Un hombre corría delante de la carroza, con una antorcha en la mano. Al final de St Alban’s Street, una detonación desgarró la marcha del carruaje. William Cole se volvió: tras la humareda, su señor gritaba que lo estaban asesinando; tres jinetes se alejaban ya por el flanco derecho del coche. Cole se lanzó en su persecución clamando justicia por homicidio hasta llegar a Haymarket.
Thomas Thynn regresaba de visitar a la condesa de Northumberland. Su cochero, William Ellers, relató que uno de los jinetes le había increpado: «¡Detente, perro!», antes de que el disparo penetrara en el carruaje. El cirujano Hobbs fue convocado hacia las nueve de la noche. Cuatro balas habían atravesado el cuerpo de Thynn, alcanzando órganos vitales y quebrando varios huesos. Falleció al día siguiente tras haber sido trasladado a su residencia. La crónica judicial publicada por George Borrow da cuenta de esta emboscada y del proceso subsiguiente, fechado el 28 de febrero de 1681 según el antiguo calendario inglés, es decir, el 28 de febrero de 1682 en el cómputo actual. Los cuatro acusados eran extranjeros; el jurado estuvo compuesto a partes iguales por ingleses y foráneos, y los debates fueron traducidos para estos últimos.
El autor material del disparo, Charles George Boroski, no negó haber hecho fuego, pero sostuvo que él no había cargado el arma. Declaró haberla recibido de manos del capitán Christopher Uratz. Este último admitió haber suministrado el mosquetón y detenido el carruaje. A su juicio, pretendía obligar a Thynn a batirse en duelo, pues la víctima había rechazado varios desafíos tras oírse rumores de que se había expresado de forma insultante sobre el conde Coningsmark. Uratz afirmó haber ordenado a Boroski que solo disparase si se impedía el duelo o se truncaba su huida, sosteniendo que el tiro se había escapado por error.
John Stern, el tercer encausado, ofreció una versión mucho más comprometedora. Declaró que Uratz le había hablado de una rencilla, prometiéndole doscientas o trescientas coronas si hallaba a un hombre dispuesto a matar a Thynn, y que con anterioridad le había solicitado reclutar a un italiano para apuñalar a otro individuo. Boroski, en cambio, aseguró que Uratz le dio la orden expresa de abrir fuego en el instante mismo en que la carroza se detuvo. Los tres hombres compartían la escena, pero sus declaraciones distribuían la intención y el mando de maneras discordantes.
El nombre del conde entró en la causa judicial a través del entramado de alojamientos, favores y partidas que rodeaba a los acusados. John Hanson, preceptor del hermano menor del conde, explicó que este había llegado a Inglaterra un mes antes y que había cambiado de hospedaje en múltiples ocasiones. Se hacía llamar «el forastero» y, más tarde, «Carlo Cuski»; un médico advirtió que vestía con peluca negra. El conde no salía de su aposento y recibía con frecuencia a Uratz, quien había cruzado el Canal de la Mancha en su compañía. Llegó incluso a abandonar un alojamiento al cabo de dos días alegando que las chimeneas echaban humo, para luego mantener idéntica reserva en su nuevo paradero.
Boroski llegó a la ciudad poco antes del magnicidio. Hanson lo vio en la academia de lengua francesa y lo condujo después a los aposentos del conde. Este declaró que aguardaba su llegada para encomendarle el cuidado de unos caballos ingleses. El viernes y el sábado previos al asalto, Boroski volvió a presentarse allí. El domingo por la mañana, un sirviente le entregó un capote de montar y una espada; el criado de la casa lo vio salir provisto de botas, la espada bajo el brazo y una casaca de búfalo oculta bajo el manto. Aquella noche ya no regresó.
Al día siguiente de la muerte de Thynn, el conde dispuso el embalaje de sus pertenencias. El joven sirviente Watts había visto a Uratz entrar en las habitaciones el domingo por la noche, tras el crimen, y no lo vio descender antes del término de su guardia. El padre de Watts, mozo de cuerda, trasladó dos baúles hasta la diligencia de Windsor. El conde se encaminó hacia Redriff, recalando después en Deptford, Greenwich y Gravesend. Los correos del rey lo prendieron en el instante en que desembarcaba, el domingo posterior al homicidio. En el momento del arresto, la peluca se le cayó de la cabeza. Cuando se le comunicó que el capitán y el polaco habían confesado ciertos extremos, se lamentó de aquella deshonra vertida sobre su linaje, mancha que, según afirmó, solo una hazaña militar lograría limpiar.
El ministerio fiscal vinculó todos estos movimientos a una enconada rivalidad sentimental. Tras la muerte de su padre, Elizabeth Percy, heredera del condado de Northumberland, había desposado a Henry, conde de Ogle, enviudando poco después. Las actas judiciales señalan que Coningsmark figuraba entre los pretendientes que la cortejaron. Su abuela concertó un matrimonio privado con Thynn en el verano anterior al crimen; Lady Ogle huyó secretamente poco después a Holanda, antes de haber llegado a hacer vida marital con él. Un testigo declaró que el conde había indagado sobre las consecuencias penales de batirse en duelo con Thynn y la repercusión que ello tendría en sus pretensiones nupciales. Estos indicios configuraban un móvil verosímil, pero no probaban fehacientemente que hubiese ordenado el crimen.
Hanson trasladó asimismo una consulta formulada por el conde al enviado sueco: ¿a qué penas se expondría si exigía satisfacción por las armas a Thynn? El diplomático le advirtió de que le resultaría casi imposible permanecer en suelo inglés si atentaba contra él. Durante el juicio se preguntó si dicha conversación atañía a Lady Ogle; Hanson respondió que el conde había querido cerciorarse de si la ley inglesa obstaculizaría sus pretensiones. Este intercambio epistolar precedió a la llegada de Boroski y cobró, tras el asesinato, una gravedad decisiva a ojos de la acusación.
Coningsmark alegó en su defensa que había viajado para reclutar un regimiento al servicio del rey contra Francia. Afirmó haber combatido ya en Tánger, teniendo a Boroski a sus órdenes, y haber desembolsado mil pistolas destinadas a la compra de monturas. Justificó sus discretas estancias en una dolencia que le afectaba a los brazos y al pecho, y atribuyó sus mudanzas de ropaje a la espera de un guardarropa adecuado. Aseveró que la espada y las botas entregadas a Boroski respondían a las tareas encomendadas y negó haber visto jamás a Thynn. Declaró que su huida se debió únicamente al pavor de ser linchado por el populacho.
Los letrados de la Corona opusieron a tales descargos la concatenación de los preparativos: Boroski armado aquella misma mañana, Uratz reunido con el conde por la noche, los baúles dispuestos a la mañana siguiente y la posterior huida hacia el estuario. Inquirieron qué provecho material habrían obtenido por cuenta propia los tres ejecutores con dicho asesinato y subrayaron que los testigos cercanos al conde jamás hablaron por iniciativa espontánea. El magistrado, no obstante, fijó un criterio estricto: el tirador y sus dos secuaces podían ser culpables de asesinato, mas para condenar al noble, el jurado debía albergar la convicción plena de que este había mandado o autorizado el atentado. Si sus subordinados habían procedido sin su previo conocimiento, no cabía considerarlo cómplice necesario.
Antes de la lectura del fallo, Uratz protestó alegando que no había gozado de un juicio imparcial; Stern declaró haberse visto implicado únicamente por servir al capitán. Boroski no buscó subterfugios: afirmó que no podía negar haber matado a Thynn y que actuó por ciega obediencia a su señor. Tras media hora de deliberación, el jurado declaró culpables a Boroski, Uratz y Stern, pero absolvió a Coningsmark. Aquella absolución no zanjaba las contradicciones entre los testimonios, sino que delimitaba lo que el tribunal consideraba estrictamente probado contra el aristócrata. Los tres condenados fueron ahorcados en Pall Mall la semana siguiente. El cadáver de Boroski fue colgado posteriormente con cadenas cerca de Mile End.
En las jornadas que sucedieron al magnicidio, no faltaron voces que quisieron ver en el ataque una nueva ramificación del complot papista. El proceso devolvió el foco a los vínculos entre Thynn, su esposa y el conde, pero el veredicto no inculpó a este último. Cole había perseguido a los jinetes hasta Haymarket; el conde, apresado a orillas del estuario, salió en libertad tras su absolución. Tres hombres, en cambio, acabaron balanceándose en la horca.
