A las cuatro de la tarde, Bernhard Gottschalk tenía ante sí una taza de café casi llena. Acababa de comentar a su vecina que la bebida tenía un sabor nauseabundo y le revolvía el estómago; sin embargo, en el piso de arriba, otra taza lo aguardaba. Su mujer, sentada junto a la ventana, sostenía la labor de punto entre las manos. El barbero aún se levantaría, se dirigiría a la cocina y caería presa de un mal tan fulminante que, esa misma noche, los médicos ya no lograrían reanimarlo.
El óbito sobrevino en Jena el 15 de mayo de 1860. Bernhard, cirujano-barbero de veintiocho años, había trabajado por la mañana y aparentado buen estado de salud. Su esposa Pauline había dispuesto el almuerzo: huevos y ensalada del huerto, de cuyo regusto dulzón se había quejado su marido. Después había tomado el café. Pocas horas más tarde, rompía en sudores, vomitaba, padecía atroces cólicos y tiritaba. El doctor Schillbach creyó al principio hallarse ante una grave indigestión. Prescribió un vomitivo; las fuerzas del enfermo continuaron declinando. Hacia las nueve de la noche, expiró.
Los desvelos de Pauline habían parecido los de una esposa abnegada. Había mandado llamar al médico, sostenido a su marido, enjugado su frente. Al día siguiente, a su padre, que acudió a verla junto al lecho mortuorio, le explicó que Bernhard probablemente se había enfriado los pies ocho días antes. La ciudad, empero, vinculaba ya aquella muerte repentina con otra historia: las desavenencias conyugales, las visitas de Pauline a Gottfried y Christiane y su íntimo trato con Eduard, el hijo de ambos.
Dos años atrás, la casa de Gottfried y Christiane había pasado a ser de los Gottschalk. Bernhard se la había comprado a este matrimonio, que residía en el primer piso con su hijo Eduard, cirujano de veintinueve años. Las dos familias compartían así el portal, la misma escalera y constantes ocasiones de encontrarse. Cuando los esposos Gottschalk se instalaron, Eduard estrechó lazos con su antiguo camarada y con Pauline. Refiere el compilador que la aventura amorosa no tardó en entablarse; varios convecinos tuvieron noticia de ella.
El enlace de Bernhard y Pauline se había concertado, no obstante, sin escándalo alguno. Habían contraído matrimonio en marzo de 1858 y tuvieron una hija al año siguiente. Las discordias arreciaron en torno a la criatura: Bernhard toleraba mal su llanto, y los suegros acabaron acogiéndola bajo su techo. En abril de 1860, estalló en la escalera un altercado con los padres de Eduard. Este agarró a Bernhard por la garganta; sus progenitores lo golpearon, mientras Pauline apenas intervenía. Acto seguido, abandonó a su esposo y partió hacia Leipzig, acompañada hasta Apolda por Eduard, para regresar pocos días después. La separación apenas se había prolongado, pero las sospechas y los rencores quedaron arraigados.
El 15 de mayo, Bernhard visitó a su tío Gengelbach, carnicero, quien al fin se había reconciliado con él. Se marchó de buen humor, llevando consigo unos pasteles para Pauline. En casa, se mudó de ropa, encendió un cigarro y subió a casa de los Pilling, vecinos del segundo piso, con quienes solía tomar el café. Habló del almuerzo y de la ensalada. Al sonar la campanilla de la casa, Pauline bajó a comprobar la puerta. Volvió para anunciar que un parroquiano aguardaba a su marido para afeitarse. Bernhard se despidió de los Pilling antes siquiera de haber probado su café.
El cliente era el ayudante del verdugo de la ciudad. Tras rasurarlo, Bernhard desistió de subir de nuevo a casa de sus vecinos y tomó asiento en sus propias habitaciones frente al café que su mujer le había servido. Se amodorró en el canapé. Su rostro enrojecía y las gotas de sudor le perlaban la frente. Poco después, la señora Pilling vio la taza casi intacta. Bernhard le manifestó que la bebida tenía un gusto «nauseabundo y soso» y que le revolvía el cuerpo; en casa de los Pilling, añadió, el café sabía mucho mejor. Pauline guardaba silencio, con una taza propia puesta ante sí.
Pronto llegó la madre de Pauline con la pequeña Anna y una parienta. Bernhard iba de la estancia a la cocina, vomitaba, sufría una diarrea violenta. Pauline le preparó una infusión de ajenjo. Envió a pedir auxilio y lo rodeó de atenciones, secundada por su madre y la señora Pilling. El doctor Schillbach no logró atajar el mal. Al propagarse los rumores, su propio examen del cuadro clínico lo indujo a dar parte a la justicia: una muerte tan fulminante, sin dolencia previa conocida, no le parecía natural.
El 17 de mayo dio comienzo la instrucción en la vivienda. Los magistrados tomaron declaración a los inquilinos, ordenaron examinar el cadáver y dispusieron que Pauline y Eduard fuesen conducidos bajo custodia policial. En casa de Eduard se halló una misiva fechada el 7 de mayo, de puño y letra de Pauline. En ella le juraba un amor apasionado y le suplicaba que no abrigara dudas sobre sus sentimientos. La carta desbarató el alcance de cuantas negativas se habían esgrimido. Ambos habían negado cualquier vínculo; Pauline, al ser confrontada con el papel, enrojeció, admitió su autoría y prometió confesarlo todo.
La autopsia reveló una inflamación aguda del estómago y del intestino. Los peritos químicos identificaron arsénico en las vísceras, y los facultativos concluyeron que el envenenamiento había causado la muerte. La cantidad hallada no permitía reconstruir con exactitud la dosis ingerida: los expertos estimaban que parte de la sustancia tóxica pudo haber sido expulsada o alojarse en órganos que no fueron sometidos a análisis. La certeza recaía sobre el arsénico y sobre el fallecimiento que había provocado; no señalaba todavía la mano ejecutora.
Pauline ofreció en un principio un relato que incriminaba a los padres de Eduard. Declaró que Eduard y su madre la habían apremiado a deshacerse de su marido, que le habían mostrado veneno para ratas y que Christiane habría vertido los polvos en la taza de Bernhard durante una ausencia de este. Más tarde mudó de versión: según esta nueva declaración, ella misma había arrojado el veneno en la taza, mientras Eduard añadía leche caliente y le daba las instrucciones oportunas. Aseguró haber titubeado antes de ceder a las presiones de su amante. En un careo conjunto, Eduard negó primero los hechos para luego admitir el amancebamiento, las conversaciones y el veneno; sostuvo, empero, que su madre ignoraba el fin al que se destinaba.
Ni siquiera sus confesiones zanjaron todos los extremos. Pauline afirmó haber echado el polvo directamente en la taza. Tras el veredicto, Eduard puntualizó que el veneno se habría puesto en la cafetera que se mantenía al calor, de donde Bernhard se había servido. La crónica subraya que el sabor advertido por la víctima y la cantidad de arsénico hallada dificultaban la explicación reducida a una sola taza. Ambos reos coincidían en el designio criminal y en la complicidad de Pauline, pero sus sucesivas versiones dejaban en la penumbra el modo exacto en que el tósigo fue preparado y administrado.
El plan se había fraguado por etapas. Eduard pretendía desposar a Pauline, pero ningún letrado hallaba causa jurídica para anular o disolver el matrimonio. A tenor de sus testimonios, le propuso entonces dar muerte a Bernhard. Pauline afirmó haberse resistido, vacilado luego y terminado por asentir. Eduard le facilitó el arsénico que custodiaba en casa de sus padres; ella debía mezclarlo con el café o con la comida. La pareja sopesó en un principio provocar el deceso de Bernhard durante un viaje, al objeto de que pasara por una enfermedad fortuita. El 15 de mayo consumaron el acto en la propia vivienda, cuando la familia parecía reconciliada. La acusación de premeditación se sustentó en estos preparativos; la defensa de los progenitores rebatió que tuvieran conocimiento de semejante propósito.
La vista oral se celebró los días 14 y 15 de septiembre de 1860 ante la corte de apelación y jurado de Sondershausen. Pauline y Eduard se ratificaron en sus confesiones. Gottfried y Christiane persistieron en su inocencia. Los jurados declararon a Pauline culpable por diez votos contra dos, y a Eduard por unanimidad. El padre fue hallado culpable de no haber impedido el crimen y condenado a cinco meses de prisión. Su esposa fue sentenciada a quince años de reclusión por complicidad, sin que el jurado le atribuyera el mismo grado de culpa que a su hijo.
Pauline y Eduard fueron condenados a muerte por decapitación. Dictada la sentencia, ambos impetraron el indulto con la condición de que la vida del otro fuese respetada. Pauline no deseaba sobrevivir a Eduard; este formuló idéntica súplica. El 21 de octubre, el tribunal les notificó la real gracia: la pena de Pauline quedaba conmutada por reclusión perpetua, en atención a su corta edad y al ascendiente ejercido sobre ella por su amante. Para Eduard, la pena capital quedó confirmada.
Al amanecer del 23 de octubre, la tropa cercaba el palacio de justicia y el patíbulo se alzaba dispuesto en su patio interior. La crónica refiere que Eduard marchó con paso firme hasta el cadalso, oró de rodillas y volvió a erguirse. El filo cayó antes de que transcurriera un minuto. Pauline partió hacia el presidio con una condena que al principio se había negado a aceptar sin él. El último café de Bernhard había quedado casi intacto ante sus ojos; las confesiones revelaron la presencia del veneno, pero jamás esclarecieron al unísono el trayecto exacto que había seguido hasta su taza.
