Frederick Kleinschrot desapareció del Molino Negro el 9 de agosto de 1817. Su familia declaró que se había marchado con el dinero en metálico. Tras circular sospechas de asesinato en 1818, el magistrado de primera instancia abrió una investigación, mas la dejó en suspenso sin elevar las actuaciones. Tres años más tarde, durante una inspección de los archivos posterior al incendio del tribunal, reaparecieron las antiguas piezas de autos. Dichos documentos condujeron de nuevo a los pesquisas hasta el molino y hacia una desaparición que no pocos lugareños tenían por homicidio. La crónica de Feuerbach desgrana las declaraciones testificales, las excavaciones y los límites del derecho bávaro que impidieron dictar una condena por asesinato.
El Molino Negro, o Schwarz Mühle, se alzaba junto a un arroyo en la hondonada de un estrecho valle. Frederick Kleinschrot frisaba los sesenta años y poseía una hacienda próspera. Con él convivían su esposa Barbara, dos hijos varones ya adultos, Conrad y Frederick, y dos hijas. Un jornalero, John Adam Wagner, habitaba con su mujer Anna en una casucha levantada en el patio. El molinero contaba asimismo con un primogénito ya emancipado en otro lugar. A tenor de los libros de cuentas examinados tras su desaparición, el patrimonio familiar alcanzaba un valor considerable.
Hacía largo tiempo que en aquella casa mediaban enconadas disputas. Dos meses antes de desaparecer, el molinero había recurrido al magistrado para recuperar el gobierno de sus caudales y de su hogar. Su mujer y sus hijos le habían arrebatado las llaves, pretextando que dilapidaba los bienes comunes y desatendía a los suyos. Él, por su parte, los acusaba de haberlo golpeado y de desacatar su autoridad. La curia ordenó que se sometiesen a su potestad y le reintegrasen la administración de la hacienda. Mas la comisión enviada al lugar no templó los ánimos: ante los comisionados, los hijos manifestaron su designio de demandar justicia por los malos tratos y los excesos paternos.
El 9 de agosto de 1817, el molinero se desvaneció. Dos meses después, Barbara compareció ante el tribunal provincial declarando que su marido había huido llevándose el dinero contante, y solicitó que se le declarase formalmente ausente. Las autoridades publicaron los edictos de rigor y pusieron sus bienes bajo administración judicial. Cumplido un año, el rumor del crimen corría ya de boca en boca. Un jornalero llamado Wiedman refirió a un gendarme que Wagner se jactaba de guardar un secreto sobre la familia: de hablar él, decía, el molino cerraría sus puertas y todos darían con sus huesos en la cárcel. Añadía que los Kleinschrot debían entregarle dinero cada vez que lo exigiese.
El magistrado mandó prender a Wagner y a Wiedman, trasladándose luego al molino para interrogar a Barbara y a sus hijos. Tanto Wagner como la familia sostuvieron que el molinero se había marchado por su propio pie. Un pastor recordó haberlo acompañado tiempo atrás, a instancias de Kleinschrot, cargando un talego tan pesado que debía contener al menos dos mil florines. Con todo, la instrucción encalló antes de que Wiedman prestase juramento; no se tomó declaración a las hijas ni se practicó requisa alguna en el aserradero donde se murmuraba que yacía el cuerpo. El magistrado no remitió informe alguno a la corte central. Durante tres años, el expediente quedó sepultado en el olvido.
En el otoño de 1821, dicho magistrado fue suspendido bajo sospecha de malversación, y un comisionado del tribunal superior acudió a fiscalizar sus actuaciones. En la noche del 11 de noviembre, un fuego prendió en la sala de archivos, cerrada de ordinario bajo llave, consumiendo gran parte de los legajos. Al rastrear los papeles vinculados a los asuntos turbios del antiguo juez, el comisionado dio con las diligencias sobre la ausencia de Kleinschrot. Llegaron también a sus oídos las habladurías según las cuales la familia habría pagado para silenciar el proceso. El 6 de diciembre, Wiedman declaró por fin bajo juramento. Anna Wagner confesó entonces que los hijos habían instigado a su marido para que los ayudara a dar muerte a su padre, y que este había terminado por ceder.
John Wagner fue interrogado por separado. Relató que Conrad le había expuesto el aborrecimiento que sentía la familia, prometiéndole una recompensa si los libraba del molinero. Según la versión de Wagner, los hijos le prestaron auxilio para matar a Frederick en la cocina; enterraron primero el cadáver en el aserradero y lo trasladaron después a una hendidura rocosa en el campo de Krumacker. El 8 de diciembre de 1821, al día siguiente de ser detenida la familia, Wagner guio a los pesquisas hasta el paraje señalado. Bajo piedras, hojarasca y musgo, se hallaron jirones de ropa, parte de un cráneo, costillas y otros restos óseos. Un facultativo dictaminó que correspondían a un varón. Wagner reconoció los huesos como los del molinero, afirmando recordar de manera particular su dentadura.
Los hijos y las hijas fueron conducidos por separado ante los despojos. Conrad exclamó que se trataba de su padre, apresurándose a añadir que él no era el homicida. Frederick adujo que ni siquiera sabía distinguir los huesos de un hombre de los de una bestia. Margaret afirmó no haber tenido noticia de la trama hasta oír los gritos de su padre, momento en que ya era tarde para intervenir. La menor, Kunigunda, aseveró ignorar cuanto hubiese acaecido en aquel campo. Estas reacciones avivaron las sospechas de la instrucción, si bien no eximían de deslindar con rigor la culpa de cada cual.
Las actuaciones sacaron a la luz la violencia inveterada de Kleinschrot y el extremo desamparo de los suyos. Vecinos y antiguos criados confirmaron la frecuencia de las reyertas y las sevicias. Varios de los hijos relataron que el molinero los privaba de vestido y sustento mientras derrochaba su caudal con concubinas. Ante los jueces, cada miembro de la estirpe hubo de responder de sus propios actos, más allá de aquella inquina compartida. Las hijas, en particular, fueron oídas por separado, y sus declaraciones discordaban de las de sus hermanos y de las de Wagner.
El proceso acreditó que Wagner había consumado materialmente la muerte y que Conrad lo había contratado y secundado. Las declaraciones atribuían a Frederick, el benjamín, un concurso más limitado; la madre había consentido el plan y cooperado en su encubrimiento. En cambio, las imputaciones contra Margaret y Kunigunda no pudieron ser probadas. Anna Wagner admitió haber estado al corriente de lo que se urdía sin haberlo impedido. Alegó haber obrado en obediencia a su marido; pese a ello, el tribunal la condenó por no haber actuado pudiendo hacerlo sin riesgo propio. La curia deslindó con precisión la figura del autor material, la del instigador, las de los cómplices y la de quien solo poseía noticia del crimen.
Con todo, un escollo probatorio impidió calificar los hechos como asesinato en sentido estricto. Los restos hallados eran fragmentarios y se encontraban en un estado de degradación tal que la pericia médica no pudo determinar la causa cierta de la muerte. Las confesiones concordantes detallaban la violencia y el ocultamiento, y nadie dudaba del fallecimiento de Kleinschrot. Mas el código bávaro, según explica Feuerbach, exigía demostrar que las lesiones constatadas debían haber causado necesariamente la muerte. A falta de despojos que permitiesen semejante conclusión forense o de un testigo presencial ajeno a los hechos, el tribunal apreció el delito de atentado contra la vida en grado de tentativa y no el de homicidio consumado. Semejante sutileza procesal no obedecía a que los magistrados creyeran vivo al molinero, sino al rigor de lo que la ley les permitía dar por probado.
Wagner y Conrad fueron condenados a presidio perpetuo con cadenas, previa exposición pública a la vergüenza. A Frederick le fueron impuestos quince años de reclusión; a Barbara, ocho en una casa de corrección. Margaret y Kunigunda resultaron absueltas por falta de pruebas concluyentes. Anna Wagner fue penada con un año de cárcel por no haber estorbado el delito. El 16 de noviembre, el tribunal superior confirmó las penas de Wagner y de Conrad. Antes de su traslado a presidio, ambos hombres fueron expuestos en la picota con un cartel sobre el pecho. Describe Feuerbach a Conrad con la cabeza gacha, mientras Wagner exhibía con altivez su tablilla ante la multitud. Frederick, por su parte, abrigó al principio la intención de apelar, comparando los quince años venideros con la prisión que ya había sido su propio hogar; mas terminó por desistir, confiando en granjearse algún día el indulto merced a su buena conducta.
