La mañana del 19 de febrero de 1761, la doncella de la señora King abrió la puerta del salón y recibió la orden de encender el fuego. Subió luego a las habitaciones de Theodore Gardelle, quien le encomendó dos cartas que debía llevar a Haymarket y una guinea para cambiar con el fin de adquirir un poco de tabaco de rapé. La señora King le prohibió salir: no quedaba nadie para atender la puerta principal. Gardelle bajó entonces al salón. En aquella casa de Leicester Fields, una ausencia de escasos minutos separaría los quehaceres habituales del crimen que allí iba a perpetrarse.
Gardelle procedía de Ginebra. Había cursado estudios universitarios y luego perfeccionado la miniatura pictórica en París antes de regresar a su patria, donde contrajo matrimonio. Poco después, descontento con la vida conyugal, marchó a Londres e ingresó como huésped en casa de la señora King. Aquella mañana, según la confesión recogida por Borrow, la señora King lo escuchó caminar y le preguntó quién andaba por allí.
En la versión proporcionada por el homicida, la mujer le dirigió palabras agrias. Gardelle la tachó de impertinente. La señora King lo golpeó en el costado izquierdo; él la empujó. Al retroceder, la mujer tropezó con la alfombra, cayó y se golpeó la cabeza con extrema violencia contra el poste del lecho. El primer impulso de Gardelle, aseguró este, fue intentar incorporarla y restañar la sangre que le manaba de la boca. Ella lo amenazó con someterlo a la justicia. Él montó en cólera, tomó un peine de marfil de cabo aguzado y la conminó a callar.
Ella no guardó silencio. En su confesión, Gardelle declara que, enajenado por la furia, le hundió el cabo del peine en la garganta y le dio muerte. Cubrió el cuerpo con la colcha. El terror lo abatió y cayó en desmayo. Al volver en sí, la sirvienta acababa de regresar con el rapé. Llamó a su señora, sin obtener respuesta. Tras desayunar, la joven se dispuso a asear y ordenar el aposento de Gardelle. Este descendió del desván, con ropas distintas a las que vestía poco antes y, a juicio de la criada, presa de una visible agitación.
Tras enviarla a entregar una misiva en Suffolk Street, a su regreso le ofreció una explicación: la señora King se había marchado en carruaje con un caballero. La sirvienta desconfió de semejante relato. Sabía que su ama no había dispuesto de tiempo para vestirse y conjeturó que ambos habían aprovechado su ausencia para un encuentro clandestino. Hacia las tres de la tarde, Gardelle la despachó nuevamente a Suffolk Street con otro encargo. Durante las horas siguientes, menudeó sus idas y venidas por la casa, subiendo y bajando escaleras sin tregua. Durante la ausencia de la joven, resolvió despedirla para precaverse contra el descubrimiento del homicidio.
El mero trámite administrativo le causaba embarazo. La doncella no sabía escribir; Gardelle no dominaba el inglés con la soltura precisa para redactar un finiquito. Solicitó a un tal Brocket que lo extendiera. Este inquirió a la joven si Gardelle poseía atribuciones para cesarla. Respondió ella que lo ignoraba. Brocket le explicó que Gardelle sostenía haber recibido tal mandato y que la señora King, hallándose fuera, traería otra criada consigo. La doncella interpretó su despido a su modo, juzgándolo fruto de la supuesta intimidad entre el huésped y el ama.
A su vuelta, Gardelle le abonó los salarios, añadió una gratificación y le hizo estampar su marca en el recibo. Al franquear el umbral, la criada se cruzó con el lacayo del señor Wright, que acudía a preparar el regreso de su amo. Ella le rogó que aguardase: la señora King, a quien creía indispuesta en el lecho desde la mañana, acaso saliera a recibirlo. No obstante, el lacayo se marchó y Gardelle quedó a solas. Penetró en el cuarto de la señora King, desnudó el cadáver y lo dispuso sobre la cama. Ocultó la camisa ensangrentada en una saca bajo su propio lecho, guardó su propia camisa en un cajón y puso a remojar las sábanas manchadas en un barreño.
El criado, apellidado Pelsey, volvió para comunicar que su amo había hallado otro hospedaje. Él mismo durmió en el desván, imposibilitado aún para retirar sus pertenencias. A la mañana siguiente preguntó por la señora King. Gardelle repuso que había salido. Dos días después del crimen, otro visitante, Mozier, se presentó para conducirla a la ópera, según habían convenido. Gardelle aseguró que había partido hacia Bristol o Bath. Advirtiendo su semblante apesadumbrado y achacándolo a la ausencia de su patrona, Mozier le envió una joven para que le hiciera compañía. Gardelle no pareció complacido con su llegada, pero no la despidió: la crónica consigna que temía que un rechazo infundiese sospechas.
Al día siguiente, se levantó antes que la joven y encendió el fuego. Cuando ella bajó, pasadas las diez, lo halló atareado; la envió en busca de una asistenta. El lunes, pidió a esta última que explicase al lacayo de Wright que la muchacha instalada en la vivienda había sido enviada por la señora King para custodiar la casa. El criado no le dio crédito. Había visto a Gardelle y a la joven acostados juntos y juzgaba inverosímil la versión. Requirió repetidas veces el paradero de la señora King; Gardelle reiteró que se hallaba en Bath o en Bristol.
El martes, el sirviente percibió un olor fétido en el ático. Gardelle explicó que se trataba de un hueso puesto al fuego. La excusa no mentía del todo: había quemado huesos de la señora King. De noche, una vez que el lacayo se retiró a su lecho, Gardelle envió a la mujer a dormir y descuartizó el cuerpo. Ocultó en el desván los fragmentos de carne desprendidos de los huesos y arrojó las entrañas a las letrinas. El miércoles despidió a la joven enviada por Mozier, anunciándole que la señora King regresaría al anochecer.
La asistenta y el lacayo permanecían en la casa. Hallándose exhausta la cisterna, la mujer buscó agua en el barreño de la cocina. Palpó en él una masa blanda, pero no sospechó un crimen. Al día siguiente, las sábanas con que Gardelle había envuelto el cadáver fueron descubiertas en el barreño. El criado mandó llamar entonces a la doncella despedida; esta negó haber colocado allí aquella ropa. El mozo dio parte a su amo. El boticario Baron acudió a interesarse por la señora King. Gardelle reiteró su fábula sobre el viaje.
La doncella cesada fue sometida a interrogatorio por sir John Fielding. Se libró una orden de arresto contra Gardelle y Baron secundó a los alguaciles. Gardelle negó la autoría del crimen y sufrió un colapso. Cuando se le exigió la llave del aposento de la señora King, respondió que la mujer se la había llevado consigo al campo. Un oficial de justicia penetró por la ventana y franqueó el acceso al resto. Hallaron sangre sobre el lecho. En la planta superior se descubrió la lencería oculta; un albañil y un carpintero inspeccionaron la casa y dieron con restos humanos en el desván, las vísceras en las letrinas y huesos calcinados cerca del hogar.
Un cofre que Gardelle había confiado a un allegado, solicitándole su custodia, contenía el reloj y otros enseres de la señora King. En prisión, Gardelle ingirió opio para acabar con sus días, pero sobrevivió. Solicitó comparecer ante un magistrado y rindió confesión; el juez lo escuchó, mas le denegó la firma de la declaración, que habría servido como prueba irrefutable contra sí mismo. Gardelle tragó más tarde varias monedas, en una nueva tentativa de quitarse la vida. Se le juzgó en el Old Bailey el 2 de abril de 1761 y resultó condenado. Tras evidenciar al principio un temple violento, se mostró más resignado a la jornada siguiente.
Interrogado sobre por qué no había huido al extranjero, respondió que temió que se inculpara a un inocente del crimen. La crónica apunta asimismo que declaró haber sentido horror por la mujer que Mozier le impuso, pero que no osó echarla. Aquel primer alegato no borraba el cadáver desmembrado, ni las mentiras sostenidas ante el lacayo, ni los restos ocultos por las dependencias. La crónica conserva estas palabras como las de un reo que, al término de varias jornadas consagradas a engañar a su entorno, invocaba a deshora el riesgo de engañar a la justicia.
El 4 de abril, Gardelle fue conducido en carreta al patíbulo del Haymarket. La comitiva se detuvo unos instantes frente a la casa donde la señora King había sido inmolada. Una multitud inmensa presenció el ahorcamiento; relata Borrow que la muchedumbre expresó su júbilo con un alboroto impropio de ceremonia tan severa. El cadáver fue suspendido luego entre cadenas en Hounslow Heath. La señora King, cuya partida a Bristol o a Bath se había pregonado, jamás había abandonado la casa.
