El 6 de junio de 1765, Thomas Ogilvie rehusó beber por segunda vez del cuenco que le ofrecían. «Ya he hallado en él mi muerte», refirió una criada haberle oído murmurar. Pocas horas después yacía sin vida en Eastmiln. Aquella frase, rescatada a posteriori, recorrería un juicio de cuarenta y tres horas jalonado de testigos, silencios y cartas, hasta desembocar en la pregunta que ningún relato puede resolver por sí solo: ¿contenía veneno el tazón, y quién lo había vertido en él?
El proceso contra Katharine Nairn, viuda del señor de Eastmiln, y Patrick Ogilvie, su cuñado, dio comienzo en Edimburgo en el mes de agosto. El auto de acusación les imputaba los crímenes de incesto y de asesinato de Thomas mediante arsénico. Un acta acusatoria expone cuanto el fiscal se propone probar; de ningún modo transmuta sus alegatos en hechos probados. En la sala de audiencias, los testigos narraron lo que habían visto o creído entender. Los acusados, por su parte, respondieron a veces; luego guardaron silencio.
Un hermano expulsado del hogar
Patrick, teniente de un regimiento de infantería, había residido en Eastmiln junto a su hermano Thomas y Katharine, con quien Thomas había contraído matrimonio en enero. Al expirar la primavera, los ánimos en la casa se tornaron sombríos. Varios testigos de cargo aseguraron haber sorprendido entre la joven esposa y el militar ademanes que juzgaron en demasía familiares. Otros aludieron a confidencias en voz baja, puertas entornadas y ausencias compartidas. Nada de ello fue apreciado del mismo modo por todos; los letrados de la defensa impugnaron tanto las interpretaciones como la probidad de quienes acusaban.
El propio Thomas habría reprochado a su hermano semejante cercanía con su esposa, expulsándolo de la hacienda. Patrick partió, pero Katharine le escribió. Las misivas fueron halladas y aportadas al juicio, si bien con una reserva fundamental: ciertas piezas examinadas en la vista no quedaron formalmente probadas ni unidas a los autos. Una de ellas, atribuida a Katharine, comenzaba con el tratamiento de «Dr Captain» y traslucía un anhelo apasionado; otras evocaban el ardiente deseo de que Patrick regresara. La acusación coligió de ello una relación clandestina. Los abogados recordaron que unas cartas, aun siendo auténticas, no bastaban por sí solas para demostrar un crimen de sangre.
A la imputación de incesto no tardó en sumarse la de envenenamiento. Un cirujano de Brechin, James Carnegie, declaró haber entregado a Patrick, pocos días antes del óbito de Thomas, una corta cantidad de láudano y arsénico pulverizado. Sostuvo que el teniente le había asegurado que el arsénico se destinaría a abatir perros dañinos. Patrick, en su primera declaración ante el sheriff, adujo por el contrario haber confiado a Andrew Stewart un pequeño frasco de láudano y dos tomas de sales purgantes destinadas a Katharine, que se hallaba indispuesta. Negó de plano haber enviado veneno alguno para su hermano.
Stewart confirmó haber recibido de manos de Patrick un frasco y un paquete, entregándoselos luego a Katharine. Relató que ella los guardó en un cajón. Anne Clark, una parienta que se hallaba en Eastmiln, manifestó haber oído a Patrick revelar a Katharine el contenido de dicho paquete, y haber prevenido luego a Thomas de que temía que intentaran emponzoñarlo. Semejante advertencia es un testimonio vertido en el tribunal; en modo alguno demostraba que aquel polvo se hubiera vertido en el té. Patrick insistió en que no eran sino remedios enviados para los quebrantos de Katharine. La defensa recalcó que Thomas padecía desde hacía tiempo dolores continuos y desarreglos digestivos.
El cuenco posado junto al lecho
La mañana del 6 de junio, la servidumbre despertó más temprano que de costumbre debido a que Stewart debía partir. Según su declaración, Katharine preparó una infusión de té con leche y azúcar, anunciando que se la llevaría a su esposo, que aún guardaba cama. Anne Sampson, sirvienta de la casa, confirmó haberla visto disponer el cuenco; precisó, no obstante, que no la vio añadirle sustancia alguna. La siguió después hacia un gabinete contiguo a la alcoba, mas abandonó la pieza sin presenciar qué hacía Katharine. Un joven mozo de servicio divisó a su vez a la señora en aquel gabinete, sin acertar a distinguir qué portaba en las manos.
Thomas se levantó entre las nueve y las diez, salió a inspeccionar sus caballos y conversó con varios renteros. Sampson declaró haberle visto vomitar en el camino de regreso y de forma aún más copiosa en la cocina. Fue conducido de nuevo a su cámara. Pidió algo que beber; cuando le alcanzaron agua servida en el mismo cuenco del té, lo reconoció, mostró gran indignación e intimó que se lo retirasen. La criada lo describió como cubierto de una película grasa o blanquecina por dentro. Otras declaraciones dieron cuenta de vómitos, evacuaciones, una sed abrasadora y agudos tormentos. Thomas expiró aquel mismo día.
Los facultativos no hablaron al unísono. Ciertas señales advertidas varios días después de la inhumación se les antojaron compatibles con un envenenamiento; otros explicaron que la putrefacción impedía llegar a una certeza fundada. El cadáver no fue eviscerado ni abierto. Un cirujano recordó que los cólicos biliares podían provocar idénticos desarreglos gástricos. Otro estimó que la lengua ofrecía un aspecto insólito, si bien reconoció los estrechos límites de sus deducciones. El polvo hallado en un cajón durante el registro fue identificado por los peritos como salitre, y no como tósigo alguno.
La fiscalía disponía así de un frasco, de decires ajenos, de un cuenco sospechoso y de una muerte repentina; carecía, en cambio, de autopsia o de análisis químico que constatase la presencia de arsénico en el cuerpo o en la infusión. Los defensores opusieron a estos indicios los achaques crónicos de Thomas, las vacilaciones de la medicina y las discordias de la servidumbre. Arremetieron asimismo contra Anne Clark, tachando su imparcialidad y sus móviles. Ella aseveró haber escuchado propósitos criminales; no por haberlo manifestado bajo juramento estaban los reos obligados a tener su dicho por verdad probada.
Los silencios procesales
Cuando los sheriffs interrogaron a ambos acusados en junio, sus testimonios diferían. Katharine explicó haber recibido de Patrick láudano y sales para alivio de sus propias dolencias. Negó haber vertido sustancia alguna en el té. Patrick admitió haber hecho llegar a su cuñada un remedio que, según dijo, conservaba desde su regreso de las Indias. Mas en Edimburgo, el 22 de junio, al ser sometido a un riguroso cuestionario sobre las pócimas, las epístolas y las circunstancias de la muerte, se negó a declarar. Katharine, examinada dos días más tarde, guardó asimismo silencio por consejo de sus allegados y jurisconsultos. Aquella mudez podía prestarse a sospechas; no entrañaba, por sí misma, una confesión de culpa.
Las sesiones se prolongaron entre el rigor del estío y el agotamiento de las partes. La relación impresa da cuenta de pausas, de jurados que se dispersaban y de disputas sobre la pureza del procedimiento. Tras el veredicto, los letrados de los reos denunciaron que los jurados pudieron deliberar en privado sin licencia, que se hurtaron pruebas de descargo y que se negó a los reos el derecho a la última palabra. La acusación replicó que la causa se había sustanciado bajo la mirada vigilante del tribunal y que los jurados no habían hecho sino tomar alivio. Los magistrados desestimaron las tachas y confirmaron el fallo.
El 14 de agosto, tras deliberar, el jurado declaró por amplia mayoría a Katharine y Patrick culpables de incesto; a Katharine, además, culpable de haber dado muerte a su marido con veneno, y a Patrick, cómplice del hecho. Tal fue la resolución judicial del proceso; no desvaneció las lagunas del peritaje médico ni tornó cada declaración en certeza incontestable. Patrick fue condenado a morir en la horca en el Grassmarket el 25 de septiembre, disponiéndose que su cuerpo fuera entregado al profesor de anatomía para su disección pública. La crónica asienta la sentencia dictada contra él.
Para Katharine, el destino inmediato tomó otro rumbo. Declaró hallarse encinta de unos tres meses y suplicó la suspensión de la pena en tanto no se verificase su estado. El 16 de agosto, cinco parteras fueron convocadas para examinarla. No pudieron asegurar que estuviese grávida, mas tampoco que no lo estuviese. La corte aplazó entonces la ejecución al tercer lunes de noviembre, ordenando que continuasen los reconocimientos. La crónica concluye en esta tensa espera.
Resta la disparidad entre ambos fallos: para Patrick, una fecha de suplicio fijada en el papel; para Katharine, una puerta entreabierta al arbitrio de un examen cuyo desenlace estas páginas no revelan. Y, tras el veredicto, aquel cuenco de té jamás entregó su secreto. La justicia zanjó la culpabilidad; los legajos impresos conservan también las incertidumbres con las que los jurados hubieron de forjar su convicción.
