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Bandidos y caminos reales · Italia

La cuerda comprada en otra parte

Arcangeli asesina a Winckelmann; el error de unos testigos provoca la confesión decisiva.

Francesco Arcangeli confesó su crimen porque no toleraba que se le inculpara mediante una mentira. Había matado a un hombre; tres testigos afirmaban haberlo visto comprar en sus tenderetes la cuerda empleada contra la víctima. Mas él la había adquirido en otra parte. Aquel error, que en nada parecía alterar su suerte, lo enfureció sobremanera. Quiso que la justicia conociera, al fin, la verdad. Y esa verdad le costaría la vida.

Pocas semanas antes, a comienzos de junio de 1768, nada distinguía aún este suceso entre las charlas habituales de posada. En Trieste, un viajero alemán aguardaba una embarcación. Regresaba de Viena y deseaba volver a Roma. Tomaba sus comidas en la mesa común, pagaba su escote y no mostraba prisa alguna por revelar quién era. Aquel a quien los criados llamaban Giovanni ostentaba, sin embargo, un nombre ilustre en la Europa docta: Johann Joachim Winckelmann, el hombre que había infundido al estudio del arte antiguo una ambición enteramente nueva.

Cerca de su cuarto se alojaba un cocinero toscano. Arcangeli había servido en varias casas y arrastraba una condena por robo cumplida en Viena. Puesto en libertad antes de extinguir la pena y luego desterrado de los Estados imperiales, llevaba entre Venecia y Trieste una existencia precaria. Buscaba colocación, pedía prestadas pequeñas sumas y sabía brindar un servicio justo cuando se precisaba. En cuanto el alemán inquirió al posadero si zarpaba alguna nave, Arcangeli intervino: conocía a un patrón de barco.

Aquella primera noticia no procuró la partida prometida, pero sí procuró compañía. Ambos hombres bajaron al puerto, tomaron café, volvieron a coincidir a la mesa y prosiguieron sus gestiones. La embarcación no tenía lista su carga; otra saldría muy pronto; aquel «pronto» se aplazaba de una jornada a la siguiente. Winckelmann se impacientaba. Arcangeli lo secundaba con esa solícita disponibilidad que, lejos del propio hogar, tan fácilmente se confunde con la amistad. La vecindad de sus aposentos facilitaba visitas en las que nadie advertía nada insólito.

El viajero, no obstante, guardaba ciertas reservas. Raras veces abría la faltriquera ante su acompañante y no hacía ostentación de sus relaciones. Arcangeli le preguntó un día por su identidad, escudándose en la curiosidad del mesonero. Winckelmann le mostró sus pasaportes. Mencionó asimismo las distinciones recibidas en Viena: unas medallas de oro y plata, obsequios de prestigio de los que su interlocutor retuvo, por encima de todo, el valor pecuniario. En la relación que Domenico Rossetti compuso sobre los autos procesales, dicho hallazgo se erige en el eje del drama. El asesino sabía ya de un tesoro lo bastante menudo para caber en un bolsillo.

Vio las medallas. A la clientela del café le habló de aquellas piezas y del dinero que el alemán debía de guardar. Seguía ignorando, pese a todo, casi toda su vida. Un libro impreso en una lengua que no reconocía, la parquedad del viajero en asuntos de fe y su trato con la corte vienesa alimentaron después en él sospechas contradictorias. Ante los magistrados lo tacharía de espía, luterano o judío. Semejantes conjeturas pertenecían a su defensa y a sus prejuicios; no definían en absoluto a quien había victimado.

El 7 de junio, Arcangeli se hizo con los útiles que habrían de transformar un simple trato de hospedería en un homicidio premeditado. Pese a ello, se reunió con Winckelmann en el café, como los días precedentes. El sabio continuaba hablando de la partida. La mañana del 8, al no hallar a su camarada en la cita de costumbre, preguntó adónde había ido. Arcangeli buscaba por su cuenta un medio para ganar los contornos de Monfalcone. Las condiciones que le ofrecieron no le cuadraron y regresó al mesón.

Dos sirvientes vieron sucesivamente a ambos hombres departir en la estancia de Winckelmann. El diálogo parecía apacible. El viajero evocaba Roma, a su protector el cardenal Albani y un retorno ya inminente. Poco después, un rumor de forcejeo llegó a oídos de Andrea Harthaber, que se hallaba en el piso inferior. Subió deprisa. Al franquear la puerta, Arcangeli yacía encorvado sobre su vecino. El agresor lo empujó y huyó a la carrera sin tomar siquiera el sombrero. Las medallas, móvil declarado del crimen, quedaron sobre el lugar.

Winckelmann aún vivía. Descendió a pedir auxilio, herido y con el aliento entrecortado. El estupor entorpeció a los primeros testigos: unos corrieron en pos de un médico, otros retrocedieron y una criada fue presa del pánico. Fue finalmente un mozo quien le retiró la atadura que aún le oprimía el cuello. Lo condujeron de vuelta a su lecho. El cirujano que acudió a asistirlo no le disimuló la gravedad de las heridas.

Una comisión judicial le tomó declaración. Quien había pretendido cruzar los caminos sin llamar la atención se vio forzado a manifestar su nombre en medio de una alcoba invadida. Señaló su valija y su pasaporte. Para designar al agresor, sólo le restaba aquella fórmula casi casera: el que habitaba al lado. Aún tuvo aliento para dictar testamento, nombrar heredero a Albani y consignar varios legados, entre ellos uno a favor de Harthaber. Expiró por la tarde. Un viaje truncado acababa de trocarse en un asunto de alcance europeo.

Arcangeli había tomado los senderos del interior, recibido indicaciones para esquivar ciertas plazas y trocado parte de sus ropas por un atuendo de marinero. Aquella huida errática lo condujo a la postre a territorio imperial. En Planina, unos soldados le dieron el alto; carecía de pasaporte. Reconoció el homicidio a las primeras pesquisas y fue reintegrado a Trieste el 15 de junio. Le restaba escasísimo numerario. Todo el beneficio ansiado dependía de unas medallas que no había llegado a llevarse.

Los interrogatorios versaron principalmente sobre la premeditación del hecho. Arcangeli se empeñaba en presentarlo como una violencia sobrevenida a raíz de una disputa. El dogal se lo habría encontrado por azar y el cuchillo formaba parte de su porte habitual. Empero, las declaraciones de otros testigos y los efectos incautados desmentían su alegato. Surgió entonces el incidente de los cordeleros. Eran varios, y su aplomo parecía zanjar toda duda. Arcangeli prorrumpió en vituperios y facilitó las señas exactas de la puestera que se la había vendido. Ésta ratificó la compra. Los otros cordeleros reconocían sin vacilar su propio género: la vendedora se surtía en sus obradores. Habían transformado una simple deducción en un recuerdo indubitable.

Al enmendar aquel error, el encausado admitió que había preparado el asalto con el designio de robar las medallas. Su defensor, el doctor Lovisoni, impetró una pena de reclusión y obras públicas. El tribunal apreció el asesinato premeditado y falló, el 16 de julio, la pena de muerte en la rueda. La sentencia le fue notificada el 18 y se ejecutó el 20, en la misma plaza que se extendía ante el mesón.

El sabio y el cocinero habían compartido tazas de café, diligencias por el puerto y dilatadas horas de espera. De todo aquello quedó un muerto célebre y un ajusticiado cuyo nombre viajó emparejado al suyo. Quedaron asimismo, en los legajos compulsados por Rossetti, aquellos testigos íntimamente persuadidos de haber visto lo que tan sólo habían deducido. Arcangeli había querido quitarles la razón antes de morir. En ese trance, al menos, lo consiguió.

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El mercader que se engañaba

Un testigo comprende que su certidumbre nace de una confusión; el reo es culpable, pero exige que prevalezca la verdad.

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novela

El último barco de Winckelmann

Los días de espera en Trieste reúnen a un sabio y a un cocinero sin recursos; la posada se convierte en el escenario de una confianza letal.

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trilogía

Los aposentos contiguos

Tres volúmenes recorren el crimen, el proceso y la erección de un monumento: criados, magistrados y eruditos se disputan la memoria que debe quedar de la víctima.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Domenico Rossetti dio a la estampa en 1823, en Il sepolcro di Winckelmann in Trieste, una minuciosa relación basada en los interrogatorios, deposiciones y autos de 1768. Se han cotejado las páginas consagradas al encuentro, el asesinato, los auxilios, la fuga, los testimonios discrepantes y el fallo. La presente crónica prescinde tanto de sus denuestos contra Arcangeli como de los recelos religiosos aducidos por el acusado. La sentencia fue pronunciada el 16 de julio, notificada el 18 y ejecutada el 20; el crimen se perpetró el 8 de junio.

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