El 17 de marzo de 1769, en una garganta rocosa próxima a Hohenstein, una mujer que recogía leña divisó a un hombre tendido entre dos paredones. Nada permitía aún determinar quién era ni cómo había llegado hasta aquella hendidura. Se pensó al principio en un despeñamiento fortuito. No obstante, esta primera crónica del caso, publicada más de un siglo después de los hechos, acabaría señalando al carnicero Johann Bernhard Hahn como asesino. La justicia sajona, en cambio, jamás lo condenó por aquel crimen.
El cronista del Nuevo Pitaval abre su narración con los riscos y las ruinas de la Suiza sajona, guiando luego al lector desde la aspereza del paisaje hasta el cuerpo exánime. El barranco confiere verosimilitud a la caída accidental antes de que el examen forense la descarte; mas este decorado responde a una composición de 1871, dispuesta con el único fin de articular un relato dramático.
La campesina, a quien el texto llama Knauin, ya había transitado por aquel paraje la víspera sin advertir cuerpo alguno. Dio aviso inmediato al juez de la ciudad y los vecinos no tardaron en descender a la quebrada. El joven, a quien las diligencias atribuían unos veinte años, vestía una buena casaca parda, pero no llevaba consigo dinero ni pertenencia alguna. En el costado derecho del cuello, una incisión ancha había seccionado los vasos sanguíneos; una segunda herida, a la izquierda, presentaba la traza de una puñalada. El examen del médico y del cirujano descartó el despeñamiento: según las conclusiones reseñadas, el corte había provocado una muerte violenta.
Los despojos no revelaban filiación ni itinerario. Durante el sepelio, una mujer apellidada Hartmann creyó reconocer en el forastero al hombre que, días antes, había visto pasar cerca de su morada junto a un acompañante vestido de gris. No pudo, sin embargo, identificar a este último. La crónica vincula de inmediato esa silueta con Hahn, cuya única indumentaria de abrigo era precisamente un capote gris. Pero la semejanza de una prenda no constituye una prueba de cargo. Más adelante, un pastor llamado Mazig declaró haber visto a Hahn la tarde del 15 de marzo en compañía de un joven a quien no llegó a observar de cerca. Su testimonio dotaba de plausibilidad a un trayecto compartido, pero callaba respecto a lo sucedido después.
La causa habría podido encallarse en tales conjeturas de no haber mediado el hallazgo de un botón de camisa en el desfiladero, a escasa distancia de donde yacía el cadáver. La pieza no se correspondía con la camisa de la víctima. Cuando el juez se la mostró a Hahn simulando haberla encontrado en su propia casa, este respondió con presteza que pertenecía a su hija pequeña, asegurando que un buhonero le había regalado dos idénticos y que el gemelo debía de hallarse aún en la vivienda. Al comunicársele que en verdad procedía del barranco, Hahn palideció y tembló. La turbación bastaba para avivar la sospecha; con todo, el relato no precisa que se llegara a demostrar que el botón perteneciese al homicida.
Pronto se acumularon otros indicios en torno a su persona. El 16 de marzo, según el capítulo, Hahn desembolsó al contado catorce táleros por un buey. Tras el descubrimiento del cadáver, el cronista consigna que adquirió asimismo tres terneros, un par de botas y unos zapatos. Los convecinos sabían que acababa de sufrir un embargo por deudas y que andaba escaso de numerario. Al ser interrogado sobre el origen de tales caudales, ofreció explicaciones que la crónica juzgó insuficientes. Refiere también el texto que se le vio taciturno y abrumado, y que llegó a confesar que «en ninguna parte hallaba sosiego». Son estos los indicios que recoge el cronista; distan de ser una confesión y no constituyen, por sí solos, prueba concluyente de un asesinato.
En el estrecho marco de una pequeña comunidad, semejantes dispendios no pasaban inadvertidos. Los lugareños conocían la penuria de su vecino, observaban sus gastos y propagaban cuanto oían. El Pitaval no tarda en erigir el rumor en voz unánime de toda la comarca. Mas esta mutación del recelo en certidumbre colectiva obedece a un artificio narrativo: la crónica aglutina testimonios consignados mucho tiempo después y les imprime una dirección unívoca.
Cierta noche, una mujer que regresaba a su hogar hacia las dos de la madrugada advirtió una luz en la estancia baja de los Hahn, cuyas ventanas habían sido cubiertas. Un vecino, Hertwig, fue despertado por un estrépito que comparó con la caída del tablero de una mesa; afirmó haber oído murmullos y atisbado el resplandor. Ninguno de los dos vio cadáver alguno. La memoria de ambos alimentó más tarde la cronología de la acusación, mas las horas y los ruidos nocturnos eran insuficientes para reconstruir con certeza los hechos.
El magistrado no decretó las detenciones hasta comienzos de julio. Hahn, su esposa Christiane Catharine y la madre de esta, llamada Gerchel, fueron conducidos a prisión. En la vivienda, los pesquisidores hallaron un gran lienzo de arpillera basta, suerte de talego marcado con manchas que Hahn reconoció ser de sangre, achacándolas al acarreo de carne. El oficio de matarife confería a este descargo una verosimilitud ordinaria; las manchas no fueron confrontadas en autos con la sangre de la víctima. El dinero, por su parte, se había desvanecido casi por completo. Las piezas resultaban sospechosas, pero nada las elevaba a la categoría de prueba directa.
En el primer interrogatorio, marido y mujer negaron haber conocido al viajero. Fue entonces cuando Gerchel, la suegra, declaró que Hahn había regresado la noche del 15 de marzo con un desconocido, a quien hizo tomar asiento en el banco de la estufa. Ella había subido a su desván y no podía precisar rostros ni ropajes. Al día siguiente, su hija le aseguró que el forastero ya había partido antes del alba. Días más tarde, Gerchel solicitó hablar con Christiane, manifestando que no tenía paz y que su hija debía revelar lo que supiese. El 12 de julio, interpelada por su madre desde la celda contigua, Christiane cedió y prestó una minuciosa declaración.
Conforme a su testimonio, Hahn había anunciado que un joven forastero pasaría la noche bajo su techo. Tras dejarlo dormir sobre el banco, despertó a su mujer pasada la medianoche para que le alumbrara con una vela. Afirmó ella que su esposo le comunicó entonces su resolución de matar al viajero para arrebatarle el dinero. Relató sus vanas súplicas, las amenazas que él le profirió y la consumación del crimen. Describió el saco, la sangre y el traslado del cadáver. Añadió que Hahn ya había acariciado antes otros dos designios violentos: uno contra una mujer que le había confiado sus ahorros y otro contra una recaudadora de contribuciones. Tales episodios, conocidos únicamente por este testimonio, no constan en la crónica como delitos probados.
Esta confesión poseía un peso formidable: la declarante afirmaba haber estado presente y haber colaborado en ciertas maniobras tras la muerte. No obstante, se exponía con ello a ser encausada. La revelación sucedía a las iniciales negativas de ambos cónyuges; Hahn, por su parte, persistió en negar el homicidio. Christiane fue incapaz de precisar el momento exacto en que se trasladó el cuerpo o el destino del dinero. Los vecinos, entretanto, solo habían vislumbrado sombras, una lumbre o escenas cotidianas, jamás el crimen material.
El propio capítulo deja abierta una notable laguna. Refiere que el cadáver no se hallaba en el barranco el 16 de marzo, habiendo sido descubierto el 17. Christiane no supo declarar cuándo lo había retirado su esposo. El cronista conjetura que Hahn pudo haber transportado los restos tras regresar al anochecer, e imagina incluso que creyó ver moverse al difunto. Reconoce de inmediato, empero, que carece de documentos para sustentar lo que en verdad ocurrió. Semejante hipótesis, abiertamente especulativa, no puede admitirse como certeza histórica. El nombre del muerto quedó, además, en el misterio; un testigo creyó reconocer a un carnicero llamado Adam, sin que tal extremo pudiera confirmarse jamás.
El procedimiento se prolongó con lentitud. La crónica consigna que, en junio de 1770, el Schöppenstuhl de Leipzig emitió un dictamen autorizando la aplicación del tormento si Hahn no confesaba voluntariamente. Se trataba de la tortura judicial enderezada a arrancar una confesión. La medida se ejecutó en sus carnes, mas Hahn no se quebrantó. En enero de 1771, el tribunal ordenó el sobreseimiento de las diligencias y decretó su excarcelación tras prestar el juramento purgatorio preceptivo en la época. No se trató de una absolución dictada tras desvanecerse los indicios del asesinato; fue el término forzoso de un proceso incapaz de obtener la confesión requerida.
A Christiane, por su parte, se le permitió purgar mediante juramento los actos criminales expresamente enumerados en la sentencia: haber concertado la muerte, asestado los golpes, sustraído el caudal o trasladado el cadáver. El texto afirma que prestó dicho juramento. El fallo de septiembre de 1771 la condenó seguidamente a cuatro años de casa de corrección por los demás hechos que había admitido, así como al pago de una parte de las costas. Su madre fue puesta en libertad sin cargos. Este procedimiento de expurgación jurada no implica que el tribunal diera por demostrado positivamente cada uno de los extremos que ella juró no haber perpetrado.
El título otorgado al capítulo, «El asesino Hahn», zanja lo que la sentencia judicial dejó irresuelto. Al término de la causa, el viajero sigue careciendo de nombre, el indicio del botón no cristaliza en una identificación y el hombre a quien su propia esposa acusa abandona las mazmorras sin condena por homicidio. La recopilación de 1871 compone los hechos con una seguridad que las actuaciones procesales descritas distan de compartir. Su narración dota de fuerza dramática a la inculpación, pero su conclusión desborda los fallos que reproduce. Conviene, pues, deslindar con rigor tres voces: los testigos según los cita la crónica, los jueces según transcriben sus acuerdos y el cronista que declara culpable a su personaje. Cuando una confesión se desmiente, ningún testigo ha presenciado el crimen y el tormento resulta estéril, ¿qué le resta a la justicia sino admitir el límite de su propia ignorancia?
