En Bristol, el domingo 18 de enero de 1741, según el cómputo inglés, sir John Dineley Goodere tomó asiento junto al fuego en el gabinete de Jarrit Smith. Su hermano Samuel se acomodó al otro lado de la lumbre. El letrado se situó entre ambos, como si pretendiera imprimir a aquella reconciliación la compostura de una avenencia formal. Había descorchado vino y alzado su copa en honor al «amor y la concordia». Sir John, que no probaba más que agua, acogió el brindis; Samuel chocó su vaso.
La plática, según referiría Smith ante el tribunal, transcurrió en términos afables. Se habló de las haciendas de Herefordshire y de su feracidad. Sir John inquirió la hora de su próxima cita para ultimar una transacción pecuniaria, pues debía regresar a la mañana siguiente. Al franquear la escalera, despidió a su hermano y ganó la calle. Samuel se disponía a seguir sus pasos cuando Smith lo retuvo para ofrecerle otra copa. El capitán rehusó. Guardó un instante de silencio y añadió: «Por Dios, esto no basta». Bajó los peldaños con apremio.
Smith avanzó hasta el umbral. Vio a Samuel tomar la misma dirección que su hermano. De la taberna del White Hart surgieron de pronto varios marineros. «¿Está dispuesto?», inquirió el capitán. Ellos asintieron y se dispersaron a la carrera. Smith no los siguió; debía reunirse con su esposa. Horas más tarde, un soldado acudió a su encuentro hondamente alterado: un grupo de hombres acababa de apresar a un caballero ataviado como sir John para forzarlo a subir a una barcaza.
A entrambos hermanos no les faltaban razones para departir sobre caudales. Sir John era titular de un dilatado patrimonio y su hermano, oficial de la armada, había creído durante largo tiempo ser su legítimo sucesor. Samuel había asegurado a Smith que era el heredero inmediato. No obstante, sir John había modificado la línea de transmisión de sus tierras en favor de los hijos de su hermana. En el estrado, el ministerio fiscal presentó esta resolución como el resorte principal de la enemistad. Smith corroboró que Samuel le había hablado de la herencia, si bien él solo no podía acreditar cuanto sostenía la acusación acerca de las intenciones del capitán.
El encuentro distaba de haber sido improvisado. Sir John había regresado a Bristol con el propósito de zanjar con Smith un préstamo garantizado sobre sus posesiones. Había mediado correspondencia para fijar la hora. Smith se lo había comunicado a Samuel, quien expresó el anhelo de poner término al litigio doméstico. Al recibir a su hermano, el letrado presenció cómo ambos se abrazaban con calor. Sir John se hallaba enfermo y proyectaba trasladarse a continuación a Bath para aliviar su quebranto. En una comparecencia previa, el martes 13 de enero, Smith lo había visto marcharse pertrechado con pistolas y escoltado por su criado, a quien presumía igualmente armado. En esta ocasión, en cambio, sólo se habían cruzado votos de paz.
En el White Hart, el posadero Morris Hobbs había sido testigo de los preparativos de aquella jornada. El domingo por la mañana, Mahony le requirió que reservase la sala principal, anunciando que el capitán acudiría a media tarde. A las tres en punto, este compareció con un reducido séquito; otros hombres se les sumaron y montaron guardia junto a la cancela. Un individuo menudo la aporreaba con tal denuedo que Hobbs le conminó a gritos a no demolerle la casa. Al subir de la bodega con una jarra de cerveza, divisó a Samuel y a su hermano descender por la pendiente. Toda la partida salió tras ellos. Hobbs regresó de inmediato a custodiar su jarro, temeroso de extraviar la loza antes que de cobrar el precio del brebaje.
Thomas Williams servía a bordo del Ruby. El capitán le había ordenado conducir a ocho marineros hasta el White Hart, dejar a dos al cuidado de la barcaza y apostar la embarcación en las inmediaciones del tejar. «Tengo a un caballero que subirá a bordo», le había indicado. Williams aguardaba en la cocina mientras le servían un grog templado cuando Mahony y los marineros irrumpieron a la carrera. Llevaban ya asido a sir John y lo arrastraban por la fuerza. Un hombre amenazó a Williams con arrojarlo a las aguas si osaba intervenir. En ese punto compareció Samuel y ordenó conducir a su hermano hasta la barcaza.
Sir John clamaba pidiendo auxilio y gritando que lo asesinaban. En el muelle, Mahony alegó que se trataba de un homicida y un desertor al que reintegraban al navío para someterlo a un consejo de guerra. El capitán escuchó tal justificación sin desmentirla. Ya en la chalupa, pretendió cubrir a su hermano con una capa «para resguardarlo del frío». Sir John la rechazó. Al divisar en la ribera a un conocido, intentó llamarlo a voces e inquirirle si conocía a Jarrit Smith. Samuel le arrojó el sayo sobre el rostro para sofocar sus gritos y mandó bogar con presteza hacia la otra orilla del río.
El capitán presentó ulteriormente el rapto como una providencia protectora. Afirmó ante su hermano que lo conducía a bordo a fin de librarlo de la ruina y la prisión. Sir John replicó que no era tan necio para creerlo y que Samuel bien podía quitarle la vida allí mismo. «Haced las paces con Dios», le espetó el capitán, según la deposición de Williams. El testigo no presenció lo acaecido después en el camarote del contador: se le eximió de la guardia aquella noche. Más tarde, entre las dos y las tres de la madrugada, columbró a Samuel descender por la escala hacia dicho aposento, sin poder precisar con qué designio.
La acción de la justicia no se sustentaba únicamente en la palabra de Williams. Otros testigos, promovidos por la Corona, relataron haber oído gritos desgarradores procedentes de la cámara y haber visto a Samuel apostado a la entrada con la espada desenvainada. La parte acusadora sostuvo que su presencia y sus órdenes lo constituían en cómplice necesario del homicidio, aun cuando hubiese sido Mahony quien, según los indicios, ciñó la soga al cuello de la víctima. Esta distinción consumió dilatados debates en la audiencia: se sopesó la conducta material de cada encausado, el alcance de lo que pudieron escuchar y el deslinde jurídico entre una orden impartida en tierra firme y un crimen consumado a bordo.
A bordo del Ruby, la autoridad del capitán no logró imponerse hasta el fin. Según la crónica de Borrow, el teniente y el tonelero procedieron a confinarlo bajo llave en su propia cámara. Smith, enterado de la muerte violenta, acudió sin demora ante el alcalde de Bristol; libróse el correspondiente mandamiento y el alguacil mayor del puerto abordó la nave. Halló a Goodere ya reducido y bajo custodia de su propia marinería. El oficial fue conducido a tierra e ingresado en la prisión de Newgate. Mahony y White, capturados escasas horas después, corrieron la misma suerte.
Samuel Goodere compareció ante la justicia mancomunadamente con Mahony. Con anterioridad a la vista, había padecido una maligna fiebre que quebrantó gravemente su salud. El tribunal hubo de aplazar las sesiones para permitir su convalecencia; aun al iniciarse los interrogatorios, su facultativo dictaminaba que apenas resistiría las fatigas del plenario. Conforme al procedimiento procesal de la época, la ley no le concedía el concurso de un letrado para el examen de los testigos sobre las cuestiones de hecho. Incumbía al propio capitán formular sus preguntas o someterlas a la venia de los magistrados. Empleó tal prerrogativa para impugnar cuanto Williams aseguraba haber divisado desde su coy y para interrogar a Smith sobre la autenticidad del título de baronet de su hermano. El tribunal desestimó este último extremo por impertinente para la identificación del occiso.
El 26 de marzo, el jurado pronunció el veredicto de culpabilidad contra Samuel Goodere y Matthew Mahony. Charles White, juzgado al día siguiente por cuerda separada, resultó igualmente condenado. En vísperas del suplicio, refiere Borrow que la esposa y la hija del capitán acudieron a despedirse de él, enlutadas de pies a cabeza. Al día siguiente, Goodere fue conducido al cadalso en una carroza fúnebre; Mahony y White hicieron el trayecto en una carreta infamante. Fueron ahorcados el 20 de abril cerca de Hot Wells, a la vista misma del fondeadero donde yacía el Ruby en la noche del crimen. En el gabinete de Smith, el capitán había alzado su copa por la salud de su hermano. Tres meses después, expiraba a escasa distancia de la ribera desde donde lo había hecho arrebatar.
