El 5 de julio de 1720, hacia las cuatro de la madrugada, el rey Augusto II de Polonia —electo de Sajonia bajo el nombre de Federico Augusto I— pescaba esturiones en mitad del Vístula, cerca de Varsovia. Tan solo un paje polaco le acompañaba. Los pescadores aguardaban su llegada para dar comienzo a la faena. Según la relación del Pitaval, un carruaje lanzado a gran velocidad por el camino atrajo su mirada. Un hombre vestido a la usanza alemana saltó del vehículo, cayó a tierra, se incorporó y echó a correr a través de los campos. El coche se detuvo; varios individuos con ropajes polacos descendieron, lo persiguieron, le dieron alcance tras un forcejeo y lo arrastraron de vuelta por la fuerza. El monarca creyó percibir una llamada de socorro, sin lograr distinguir las palabras. Descendió de inmediato a tierra y envió a su paje por delante; él mismo lo siguió con paso más sosegado.
El paje regresó con una explicación que apenas convenció a su señor: aquel hombre sería, según dijeron, un enfermo al que su familia conducía a un convento. El mozo había cruzado algunas palabras con los individuos después de que estos reintegraran al fugitivo al carruaje, mas no había comprendido el alemán en que este hablaba; no podía, por ende, referir lo que había pretendido manifestar. El rey había presenciado una violencia, no su motivo, y el relato deja abierta la posibilidad de que aquellos hombres le hubiesen proporcionado una versión distinta. El carruaje se había alejado antes de que el rey pudiera intervenir. La correspondencia con la desaparición de un hombre en Varsovia no se establecería sino más tarde.
Una hora antes, a las tres de la mañana, un conocido visitante había llamado a la puerta de Andreas Christian Leifching, predicador militar de la guardia de corps sajona. Se trataba de Johann Seidlitz, quien en otro tiempo había advertido al pastor de las amenazas que ciertos eclesiásticos hacían pesar sobre su persona, y que ahora se hallaba al servicio del obispo de Poznań, el conde Szembek. Anunció que el capitán Bonafous agonizaba y rogó a Leifching que acudiera a su cabecera: Bonafous pertenecía a la Iglesia reformada y no había sido posible hallar a ningún ministro de dicha confesión. Leifching vistió sus ropas, subió al carruaje cerrado que Seidlitz había traído consigo y partió en su compañía.
A lo largo de la mañana, el mayor von Arnstädt acudió en busca del predicador. El criado, que ignoraba el nombre de Seidlitz, le informó de que su amo había salido con aquel sujeto; Arnstädt se dirigió entonces a la morada de Bonafous, a quien halló indispuesto, mas de ningún modo a las puertas de la muerte. El capitán no había mandado llamar a Leifching ni había recibido su visita. El predicador, por su parte, permanecía inencontrable. Su ausencia causó honda extrañeza entre sus compañeros de armas, pues gozaba del aprecio de la tropa. En las conversaciones de la ciudad no tardó en hablarse de un secuestro urdido por sacerdotes en represalia por sus sermones contra la Iglesia católica; semejante imputación circulaba de boca en boca, si bien no constituía aún prueba alguna.
El conde von Manteuffel llevó la nueva al soberano. Augusto II recordó entonces al hombre que había saltado del carruaje a orillas del Vístula y dedujo que se trataba de Leifching. Hizo comparecer al gran canciller polaco y exigió una investigación rigurosa. El canciller compartió, a lo que parece, la indignación regia y prometió esclarecer los hechos con esmero. El relato recoge, en una misiva que el conde von Manteuffel dirigió al mariscal von Flemming, las palabras del monarca: tras semejante atropello, los guardias sajones bien podrían raptar a su vez a un sacerdote católico, o la población de Sajonia arremeter contra los fieles de Roma. La advertencia traslucía la urgencia política que el rey atribuía al negocio; no permite, empero, colegir que se hubiese resuelto un plan formal de represalias.
El gran canciller interrogó en primer término a Szembek, quien negó toda participación. Las pesquisas en torno al cochero no tardaron en arrojar un indicio más certero. Las señas aportadas por el criado de Leifching permitieron dar con él; prestaba servicio para un calderero llamado Globocki. Globocki declaró que el presbítero Spasowski había alquilado su vehículo para una diligencia matutina. El cochero, por su parte, confesó que Leifching había sido trasladado por la fuerza al convento franciscano. Provisto de tales testimonios, el gran canciller reanudó sus gestiones ante el prelado. Szembek dirigió entonces una carta al prior del cenobio instándole a soltar al predicador en paz y a conminarle a no pecar más. La fórmula latina reza: «Poned en libertad al predicador en paz y advertidle que no vuelva a pecar».
El capitán de Filain se personó en el convento, escoltado por guardias de corps y provisto de la misiva. En un principio pretendieron denegarle la entrada; los soldados, resueltos a rescatar a su pastor, no cedieron, y finalmente hubieron de franquearles el portón. En una celda hallaron a Leifching con vida, aunque maltratado, y lo condujeron de regreso a su morada. El mayor von Arnstädt exclamó que al día siguiente debía predicar de nuevo «hasta hacer tronar y rugir el templo». Otros aconsejaron al ministro abstenerse en lo sucesivo de arremeter de tal suerte contra las demás Iglesias cristianas; el capítulo apostilla que siguió este prudente aviso. La relación de su liberación esclarece lo que la explicación dada al rey había dejado en sombras: al entrar en el coche, Leifching había descubierto a varios hombres armados que no conocía, dos de los cuales le parecieron clérigos. La presencia de aquellos extraños lo inquietó; intentó apearse, mas Seidlitz cerró de golpe la portezuela y el carruaje arrancó a toda prisa. Sus temores se acrecentaron cuando advirtió que el carruaje no tomaba la dirección de la casa de Bonafous, sino que salía de la ciudad. No hablaba polaco; sus preguntas en alemán quedaron sin respuesta. Trató de huir, fue alcanzado, golpeado con varas y amordazado con tal saña que sangró por la nariz y la boca.
El vehículo se detuvo ante una puerta falsa del convento. Según su testimonio, varios eclesiásticos y tres nobles aguardaban junto a sus captores; lo empujaron por un pasadizo hasta un calabozo subterráneo, rasgaron sus vestiduras y le arrebataron su dinero, el reloj y otros efectos. Conforme a las palabras de Leifching, los religiosos no le golpearon con sus propias manos, pero presenciaron el registro y alumbraron la escena con una lámpara. El expolio se prolongó durante media hora. Los nobles que lo habían despojado partieron con los demás secuestradores, dejándolo solo en la mazmorra. Tras largas horas de angustia, dos sacerdotes acudieron en su busca. En latín, le manifestaron que lamentaban lo ocurrido y que, con la venia del obispo, lo trasladarían a un aposento más digno. Lo condujeron ante el prior y luego a otra celda, donde le sirvieron una sopa.
Augusto II persistió en exigir un castigo severo. La crónica refiere que Szembek amenazó con responder con su poder espiritual y que la instrucción contra los restantes culpables terminó empantanándose; no se da noticia de proceso ni sentencia alguna contra ellos. Tras permanecer oculto algún tiempo, Seidlitz reapareció el 14 de agosto en la vía pública, ataviado con la librea del obispo. Un lacayo alemán lo increpó, acusándolo de haber entregado al predicador; una bofetada, una pedrada y la concurrencia de otros criados convirtieron el reproche en una paliza tumultuaria. Seidlitz buscó refugio en un convento. Unos soldados sajones debían escoltarlo hasta su casa, pero lo abandonaron a merced del populacho en cuanto cruzó el umbral. Malherido de gravedad, fue trasladado al palacio del obispo de Cracovia. El mariscal von Flemming vio en tal desenlace una justa venganza divina en favor del predicador; Szembek, en cambio, se quejó amargamente de que su librea hubiese sido ultrajada. El compilador precisa que los soldados fueron castigados por faltar a la protección debida a Seidlitz. El predicador se hallaba ya restituido entre los suyos; quien lo había atraído a la trampa del carruaje fue, andando el tiempo, blanco de la furia popular.
Esta relación sigue la crónica retrospectiva del Neue Pitaval, publicada en 1862. El capítulo compila correspondencia y testimonios coetáneos, mas no constituye el acta judicial de una vista pública.
