«El trabajo está hecho», dijo Charles Drew a Humphreys cuando ambos se alejaban de la casa. Acababan de presentarse allí a las once de la noche, provistos de una escopeta cargada con postas de plomo. Humphreys se había aproximado a la vivienda, pero había renunciado a disparar. Drew, por su parte, tomó el arma y abatió a su padre en cuanto este abrió la puerta.
El padre fue hallado muerto el 1 de febrero de 1740. La relación de Borrow comienza con una familia que ya se encontraba dividida. El progenitor vivía separado de su esposa y mantenía con sus hijos una reserva hostil. Tenía cinco hijas y un varón, Charles. Este último, al alcanzar la edad adulta, se había encariñado con Elizabeth Boyer. Ella deseaba desposarlo; él le rogaba que aguardara, aseverando que su padre lo desheredaría si contraía matrimonio con excesiva premura. En la conversación consignada por la crónica, Boyer manifestó el deseo de que alguien abatiera a aquel «perro viejo».
Dicha conversación fue escuchada en enero, sin que se precisara el día exacto. Borrow no afirma que Boyer estuviese al corriente del trato concertado posteriormente con Humphreys; su violento deseo no basta para atribuirle participación alguna en los preparativos del crimen. La crónica refiere después que Charles acudió a las sesiones del tribunal de Chelmsford y trabó conocimiento allí con unos contrabandistas, entre los cuales figuraba Humphreys, descrito por Borrow como un individuo dispuesto a cualquier empresa violenta. Drew le habló de un proyecto que, a su decir, podía depararle una fortuna. Le prometió doscientas libras de renta vitalicia y una suma suplementaria si quitaba la vida a su padre.
Humphreys vaciló, pero acabó aceptando. La noche del 31 de enero, ambos se encaminaron juntos hacia la casa con el arma cargada. Se había convenido la tarea de cada cual: Charles debía permanecer a distancia mientras Humphreys llamaba a la puerta y disparaba en cuanto el anciano saliera a atenderle. Mas, al hallarse cerca de la morada, a Humphreys le flaquearon los ánimos. Arrojó la escopeta y declaró que no deseaba tomar parte en el homicidio.
Drew le conminó a guardar silencio bajo pena de muerte. Recogió el arma, avanzó hasta la puerta y aguardó a que su padre abriera. El disparo mató a este en el acto. Humphreys no revocó su negativa; Drew había ocupado su lugar. Los dos hombres partieron juntos, y el hijo le anunció que el trabajo estaba concluido.
Humphreys se dirigió a Dunmow, donde tenía previsto reunirse con unos contrabandistas esa misma noche, y prosiguió luego hacia Londres. Se abrió una investigación judicial en torno al cadáver. En cuanto supo que recaían sospechas sobre su persona, regresó a la comarca y fue prendido. No delató de inmediato a Drew. Fueron unas cartas interceptadas las que pusieron de manifiesto la naturaleza de sus relaciones. En su deposición ulterior, Humphreys relató que, al volver a ver a Drew unos quince días después del asesinato, le preguntó si le afligía la muerte de su padre. Drew le contestó que no: de haber seguido con vida, afirmó, su padre habría arruinado a la familia.
Humphreys presentaba, pues, dos rostros en el sumario. Había aceptado el trato para luego negarse a apretar el gatillo; y era asimismo el hombre que, más tarde, ofreció a la justicia el relato del tiro descerrajado por Drew. La propia crónica invita al lector a sopesar su credibilidad y no lo exime de haber participado en los preparativos. No obstante, la huida inicial, el regreso tras saberse buscado y la correspondencia intervenida vinculaban a ambos hombres mucho antes de su declaración en la vista pública.
A medida que los indicios cercaban a Humphreys, Drew procuraba ponerse al abrigo de toda sospecha. Partió hacia Londres y solicitó del rey el indulto para cualquiera que no hubiese ejecutado personalmente la muerte de su padre. Se insertó un anuncio en la London Gazette a nombre del secretario de Estado. Acto seguido, el propio Drew ofreció cien libras a quien lograse la condena del asesino. Semejante proceder revestía la apariencia de una colaboración con la justicia; en realidad, la crónica discierne en ello un ardid para desviar las sospechas de su propia persona sin inculpar abiertamente a Humphreys.
Las informaciones incriminatorias contra Humphreys menudeaban. Drew se esforzó por hacerlas desaparecer y desacreditar las ya obtenidas. Declaró públicamente que Humphreys no había disparado y amenazó con querellarse contra el oficial que lo había prendido. Pese a todo, enviaba dinero al preso: veinte libras de mano, con la promesa de otro centenar más adelante. De este modo, Humphreys conservaba la posibilidad de contemporizar o de alterar su versión, en tanto que a Drew le convenía sobremanera que guardase silencio.
Charles, afincado en Londres, se hacía llamar Roberts; Humphreys, con quien mantenía correspondencia epistolar, había adoptado el nombre de John Smith. Las misivas cruzadas bajo estos nombres supuestos acabaron en manos de un tal Timothy Drew, sujeto que no guardaba con ellos más vínculo que la mera homonimia patronímica. Este partió hacia Londres resuelto a dar con el homicida. Charles fue detenido, sometido a un interrogatorio de más de seis horas y conducido luego a Newgate bajo rigurosa custodia.
En la prisión, intentó de nuevo hacer del dinero una vía de escape. Entregó al carcelero Jonathan Keate una obligación sobre la mitad de su patrimonio, a condición de que le facilitara la fuga y lo acompañase a Francia. Para dar mayores garantías a Keate, le firmó asimismo un pagaré de mil libras. Keate fingió avenirse al pacto y se fijó la fecha de la partida; no obstante, puso el plan en conocimiento del alcaide. Drew fue trasladado entonces a la antigua celda de los condenados, vigilada de día y de noche.
Al aproximarse las sesiones del tribunal, se le trasladó a Bury St Edmunds. Humphreys, convertido en testigo de cargo, declaró en su contra. Drew fue hallado culpable. Incluso tras el veredicto, justificó su crimen alegando la estrechez económica a la que su padre le sometía y su negativa a poner una finca a su nombre. Reducía así el parricidio a una disputa sucesoria y a los dispendios que afirmaba no poder sufragar.
Charles Drew fue ahorcado en las inmediaciones de Bury St Edmunds el 9 de abril de 1740, a los veinticinco años de edad. La multitud congregada, escribe Borrow, fue la más copiosa que jamás hubiera presenciado la región con motivo de una ejecución. En la casa, el golpe se había urdido para hacer creer que el hijo no era el autor material; en Londres, la falsa recompensa y las cartas bajo seudónimo no hicieron sino prolongar el disimulo. Fue preciso que el cómplice que se negó a disparar se transformase en testigo de cargo para que la acusación desentrañara los sucesivos papeles que Drew había repartido entre ambos.
