En la noche de Navidad de 1715, dos hombres franquearon con paso presuroso una de las puertas de Jena: el más joven vestía casaca con alamares y portaba la espada propia de un estudiante; el segundo llevaba el capote azul y el rostro atezado de un campesino. Tomaron el camino de Ammerbach. La noche era ya cerrada cuando alcanzaron la aldea; el dueño de una casa los acogió como a huéspedes largamente aguardados. Apartados de la familia, los tres hombres departieron largo tiempo en voz baja. El cuerno del sereno anunció las nueve; fue entonces cuando los tres reanudaron la marcha, provistos de una linterna. No había transcurrido una hora cuando llegaron a la choza del viñedo, próxima al antiguo patíbulo de la justicia penal. La puerta se hallaba apenas entornada. Antes de franquear el umbral, el estudiante trazó sobre la madera el nombre del Tetragrámaton; sus dos acompañantes lo siguieron al interior de la angosta estancia.
Tras una plegaria, las brasas halladas en la cabaña se avivaron en una maceta hasta ponerse al rojo; la lumbre de la linterna se depositó sobre ellas. El estudiante dispuso en la mesa manuscritos, sellos de plomo y diversos objetos que tenía por amuletos. Uno de los campesinos desenvainó su sable y trazó un círculo en el techo. Recitó luego tres veces una fórmula; a su vez, el estudiante comenzó a invocar a Och, príncipe de los espíritus del sol, con el fin de que enviase a Nathael, custodio del tesoro que ansiaban descubrir. No le fue dado concluir la repetición prescrita. Su cabeza se desplomó pesadamente sobre la mesa; a continuación, un compañero se dobló sobre sí mismo, y el tercero cayó inerte en la habitación.
Conviene retroceder unos días para conocer las identidades de estos hombres y el propósito de su empresa. Por San Miguel, el estudiante Weber se había trasladado desde Leipzig a la Universidad de Jena con el objeto de cursar medicina. Había confiado sus ropas al sastre Georg Heichler. Una plática en torno a un tesoro oculto lo aproximó al pastor Friedrich Geßner, quien aseguraba conocer un escondrijo en Dobritz custodiado por un espíritu. Describía el oro, las piedras preciosas y un rubí tan resplandeciente como el sol; pretendía incluso haber introducido una vara untada de liga entre las rejas para extraer algunas monedas. Semejantes palabras son las que el compilador atribuye al pastor; ningún tesoro se constata en las páginas que siguen.
Faltaba no obstante, con arreglo a las creencias de Geßner, un medio para franquear el acceso a la cueva: una raíz de primavera o una fórmula extraída del libro de Fausto. Weber carecía de la raíz, mas poseía el Höllenzwang y la Clavicula Salomonis. Hans Zenner, campesino de Ammerbach, fue admitido en la trama. El 21 de diciembre, los tres hombres se congregaron en su morada. Geßner se decía versado en la ciencia de los espíritus; Weber, más instruido en la lectura de los manuscritos precisos para el rito. Pospusieron la tentativa para la noche de Navidad y eligieron la choza solitaria. Heichler había propiciado su encuentro, pero no intervino en la conjuración: el grupo resolvió ceñirse estrictamente a tres personas.
A la mañana siguiente, concluido el oficio divino, Heichler se encaminó a la choza. Halló a los tres hombres en medio de una atmósfera saturada de humo. Weber respiraba todavía, mas solo respondía mediante sonidos inarticulados; sus dos camaradas no daban ya señal alguna de vida. Se mandó llamar al criado del estudiante, Reche. Junto con Heichler, procuró incorporar a Weber para luego trasladarlo hacia Jena; se dio aviso a las autoridades. El médico Slevogt consignó que el joven no parecía haber perdido el juicio, si bien sus pies y brazos exhibían señales de congelación o lesiones. Permaneció largo tiempo débil y postrado. Estas observaciones prueban un cuadro de extrema gravedad; no revelan por sí solas qué lo había provocado.
Se apostaron guardias junto a los cadáveres y el brasero. La relación sitúa hacia la una de la madrugada un ruido junto a la puerta, seguido de la aparición de una pequeña figura que los centinelas tomaron por un niño. Uno de ellos comenzó a orar; otro cayó desplomado junto a un cadáver. Al clarear el día, los tres guardias fueron hallados sin sentido. Dos lograron restablecerse; Johann Georg Beyer falleció. No tardó en hablarse de un aparecido. El capítulo recoge semejante pavor como una percepción y un rumor; no prueba en modo alguno que un espectro se manifestara.
Los exámenes de los cuerpos suscitaron entre los contemporáneos no pocas incógnitas. El médico de la ciudad, Wedel, y el cirujano Zech no descubrieron en Geßner lesión alguna, ni interna ni externa, que explicase con claridad su fallecimiento. Zenner presentaba estrías rojizas y marcas en el pecho y el rostro; la lengua le asomaba entre los labios. Los facultativos no advirtieron, con todo, fractura de vértebras ni extravasación de sangre en la garganta. Debatieron sobre el posible efecto de una caída, una congestión o un estado comatoso, sin conseguir justificar la totalidad de los indicios. El examen de Beyer tampoco reveló heridas violentas; el informe reseñaba en particular una ingurgitación de los vasos y una afección pulmonar.
Las brasas fueron examinadas a su vez. El médico no apreció en ellas anomalía alguna, mas recordó que el carbón de leña recién encendido, al respirarse sus emanaciones en abundancia, es susceptible de ocasionar percances graves y a menudo letales. Concluidas las pesquisas anatómicas, una comisión instructora reunió las piezas de autos. Refiere el capítulo que tres volúmenes de actas y una caja con los efectos incautados se remitieron a las tres facultades superiores de Leipzig; del cotejo de sus pareceres surgieron los dictámenes cuyo tenor conservan las páginas siguientes. La facultad de medicina hizo suya esta conjetura: los tres hombres habían permanecido largamente en un recinto estrecho y clausurado; Weber había comenzado a sentirse indispuesto tras atizar el brasero; los dos campesinos habían perecido. La facultad no pretendía descartar cualquier otra causa con certeza incontrovertible; juzgaba las emanaciones naturales más plausibles que la intervención directa de un espíritu.
Las exequias confirieron un testimonio patente a estas discrepancias. El guardia Beyer recibió sepultura honorable; los restos de los dos campesinos fueron conducidos bajo custodia militar a través de la ciudad hasta el patíbulo y arrojados a una fosa común. El compilador hace constar este trato dispar sin erigirlo en una sentencia judicial firme sobre el motivo de su muerte.
En Jena, las opiniones se dividieron. Ciertos teólogos interpretaron los decesos como un castigo providencial contra la nigromancia; otros lectores censuraron tan acomodaticia explicación, en la que el demonio venía a resolver todo enigma. Entre ambos extremos, no pocos contemporáneos admitían la realidad de la superstición sin colegir por ello la existencia real de tales potestades. El texto de 1862 amplía el debate al papel conferido al demonio en las creencias de los siglos XVI y XVII, transcribiendo a continuación los dictámenes elevados a las autoridades. Conviene deslindarlos: los médicos auscultaban despojos corporales y un foco de carbón; los teólogos juzgaban actos al rasero de su fe; los juristas debían determinar una pena. Ninguno de estos oficios transmuta la hipótesis sobrenatural en constatación material.
El informe teológico considera la conjuración como un pecado y vislumbra en la tragedia una manifestación de la justicia divina. El dictamen jurídico se muestra más circunspecto sobre el origen de los óbitos: las causas naturales, aduce, no autorizan a aseverar a la ligera una intervención preternatural. Estima no obstante que la tentativa de los tres hombres merece castigo. La conclusión que somete es condicional: tras una instrucción religiosa y muestras de arrepentimiento, Weber sería expulsado de la universidad y desterrado a perpetuidad; Heichler, que no había asistido a la ceremonia pero había coadyuvado a sus preparativos, sería desterrado por diez años.
Preciso es detenerse en este distingo. El compilador no proporciona fecha de vista judicial, acta procesal ni confirmación alguna sobre la ejecución efectiva de tales condenas; puntualiza, al contrario, que ignora si el fallo llegó a aplicarse y advierte que los autos impresos se interrumpen en ese punto. Resultaría, por ende, inexacto transformar este dictamen en una sentencia cuya ejecución deba darse por sentada. Lo que el documento preserva con mayor certeza es una noche de carbón y espanto, dos muertes cuyos exámenes periciales no disipan cada indicio, un estudiante superviviente y, por último, tres modos inconciliables de conferir sentido al suceso. La prueba concluye allí donde concluye el legajo; al espíritu, en cambio, no cesaron de convocarlo cuantos pretendieron rebasar sus márgenes.
