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Justicia y escándalos · Alemania

Kort Kamphues — El juez ante las puertas cerradas

Un conflicto de pastos deviene en guerra abierta entre un juez y su ciudad. Al declararse varios incendios, la pesquisa judicial golpea a su familia; las confesiones obtenidas bajo tormento no acallarán su última retractación.

El juez ante las puertas cerradas

Kort Kamphues conocía bien las puertas de Coesfeld. Había vivido tras sus muros, juzgado a sus vecinos y ostentado un cargo que obligaba a los demás a comparecer. En 1572 las halló cerradas ante sí; no para cerrarle el paso, sino para impedirle la salida. Los hombres a los que había reclutado al servicio de España se encontraban congregados en el recinto urbano. El magistrado municipal pretendía hacer valer su autoridad; el antiguo juez no estaba dispuesto a renunciar a su tropa.

Franqueó las murallas y cruzó el foso. Aquel desacato consumó una ruptura gestada a lo largo de años de querellas. Fue despojado de sus derechos de vecindad y se le desterró del territorio de la villa. Quien se había habituado a ordenar en nombre de la ley se convertía en aquel a quien se señalaban los límites que jamás debía traspasar. Seis años más tarde, varios fuegos estallarían en Coesfeld y su nombre volvería a situarse en el centro de la instrucción criminal.

Kamphues había nacido en Winterswijk. El príncipe-obispo de Münster lo nombró juez en 1553. Durante un dilatado primer periodo, sus funciones no suscitaron los abiertos enfrentamientos que más tarde jalonarían su carrera. Posteriormente se estableció en Brink, fuera de la jurisdicción donde la ciudad pretendía que residiera. Las autoridades exigían su arraigo dentro de los límites estipulados; él se resistió. Aquella desavenencia parecía versar sobre un simple domicilio, pero planteaba un problema de mayor calado: ¿hasta qué punto un oficial podía sustraerse a las obligaciones de las que su propia investidura extraía su fuerza?

Una empalizada nunca es solo una empalizada

En su propiedad de Brink, Kamphues mandó alzar una cerca. Algunos vecinos vieron en ella un menoscabo de sus derechos comunales y de pasto, y la derribaron. Resulta difícil concebir un origen más material para una causa abocada al cadalso: estacas de madera, bestias a las que no se consiente vedar el paso, un hacendado que reivindica el cercado como propio y una comunidad que se niega a reconocerlo.

El pleito no concluyó con la tala de los maderos. Diversas querellas imputaron a los hijos del juez agresiones y represalias. Las relaciones con el concejo municipal no tardaron en emponzoñarse. Su destitución sobrevino formalmente durante aquellos años de disputas; él, no obstante, siguió arrogándose una dignidad cuyo ejercicio real se le escapaba. Cuando estalló el asunto de los mercenarios, ni el título ni el hombre bastaban ya para imponer obediencia ante las puertas de la ciudad.

La tierra vecina se hallaba en guerra. Los reclutadores buscaban levas, los soldados una soldada, y los movimientos de tropas podían servir de tapadera a empresas menos regulares. Kamphues y sus vástagos estaban vinculados al capitán Martin Schenk. La vieja historiografía local les imputó dilatadas campañas de bandolerismo; tal estampa no puede admitirse sin reservas. Lo que se perfilaba con certeza en torno a Coesfeld era una red de hombres armados y vínculos marciales cuyos métodos de coacción atemorizaban al poder civil.

El pasquín y las mechas

En marzo de 1578 fue sorprendida una mendiga, Trude Bosekers, en el momento en que intentaba deslizar un pasquín amenazador en casa del nuevo juez, Goddert von Merveldt. La villa contaba de súbito con un testigo al que interrogar, y no con un rumor sobre el que especular. Se la sometió al tormento. Las declaraciones obtenidas encauzaron las sospechas hacia la casa de Brink.

Dos días después del lance del papel, prendió fuego en diversas viviendas. Las llamas fueron atajadas. Se hallaron mechas incendiarias, y el espanto ante un desastre apenas frustrado aceleró la pesquisa con redoblada urgencia. No se trataba ya de un hombre despechado profiriendo bravatas de venganza: alguien había dispuesto la quema de la ciudad. ¿Quién había preparado los ingenios, quién los había distribuido, quién dio la orden? La justicia pretendería despejar cada una de estas incógnitas infligiendo dolor a cuantos ya retenía entre sus muros.

Maria, hija de Kamphues, su compañera Margarethe Lohaus y un criado, Hinrich von Köln, fueron prendidos nada más poner pie en Coesfeld. Sus declaraciones provocaron nuevas inculpaciones. En Brink, Kamphues y sus hijos tuvieron noticia de los arrestos y emprendieron la huida. La fuga no hizo sino avivar las sospechas; no obstante, tal proceder no distinguía, por sí solo, al cómplice del incendio de quien temía lo que pudiese depararle una causa implacable contra su linaje.

Las confesiones distaron de componer un relato unánime. Las incriminaciones cruzadas se multiplicaban entre parientes y servidores; el tormento imponía sus propias preguntas y dictaba las respuestas esperadas. La implicación de Wilhelm, uno de los hijos, emergía con mayor insistencia que la de su progenitor en la conjura incendiaria. Por lo que toca a Kort, su culpabilidad concreta seguiría siendo objeto de disputa hasta en su última palabra escrita. Su animadversión contra Coesfeld era manifiesta; convertirla en prueba judicial de cada delito imputado a los suyos constituía un abismo procesal.

La persecución de los Kamphues

Las órdenes de busca y captura pasaron de mano en mano entre las distintas jurisdicciones. La villa contrató asimismo a Andreas Sonderhaus, a quien ofreció una recompensa pecuniaria por los fugitivos que entregase, unida al perdón de un antiguo homicidio para volver a su patria. La elección entrañaba una fría lógica práctica: urgía un individuo avezado, capaz de infiltrarse en los círculos donde se acogía a los proscritos. Contenía también su dosis de cinismo: a fin de apresar a los sospechosos, los magistrados pactaban con un sujeto de reconocida violencia.

Sonderhaus dio con Wilhelm y un conmilitón entre las filas de la soldadesca. Consiguió ser admitido como criado, aguardó hasta acompañarlos a Bolduque y exhibió allí las credenciales que posibilitaron su captura. El padre, por su parte, cayó apresado en las inmediaciones de Bocholt en junio de 1578. Se le trasladó a Bevergern. El otrora juez no sería juzgado en la ciudad con la que tantos odios había acumulado.

El proceso instruido contra él versaba sobre la ruptura de la paz pública, y no debe confundirse con una condena específica por cuantos saqueos e incendios quiso atribuirle la tradición ulterior. En el potro, confesó. Logró la gracia de que la pena capital se ejecutase por la espada. El 9 de diciembre de 1578, en Bevergern, quien durante años había dictado sentencias padeció la suya.

El pliego reservado para el día siguiente

Antes de marchar al cadalso, Kamphues dispuso dejar un testimonio. La vieja crónica de Coesfeld refiere que pidió conferenciar con su confesor y le conminó a no desvelar su escrito sino después de su muerte. En él se retractaba de las confesiones arrancadas por el sufrimiento del potro y negaba haber participado en la trama incendiaria. Aquella declaración postrera no constituía, por su mera solemnidad, una prueba irrefutable de inocencia; mas impedía hacer pasar su confesión por una adhesión libre y definitiva a la verdad de sus jueces.

Otras personas habían perecido ya, o habrían de perecer, en este trance. Varias mujeres murieron en la hoguera; hubo reos que sucumbieron en presidio antes de sustanciarse la causa, mientras que algunos supervivientes obtuvieron con el tiempo la libertad. Aquella disparidad de destinos trazaba un relato mucho más inquietante que la simple caída ejemplar de un juez trocado en salteador. Había existido una conjura para el fuego, amenazas patentes y una investigación criminal; pero mediaban también acusaciones arrancadas en condiciones que desvirtuaban su valor documental.

En el siglo XIX, Bernhard Sökeland, tras examinar los legajos custodiados en Coesfeld, manifestó su alarma de forma palmaria. El historiador no minimizaba los desmanes ni las violencias; ponía en tela de juicio que los métodos empleados hubiesen permitido certificar cuanto la justicia pretendió dar por probado. De este modo, la última memoria de Kamphues continuó ejerciendo su sombra mucho después de extinguirse su autor. Las puertas que en vida había desafiado se habían cerrado para siempre sobre su destino. Su retractación, en cambio, dejó el juicio entreabierto para la historia.

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Consulta de Bernhard Sökeland, Geschichte der Stadt Coesfeld (1839), págs. 101–114: relación antigua fundada en los archivos de la ciudad, explícitamente crítica con el empleo del tormento, si bien contiene deslices cronológicos y una atribución indiscriminada de hechos de bandidaje. Cotejado con los Mitteilungen del Heimatverein Coesfeld (2003), págs. 17–18, y con la síntesis biográfica «Kort Kamphues» para deslindar el núcleo de la acusación. Se fija como fecha de la ejecución el 9 de diciembre de 1578, desestimando el año 1580 aportado por Sökeland. Se omite el día preciso de la detención en junio por existir discrepancias entre las fuentes. La autoría material o intelectual del padre respecto a los incendios no se da por demostrada, distinguiéndose la condena real de las fabulaciones tardías. Los pormenores de la retractación se consignan según la tradición historiográfica clásica, al no haberse consultado el pliego autógrafo original.

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