aprendiz de panadero y lo abandonaron a su suerte, según la crónica, sin mayor amparo.

El oficio le resultaba penoso. Prefería entregarse a la bebida, al juego y a malgastar el tiempo en compañía de camaradas que lo arrastraban a sus placeres. La constante evocación de la herencia que le había sido arrebatada alimentó, a juicio del autor, su afán por vivir por encima de sus posibilidades. Perkins, afirma, pretendía desenvolverse como si la hacienda paterna estuviese a su alcance, cuando sus escasos recursos le imponían una conducta rigurosamente sobria. Los dispendios y las diversiones no se avenían con las exigencias del aprendizaje ni con su verdadera condición. El cronista insiste en la crueldad de la familia y en la ligereza con que el mundo censura después al joven descarriado; juicios estos que pertenecen a su propio comentario moral. Los hechos comprobados son más escuetos: una ruptura familiar, un aprendizaje forzado, gastos desmedidos y malas compañías que lo apartaron del oficio.

Cierto día, Perkins partió con algunos mozos del vecindario para beber y divertirse. Llegaron a Whitechapel y entraron en una pequeña taberna. Mientras el grupo bebía, entonaba canciones obscenas y se solazaba, los amos de la casa advirtieron la desaparición de una moneda de cinco chelines que presentaba unas marcas singulares. Reclamaron la presencia de un agente y de varios hombres para registrar a los jóvenes por separado. La pieza fue hallada en el bolsillo de Perkins. De inmediato fue conducido ante el magistrado y después recluido en Newgate.

En las sesiones de justicia que siguieron, la causa se consideró lo bastante fundada para declararlo culpable y condenarlo a la deportación ultramarina. El tiempo que precedió a la partida le brindó, según el cronista, la oportunidad de sopesar su suerte y meditar sobre el camino a seguir. Pensó primero en los malos tratos que achacaba a su familia; luego, a medida que el embarque se hacía inminente, procuró ganarse el favor del capitán para mitigar en lo posible los rigores de la travesía. El interés de Perkins se concentró así en lo único que aún dependía de su conducta: a diferencia del hogar paterno, a bordo había un hombre cuya gracia podía aliviar las penalidades del viaje.

Su talante servicial le procuró durante la navegación cierta holgura y aquellas indulgencias que el capitán podía conceder sin menoscabo de su autoridad. Al desembarcar en Jamaica, su condición mudó de golpe: fue vendido a un hacendado por diez libras. Las faenas requeridas en las plantaciones excedían con mucho sus fuerzas; la crónica indica que el colono lo hacía trabajar a la par que a sus esclavos, y que su complexión apenas resistía semejante fatiga. Su oficio de panadero de poco le servía allí. El amo lo traspasó después a otro hombre, quien mandó construir un horno para emplearlo en su antigua profesión. Esta segunda ocupación devolvía a Perkins a una destreza adquirida en Inglaterra, pero tampoco permaneció junto a este dueño. El texto deja en suspenso si este segundo patrón fue en verdad cruel o si Perkins tachaba de tiránico cualquier trabajo que contrariase su propensión al ocio.

Huyó de este amo y logró deslizarse a bordo de un navío con rumbo a Carolina. De allí, según declaró, pasó a Maryland, donde se enroló en una embarcación con destino a Inglaterra. No había regresado, pues, en línea recta al puerto de origen, sino a través de una cadena de rodeos y sucesivos embarques. La travesía se vio truncada por su captura a manos de los españoles; hubo de arrostrar aún otras tribulaciones antes de pisar de nuevo su patria, conforme a las etapas que consigna la relación. Esta omite fechas y pormenores de aquel cautiverio, dejando este azaroso regreso desprovisto de mayores precisiones. No obstante, el retorno no borraba la condena que lo había desterrado a ultramar. Recobraba su tierra natal, pero pesaba sobre él una sentencia cuyo quebranto conllevaba la pena capital.

Durante casi dos años tras su regreso, Perkins trabajó como panadero. El cronista le atribuye por entonces el firme propósito de llevar una vida honrada y renunciar a sus antiguos extravíos. Mas el temor incesante a ser descubierto lo sumía, afirma, en una inquietud que le impedía perseverar en paz en su resolución. Decidió entonces marchar a las Indias Orientales. Fue en Gravesend, adonde había acudido para embarcar, donde la justicia le echó el alto.

Juzgado por haber regresado indebidamente de su deportación, fue hallado culpable y condenado a muerte. La crónica no ofrece pormenores sobre la identidad de quien lo reconoció ni sobre el debate en estrados. Se detiene más bien en la transformación interior que sitúa bajo el peso de la sentencia: los principios de una esmerada educación primera, durante largo tiempo sofocados, habrían recobrado su imperio en su alma, empujándolo a encomendarse a la misericordia de Cristo. El autor asevera que esa serenidad perduró hasta el día del suplicio, y que no fue ni efímera ni fingida. El propio Perkins habría manifestado que afrontaba la muerte con menor desazón al considerar que su ruina no arrastraba a nadie más: no dejaba descendencia y su joven esposa era capaz de ganarse honestamente el sustento.

El 5 de julio de 1721, Robert Perkins fue ejecutado en Tyburn. Así, el hijo del posadero, a quien la hacienda de su padre no dejó bien alguno, pereció tras haber conocido el aprendizaje gremial, el hurto de una moneda, los trabajos forzados en las plantaciones y un retorno clandestino a Inglaterra. Había ejercido de nuevo su oficio durante casi dos años, pero el miedo a la delación lo impulsó a una nueva huida, y el arresto sobrevino antes de que pudiera levar anclas en Gravesend. El relato se cierra con su consuelo espiritual y el alivio de no dejar hijos a los que legar su deshonra. El regreso que le había permitido reencontrar su oficio fue también el camino que lo condujo irremediablemente al cadalso.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Lectura íntegra de newgate-004, 1.573 palabras; SHA-256 de origen a8d0ca723f77e9fec828f3f62baea8fc0b5b87a38e0f7b949f1d7fe1dc313909. La fuente consigna de forma explícita la ejecución en Tyburn el 5 de julio de 1721. Detalla que Perkins fue vendido a un plantador de Jamaica por diez libras, que huyó de un segundo dueño tras haber sido empleado como panadero y que él mismo aportó datos acerca de su periplo por Carolina y Maryland. La crónica no aporta fechas ni detalles sobre su captura a manos de los españoles. El episodio de la entrada por la ventana se relata sin llegar a probar intención de robo; la acusación de intento de homicidio procedía de su madrastra. El delito causante de su primer destierro fue la desaparición de una moneda marcada en una taberna de Whitechapel. A su regreso, fue condenado por quebrantamiento del destierro; el texto no inventa la identidad del delator ni pormenores procesales. El comentario moral y las valoraciones familiares del cronista se presentan como juicios de este. Cotejo de homonimia: Robert Perkins aparece asimismo mencionado como coejecutado en la crónica de Barbara Spencer; dicha referencia alude a otra rea ajusticiada en la misma jornada y no constituye duplicado de la causa por hurto y regreso clandestino de Perkins. No se registran otras identidades coincidentes en el corpus público lot-06-300 ni en los borradores Cap400.

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