El 17 de mayo de 1667, una indisposición retenía a la marquesa de Gange en la cama. Su marido había regresado a Aviñón; ella permanecía en el castillo junto a sus dos cuñados, el abate y el caballero. Aquella soledad abriría, según la narración de Champagnac, la secuencia de violencias que se prolongó hasta su muerte, acaecida diecinueve días más tarde.
Diane de Joannis, nacida en 1635, era hija única del marqués de Roussans. Su primer matrimonio se concertó cuando aún no había cumplido los trece años: sus padres la entregaron al marqués de Castellane, gentilhombre de Aviñón. En la corte de Luis XIV destacó por su belleza y participó en los ballets del rey. Se la apodó la «bella provenzal». Mignard pintó su retrato; la reina Cristina de Suecia le dirigió cartas que Champagnac compara con las de una amante apasionada.
Habían transcurrido ocho años de matrimonio cuando Castellane pereció en un naufragio cerca de Génova. La joven viuda abandonó la corte y se retiró a Aviñón, donde residió durante tres años. Más tarde, a instancias de sus amigos, contrajo segundas nupcias con Charles de Latude, quien adoptó con posterioridad el título de marqués de Gange. Los primeros años transcurrieron, a decir de la crónica, en la dicha. Dos hijos, un varón y una niña, nacieron de aquella unión. Los esposos, poco inclinados a los placeres del mundo, parecían buscar ante todo la mutua compañía.
Aquel entendimiento se quebrantó. Latude, dos años menor que su esposa, se hastió de la vida en común y regresó a la vida social que antes había evitado. Abandonada a su suerte, la marquesa reapareció asimismo en los salones. Se vio rodeada de admiradores; Champagnac asevera que su conducta estuvo libre de reproche, a pesar de las calumnias que circularon a su costa. El marqués, escribe, fingía dar crédito a tales habladurías y las empleaba para justificar sus propios deslices, multiplicando las escenas de celos.
Los dos hermanos de Latude, un abate y un caballero, se instalaron en su morada. La crónica atribuye a ambos una pasión hacia su cuñada. El abate, hombre de gran ascendiente sobre su hermano a tenor de esta semblanza, adquirió una inmensa autoridad en la casa. Comenzó por persuadir al marqués de devolver la confianza a su mujer; luego, atribuyó esa reconciliación a su propia mediación y le declaró a ella su encendida pasión. La marquesa no correspondió a sus sentimientos. El caballero, a quien el relato describe como subordinado a la voluntad del abate, recibió entonces la autorización para intentar cortejarla a su vez. Fracasó igualmente.
El pacto sellado entre ambos hombres, según consigna Champagnac, preveía que el abate reanudaría sus pretensiones tras el fracaso de su hermano. No obstante, cambió de táctica: en lugar de apaciguar al marqués, despertó sus celos y los dirigió contra su esposa. Acto seguido, habría amenazado a la marquesa, dándole a entender que estaba en su mano decidir su suerte si no accedía a sus deseos. Ella se negó. La crónica sitúa en esta negativa el momento exacto en que el abate resolvió perderla.
Una primera tentativa se habría producido pocos días después. Por orden del abate, se sirvió a la marquesa una crema con arsénico. La dosis debió de ser demasiado débil, o ella comió una cantidad insuficiente para poner en peligro su vida; no obstante, cayó gravemente enferma. Esta alarma no puso fin a la conjura. La muerte de su abuelo, el señor de Nochères, alteró además lo que estaba en juego: le legó todos sus bienes con entera libertad de disposición. Su marido y sus cuñados redoblaron entonces sus atenciones, proceder que Champagnac interpreta como una maniobra para asegurarse su fortuna.
La marquesa designó heredera a su madre, con la condición de transmitir los bienes a uno de sus hijos. Protestó formalmente ante el vicelegado de Aviñón contra cualquier testamento que pudiera otorgar con posterioridad. Dos años después, emprendió, a petición de su esposo, un viaje a las tierras de Gange. Sus despedidas de los amigos fueron tan conmovedoras que, tras la catástrofe, algunos creyeron advertir en ellas un funesto presentimiento. Llegó junto a su marido y sus cuñados, quienes la colmaron de cuidados. Sin embargo, Latude regresó pronto a Aviñón por asuntos que Champagnac califica de reales o fingidos; quedóse entonces sola con sus cuñados.
El abate la apremió para que revocase su testamento de Aviñón e instituyese por heredero a su marido. Ella acabó cediendo. El vicelegado denegó más tarde la inscripción del nuevo testamento debido a la protesta previa. Para el cronista, la sucesión confirió a los hermanos y al esposo un móvil suplementario para obrar contra ella. Describe asimismo una captación hereditaria durante la cual la marquesa habría padecido presiones constantes y persecuciones encubiertas.
El 17 de mayo, achacosa y en cama, solicitó una poción purgante. Le trajeron un brebaje negruzco y espeso, que le presentaron como preparado por prescripción de un médico local; ella rehusó beberlo y tomó en su lugar las píldoras que acostumbraba utilizar. Varias vecinas acudieron a visitarla. Tras despedirlas, el abate regresó armado con una pistola y sosteniendo un vaso de veneno. El caballero lo secundaba, con la espada desenvainada. El abate le exigió que escogiese entre el fuego, el hierro o el veneno, según las palabras que recoge la crónica.
La marquesa asió el vaso. Mientras bebía el contenido, su cuñado la encañonaba con la punta de la espada y el abate le arrimaba el arma a la garganta. Dejó en el fondo el poso más espeso, cuyos residuos recogió el caballero; ella retuvo el líquido en la boca antes de escupirlo discretamente entre las sábanas. Pidió confesor. Los dos hombres salieron, pasaron el cerrojo y mandaron llamar al vicario Perrette, a quien Champagnac señala como cómplice suyo.
La marquesa se cubrió a toda prisa con una falda y se dirigió a una ventana situada a unos veintidós pies del suelo. Disponíase a saltar cuando Perrette entró en la estancia y la agarró por el vestido. La tela se desgarró; ella cayó al patio. El vicario había alterado la trayectoria de la caída al sujetarla, y aterrizó sobre sus propios pies, según la crónica. Arrojóle luego una gran jarra de agua sin llegar a alcanzarla. Provocóse el vómito introduciéndose la punta de la trenza en la garganta y buscó una vía de escape. Estando atrancadas todas las salidas, un mozo de cuadra la hizo cruzar por las caballerizas y la entregó a las primeras mujeres que encontró a su paso.
Perrette dio la voz de alarma a los hermanos. Estos salieron en persecución de la marquesa, gritando que había perdido el juicio. El caballero le dio alcance cerca de la vivienda de un vecino y se encerró con ella; el abate se quedó de guardia ante la puerta, pistola en ristre, para dispersar a quienes se aproximaban. Las mujeres del interior le acercaron un vaso de agua. El caballero se lo destrozó de un golpe contra los dientes a su cuñada, insistiendo en que estaba loca. Cuando la marquesa suplicó quedarse a solas con él, las demás abandonaron la estancia. Sus ruegos no lograron doblegarlo. La atravesó dos veces en el pecho con su espada, la persiguió luego y le asestó cinco estocadas más, dejando un fragmento del acero alojado en su hombro.
Creyéndola muerta, el caballero se reunió con el abate. Varias mujeres acudieron presurosas y llamaron a un cirujano. El abate regresó entonces, intentó apoyar la pistola contra el pecho de la herida, golpeó a una mujer que desvió su disparo y pretendió usar el arma a modo de maza. Los presentes se abalanzaron sobre él y lograron expulsarlo. Los dos hermanos huyeron al amparo de las sombras. La marquesa aún respiraba; notables de la comarca se acercaron a verla y la justicia inició la búsqueda de los fugitivos.
Latude tuvo noticia en Aviñón de la agresión a su esposa, mas no emprendió el viaje de vuelta hasta el día siguiente. Mostróse furioso contra sus hermanos, pero sin iniciar diligencia alguna en su contra. Al volver junto a la marquesa, le exigió ante todo que revocase la protesta interpuesta ante el vicelegado, la cual impedía la protocolización de su último testamento. Champagnac convierte estos hechos en indicios de complicidad, aunque puntualiza también que las pruebas contra el marqués no se estimaron lo bastante concluyentes como para aplicarle la misma pena que a sus hermanos.
Tras diecinueve días de agonía, la marquesa expiró rezando por sus agresores y pidiendo a su hijo que no clamara venganza. Su madre formalizó la querella. El 21 de agosto de 1667, el parlamento de Toulouse condenó al abate y al caballero a ser rotos vivos en la rueda, a Perrette a galeras perpetuas y al marqués al destierro de por vida. Los dos hermanos eludieron el cumplimiento de la sentencia: el caballero murió en el sitio de Candía tras haber entrado al servicio de Venecia; el abate se refugió en Holanda. Perrette pereció en el camino tras haber sido atado a la cadena de presidiarios. El marqués fue llamado de vuelta por su hijo, pero trató luego de seducir a su propia nuera; debió abandonar nuevamente el castillo y concluyó sus días en una pequeña villa del Condado Venesino.
