Antes de que despuntara el día, Jacques Verdure llamó a Rose para enviarla a la primera misa. El silencio le hizo creer que ya había partido. Descorrió un ventanuco a fin de dejar entrar un poco de luz, pasó a la pequeña alcoba contigua a la cocina y salió luego sin medias, cubierto apenas con una chaqueta. En el estercolero de las letrinas descubrió a su hija tendida de costado, vestida aún, con una pierna desnuda. Le preguntó si se encontraba mal. Ella no respondió. Se acercó, colocó la mano bajo su axila y sus dedos tropezaron con una herida.
La escena nos llega a través de Champagnac, quien toma abiertamente el partido del padre. Antes de este hallazgo, describe una casa donde Rose, de veintiún años, gobernaba la vida doméstica desde la muerte de su madre, Marie-Madeleine Graindel, sobrevenida tras su último parto. Quedaban entonces seis hijos. Jacques Verdure se había desposado con Marie-Madeleine en 1755; el cronista los presenta como un matrimonio unido y al padre como un hombre intachable. No obstante, las tareas de Rose eran harto materiales: vestir y guardar a los más pequeños, desamparada ante la adversidad.
La última criatura apenas contaba seis semanas cuando la madre pereció. Su cabeza no tardó en cubrirse de costras; se rascaba hasta sangrar, y la familia recurría a lienzos para limpiarla. Aquella enfermedad explicaría una cofia manchada de sangre hallada en la vivienda: los muchachos aseguraron que Marguerite se servía de ella para curar a la pequeña. El juez, escribe Champagnac, dio tal crédito a su explicación que prescindió del reconocimiento forense de la niña. La prenda poseía una historia doméstica, ligada a los cuidados de la recién nacida.
Pocos días antes de la muerte de Rose, sus hermanas habían reparado en las asiduas visitas de Antoine Lefret, oficial de molinero, y en sus conversaciones secretas con la joven. El padre la interrogó a propósito de cierta turbación que creía advertir; Rose desmintió sus recelos. Consumado el crimen, sus allegados declararon que acaso estuviera encinta, para precisar después que no había pasado de una mera sospecha. No se trata de un hecho probado, sino de una inquietud familiar reavivada tras la catástrofe.
Rose había referido asimismo que una semana antes de su fin, el 7 de octubre, alguien disparó una escopeta a través de un orificio de la pequeña estancia donde faenaba. El tiro habría errado; afirmó haber percibido el olor a pólvora y soltado cuanto sostenía. La crónica inscribe esta alarma en la memoria familiar, sin que se demuestre su vínculo con el asesinato.
Jacques partió hacia el mercado de Oudeville y compró tres celemines de trigo. Regresó hacia las cuatro con sus dos hijos varones, a quienes encontró en el bosque recogiendo leña para el horno. Rose lavaba junto a la puerta. El padre comió y luego tapó con barro varias hendiduras de la casa. Su hija fue a llevar leña a su anciana abuela. Gestos cotidianos que jalonaron la jornada cuyas horas serían más tarde objeto de disputa.
Puesto el sol, Verdure anunció que iba al molino a moler el grano. Rose debía regresar. Allí se reunió con Lefret, compartió con él una sopa y bebió sidra. Blondel, jornalero, y Quesnet, zapatero, se sumaron al grupo. En el molino, Verdure tomó el violín de Lefret y tocó unas piezas. Reparó en dos escopetas: una pertenecía al molinero; la otra, a Renoult, a quien Lefret se la restituyó dos días después de la muerte de Rose. El padre las vio en la misma sala donde acababa de tocar.
Hacia la medianoche abandonó el molino y volvió a su hogar. Tres hijas velaban junto al fuego; dos muchachos dormían. Rose remendaba una media y debía lavar el pañuelo de su hermana pequeña. Pasó a la alcoba que daba al patio. Jacques acostó a la última de sus hijas junto a sí, por temor a un percance, y se durmió, rendido de fatiga. Champagnac nada dice de lo que oyeron los niños. Refiere, en cambio, que Nicolas Néel, que salió a su puerta hacia la una, oyó una detonación procedente del flanco oriental de la casa de los Verdure, y luego una voz lastimera.
Antes del alba, el padre se levantó para enviar a Rose a la iglesia. La puerta que mediaba entre la cocina y la estancia se hallaba abierta. Creyó al principio que su hija se le había adelantado, hasta que la halló en la fosa. Su primer impulso fue atribuirlo a una muerte repentina; regresó a la casa para dar la noticia con cautela y no afligir de golpe a los demás huérfanos. Mas luego, al intentar incorporarla, palpó la herida. Dejó allí el cadáver, llamó al vecino Pierre Ruette para que velara a los pequeños, corrió a la casa parroquial a avisar al cura y volvió junto a su familia. El hallazgo mudaba de naturaleza: ya no era una muchacha muerta, sino un homicidio que exigía explicación.
Los convecinos se arremolinaron en torno al cuerpo. Algunos se asombraban de que un escopetazo tan próximo no hubiese despertado a nadie; otros conjeturaban que Rose había sido muerta en otro sitio y luego arrastrada hasta allí. Según el relato, se buscaron huellas sin fruto. Néel situaba el estruendo en la fosa. Aquellas primeras versiones conformaban un rumor a la búsqueda de un culpable.
Lefret se presentó entre los curiosos. Según Champagnac, entró, estrechó a Verdure en sus brazos y manifestó que se compadecía sobre todo del padre, privado del sostén de Rose. Fuera, una vecina le inquirió si el padre habría podido matarla sin advertirlo. Lefret replicó que ningún otro sino Verdure lo había hecho. Días después reiteraría que el progenitor, de regreso del molino, era el único que podía ser el asesino. La crónica le atribuye estas palabras, insuficientes para desvelar al ejecutor.
El 16 de octubre, el juez acudió junto con el procurador fiscal, el actuario y un cirujano forense. Consignó heridas de bala y halló un proyectil, deformado, en el cuerpo. El atestado, según Champagnac, no halló en la casa escopeta, pólvora, plomo ni vestigio alguno de sangre. La gendarmería no dio con indicio mejor. Pese a todo, tras la instrucción preliminar, se decretó orden de prisión contra Verdure; su hijo varón y sus dos hijas mayores fueron asimismo objeto de citación judicial con apercibimiento.
La crónica acusa a Catherine Hamel, mujer de Bouillon —antigua vecina con quien los Verdure mantenían disputas—, de haber atizado las sospechas e influido en el hijo menor. Se dice que preguntó al pequeño de seis años si su padre había matado a su hermana, prometiéndole pan y un huevo si lo confirmaba. El niño repitió más tarde versiones que los magistrados juzgaron contradictorias. Esta escena y la aviesa intención atribuida a la Bouillon proceden del texto de Champagnac, hostil a dicha mujer. Muestran a las claras la vulnerabilidad de un niño menesteroso, cuyas palabras corrían de boca en boca mientras los adultos buscaban una cabeza que cortar.
El auto de prisión contra Jacques databa del 9 de noviembre de 1780, pero permaneció en su hogar hasta el día de su arresto, el 24. Lefret huyó. La cárcel deshizo la casa: la criatura más pequeña murió poco después. El que le seguía en edad anduvo errante dos años por el cantón pidiendo limosna; a decir de Champagnac, se le obligaba a reiterar la acusación antes de darle un pedazo de pan. Los primeros jueces acabaron por confiarlo a su padre en presidio. Los otros tres huérfanos hubieron de colocarse como criados. La miseria impuso el pan como condición y el confinamiento del padre dispersó a la prole.
La instrucción se dilató durante cinco años y desembocó al principio en una resolución de diligencias complementarias de tres meses. El procurador general interpuso apelación por estimarla insuficiente, logró orden de arresto contra los tres hijos y mandó promulgar un monitorio canónico. Los indicios contra Lefret —sus declaraciones, las armas del molino, el plomo comprado la víspera del crimen, su fuga— no habían suscitado medida inmediata alguna, a juicio de Champagnac. La bala aparecía, según él, martillada antes que fundida. Pormenores que avivaban la conjetura sin acreditar la identidad del culpable.
Por fin, el ministerio público obtuvo decreto de detención contra Lefret. Champagnac ve en ello el arresto de quien había lanzado la infamia contra Verdure, y apunta que acaso fuese el verdadero homicida. El Parlamento de Ruan dictó sentencia el 31 de julio de 1787: Lefret fue condenado a la rueda, tras ser sometido a tormento para que delatara a sus cómplices. Mediante el mismo auto, Verdure y sus hijos quedaban reservados al testamento de muerte; Jacques y su hijo mayor debían permanecer encarcelados, mientras que a los otros tres hijos se les otorgaba la libertad provisional.
La familia recurrió en súplica ante el Consejo del Rey. Ahí se interrumpe la resolución conocida del capítulo. Champagnac, persuadido de su inocencia, confía en que los jueces de revisión deslinden a Lefret de la familia calumniada; tal esperanza no equivale a una sentencia. Jacques y su primogénito continúan entre rejas en el último estado descrito, al tiempo que tres de los hijos gozan de libertad condicional. El lector no llega a conocer la providencia definitiva. La familia entabló su recurso, y la crónica se extingue antes de consignar qué resolvió el Consejo.
