La barcaza encalla en los bancos de arena. Sus hombres la abandonan, pero la gran chalupa lanzada en su persecución toca fondo a su vez. Es preciso continuar en el agua: los marineros del Coventry relatan haber caminado cerca de media legua para prender a los fugitivos. A bordo del Loyal Clancarty hallan granadas, armas y cartucheras. Traen asimismo a un capitán cuyo lugar de nacimiento ocupará al tribunal casi tanto como la propia captura. ¿Nació Thomas Vaughan en Galway o en la Martinica? De su respuesta dependerá el término con que la corte califique su servicio al rey de Francia.
El 6 de noviembre de 1696, Vaughan comparece ante el Old Bailey, en Londres, acusado de alta traición. Inglaterra está en guerra contra Luis XIV. El acta de acusación sostiene que el rey de Francia equipó una barcaza de guerra y que Vaughan, súbdito de la Corona, asumió su mando. Habría cruzado los mares para capturar o destruir los navíos del rey y de sus súbditos. Vaughan se declara inocente. Se queja en primer lugar de sus grilletes; el juez Holt ordena que se los retiren para que pueda defenderse con desahogo.
Richard Crouch, marinero del Coventry, describe la captura cerca del Nore, en la desembocadura del Támesis. El Clancarty es avistado cerca de dos pequeñas naves fondeadas. El Coventry se aproxima; la barcaza huye, encalla en los bancos y su tripulación la desampara. Los marineros ingleses echan sus embarcaciones al agua y persiguen a los hombres por las aguas someras. Capturan a cerca de veinticinco. Crouch afirma que Vaughan capitaneaba el barco. Añade que los prisioneros venían de Francia con el designio de incendiar los buques del Nore —aunque aclara también que «comprendieron» tal propósito a posteriori—. No se trata de una confidencia escuchada directamente de labios de Vaughan.
Thomas Noden confirma la varada y la persecución. A bordo, los hombres encuentran armas, granadas y cartucheras. Ciertos prisioneros le parecen franceses. Samuel Oldham no está en condiciones de atribuirles un origen: son extranjeros, afirma, pero ignora si franceses u holandeses. Robert Bub refiere que un piloto inglés mencionaba asimismo un incendio en Sheerness. En su testimonio, la barcaza no atacó al Coventry; se apartó y luego emprendió la huida. La acusación pretende hacer del corso armado un acto hostil. La defensa subraya la ausencia de combate y la disparidad de los testimonios.
Al inicio del juicio, Vaughan solicita que los testigos presten declaración por separado, fuera del alcance de sus respectivos relatos. El tribunal accede a esta medida a título de gracia, advirtiendo al reo de que no puede exigirla como un derecho. Los marineros vivieron juntos la persecución. Vaughan pretende, al menos, que respondan por ella de forma aislada.
El debate concierne igualmente a los límites de la prueba. Edmund Courtney pretende testificar que, antes de esta captura, Vaughan se había llevado un barco de aduanas a Francia. El letrado objeta que tal suceso no figura en el pliego de cargos. La corte lo desestima: cuando la acusación ha fijado con precisión el modo en que se habría producido la adhesión al enemigo, no es lícito añadir un episodio distinto. Debe juzgarse lo alegado, no componer un expediente más amplio al compás de la audiencia.
Resta por esclarecer el origen del acusado. Crouch afirma haberle oído presentarse como irlandés. El mariscal de Dover recuerda que Vaughan le pidió ser registrado bajo el nombre de Thomas Vaughan, irlandés, si bien precisa que el hombre se hallaba ebrio. Al día siguiente, ante un juez de paz, habría declarado ser francés y natural de la Martinica. Varios testigos de Galway juran bajo juramento que había nacido en dicha ciudad; uno de ellos aporta una carta en la que Vaughan le rogaba abstenerse de declarar. Para la Corona, esta misiva confirma que el procesado temía la prueba de una cuna irlandesa.
La defensa impugna esta interpretación. Numerosos testigos aseguran haber conocido a Vaughan en la Martinica. Uno de ellos asevera haber presenciado su bautismo en la morada de su padre. Sus recuerdos no concuerdan a la perfección, y la acusación replica con las testificaciones de Galway. El abogado insiste en la trascendencia jurídica: si Vaughan es extranjero, la traición imputada carece de sustento. Recuerda que unas palabras pronunciadas al calor de la bebida no pueden tener más peso que una declaración formal prestada al día siguiente. El juicio transcurre sin que se aporte registro bautismal alguno capaz de saldar la controversia.
La controversia jurídica alcanza a la demarcación misma de la acusación. Los defensores aducen que el tránsito no demuestra que navegase en alta mar: la supuesta intención contra navíos en Sheerness, argumentan, no equivale a un acto de guerra en mar abierto. La Corona replica que los buques podían encontrarse frente a Sheerness; el juez convalida este criterio. La defensa combate asimismo la idea de que una travesía en corso sin enfrentamiento efectivo constituya per se un acto hostil. El tribunal concluye, por el contrario, que una nave armada y dispuesta para embestir a las embarcaciones inglesas consuma de por sí la adhesión incriminada. El fallo no reposa, pues, en el disparo de un cañón, sino en la misión que los jueces coligen del armamento y del fondeadero.
La defensa presenta, finalmente, a otro Thomas Vaughan: un natural de Galway, fallecido diez o doce años antes, con quien el reo podría ser confundido. Arremete asimismo contra la probidad de los testigos de cargo. Sobre el capitán apresado vivo en los arenales viene a superponerse la sombra de un homónimo muerto. La misiva dirigida al testigo de Galway permanece, no obstante, en manos de la Corona, que colige de ella una maniobra destinada a eludir el reconocimiento del preso.
El jurado declara culpable a Vaughan. Su letrado intenta aún obtener la anulación del veredicto: arguye que el acta no precisaba que la adhesión al enemigo se perpetrara contra el rey, y que una travesía no equivale a un ataque. La corte rechaza tales objeciones. Considera probado que el armamento, el mando y la presencia en el mar en disposición de combate integran una adhesión suficiente. Vaughan es condenado a muerte y ejecutado.
La barcaza fue apresada, el armamento inventariado y los hombres conducidos a tierra firme. Sobre el nacimiento de Vaughan, la crónica procesal no dejará registro alguno al descubierto ni una identidad definitivamente libre de su homónimo: apenas testigos en pugna, la carta donde suplicaba que nadie acudiera a señalarle y un veredicto de traición. Los hierros de los que se le despojó para escuchar su defensa no le abrieron camino alguno hacia la libertad.
