El 21 de septiembre de 1820, la tienda de Christopher Bäumler permaneció cerrada más allá de la hora en que su propietario acostumbraba abrir. En una concurrida calle de Núremberg, la puerta trancada llamó la atención de los vecinos; llamaron y luego, con la debida autorización policial, penetraron por las ventanas de la planta superior. Los cajones habían sido revueltos. En la planta baja descubrieron dos cadáveres: el de Bäumler, tratante en granos y despachador de aguardiente, y el de su sirvienta, Anna Catherina Schütz. El jurista bávaro Anselm von Feuerbach, quien tomó parte en la instrucción del sumario, relató el asunto en un capítulo traducido al inglés por Lady Duff Gordon en 1846.
La disposición de los cuerpos permitió reconstruir una primera secuencia. Schütz yacía cerca de la puerta, entre dos artesas del comercio; Bäumler, en la estancia contigua, junto a la estufa donde solía sentarse. Ambos presentaban el cráneo destrozado. Los facultativos atribuyeron tales heridas a un instrumento contundente, con probabilidad el lomo de un hacha, y constataron asimismo costillas fracturadas. Sobre una mesa reposaba un cuchillo cerrado, manchado de sangre; en el suelo, junto a la entrada, dos panecillos. El panadero y su esposa reconocieron en ellos los mismos que Schütz había adquirido hacia las diez menos cuarto de la noche anterior.
Un vecino había visto la puerta del establecimiento cerrada a esa hora, más temprano de lo habitual. Cuando la policía franqueó el umbral, la campanilla situada sobre la puerta no sonaba: alguien había atascado su mecanismo con papel. Nadie había escuchado grito alguno. Feuerbach situó la muerte de Bäumler durante la ausencia de la criada que había ido a la tahona, y la de Schütz a su regreso, mientras entraba con los panes. La cercanía de la panadería y el escaso intervalo entre la compra y la vuelta le indujeron a presumir que el agresor conocía los usos de la casa y se había dispuesto a aguardarla.
Los testigos de aquella velada recordaban a un desconocido que se quedó solo tras la partida de los demás parroquianos. Había manifestado ser comerciante de lúpulo y esperar a un compañero que había acudido al teatro; bebía aguardiente de clavo, fumaba y mantenía con frecuencia el sombrero calado sobre el rostro. Se le describió como un hombre moreno, de unos treinta años, tocado con un alto sombrero de castor. Dos testigos señalaron a Paul Forster; otros vacilaron, aduciendo que guardaba gran parecido. Varios lo habían divisado durante los días precedentes en la calle de Bäumler. Estos reconocimientos, dispares entre sí, se insertaban en medio de indicios de orden más material.
Forster fue aprehendido el 23 de septiembre en casa de Margaretha Preiss, su compañera. Acababa de abandonar, el 21 de agosto, una casa de corrección donde había purgado condena por robo con fractura. En la vivienda de la mujer se hallaron dos sacos que contenían conjuntamente algo más de 360 florines; la hija de esta entregó asimismo una pequeña bolsa con medallas y un ducado que Forster le había regalado. El sospechoso alegó en un principio que el dinero provenía de un tesoro cuyo escondite le había revelado un compañero de presidio. Semejante versión no persuadió a los pesquisidores. En Fürth, un mozo de posada vio llegar a Forster ataviado con un sobretodo gris, prenda que cambió por una casaca azul ante una ropavejera. Dejó al posadero una casaca parda que vestía el día de las muertes; la prenda presentaba manchas de sangre. El sobretodo gris, por su parte, había pertenecido a Bäumler.
Las indagaciones dieron con otros efectos del mercader: un pantalón de nanquín, botas y prendas identificadas por los comerciantes que las habían vendido o confeccionado. La hermana de Forster, Walburga, refirió que él le había pedido prestada un hacha con el pretexto de dar un golpe. Al principio sostuvo que su hermano le había anunciado un robo frustrado; más tarde, declaró que le había confesado haber matado a un hombre y le había rogado que lavase el hacha y sus botas. Los investigadores recuperaron la herramienta, cuyas huellas rojizas fueron interpretadas por el médico como señales de sangre a medio borrar. Walburga precisó que las botas habían sido lavadas hasta los tobillos y que sus borlas de seda estaban apelmazadas por la sangre.
La noche misma del crimen, Forster había regresado junto a su familia en el arrabal de San Juan. Un testigo lo vio llamar a su padre a la ventana hacia las dos de la madrugada; acudió también su hermana Walburga. Los tres dialogaron en voz baja durante cerca de media hora. Al día siguiente, Walburga afirmaba que él había marchado a recolectar lúpulo y relató que le había entregado sus viejas botas tras haberse agenciado unas nuevas. Otros testigos corroboraron que se había mudado de ropa y entregado dinero a su padre. Para los instructores, tales ademanes cobraban un sentido elocuente al contrastarse con el abrigo manchado, el hacha y las pertenencias de Bäumler.
Forster negó conocer a las víctimas. Admitió haberse hallado en Núremberg, pero sostuvo que dos hermanos comerciantes de lúpulo, los Schlemmer, eran los verdaderos autores del despojo y la matanza. Según su relato, se habían topado con él en el camino, prometiéndole ayuda para hallar labor en Bohemia, y luego lo habían arrastrado a un asunto cuyo designio él ignoraba. Afirmaba que ellos le habían confiado las ropas y el dinero. La patraña apenas variaba en sus labios, mas las pesquisas en Hersbruck y otros parajes resultaron yermas respecto al paradero de los tales hermanos. El magistrado mandó examinar asimismo las pistas relativas a eventuales cómplices; varios sospechosos demostraron su coartada y no se logró identificar a ningún otro.
La conjetura de un botín de mayor cuantía alimentó igualmente la causa. Conocidos de Bäumler estimaban que este guardaba en su morada de 1.500 a 2.000 florines para el giro de su tráfico; tras el óbito, tal suma no apareció. Este rumor engendró la sospecha de que varios facinerosos se hubiesen repartido el caudal. Con todo, diversas ropas, un reloj de repetición de oro y otros objetos de precio habían permanecido intactos en las piezas registradas. Feuerbach observó que las cifras pregonadas sobre la fortuna del comerciante excedían lo corroborado por las actuaciones del expediente. El hacha, las ropas y la muda de indumentaria apuntaban hacia Forster; la falta de una crecida suma no bastaba, por sí sola, para hacer brotar socios en el delito.
La hermana de Forster fue careada con él y mantuvo sus asertos. Él negó que ella lo hubiese escuchado confesar el homicidio. Explicó las máculas de las vestiduras recurriendo a otras causas y siguió sosteniendo que los bienes provenían de los Schlemmer. Feuerbach consigna trece interrogatorios, mil trescientas trece preguntas y copiosos careos con testigos. En el curso del sumario, Forster acabó reconociendo otro latrocinio —el de unos tirantes de seda sustraídos a un antiguo compañero de presidio—, al tiempo que porfiaba en negar las dos muertes. El jurista interpretó esta confesión como una maniobra; el hecho procesal es que no alteró su denegación principal.
El juicio no contó con ningún testigo presencial del golpe asestado ni con la confesión de Forster. El tribunal lo declaró, no obstante, culpable el 22 de julio de 1821 de las muertes de Bäumler y Schütz, perpetradas en la noche del 20 de septiembre de 1820, y lo condenó a reclusión perpetua con cadenas. Feuerbach tildó la pena de incongruente: a tenor de su exposición del derecho bávaro, la ausencia de confesión y de testigos hábiles impedía la pena capital, pese a que el fallo proclamaba la culpabilidad. Esta censura de la norma y de la sentencia es propia del autor y no un pronunciamiento del veredicto.
Walburga Forster fue condenada a doce meses de reclusión correccional por haber auxiliado a su hermano. Margaretha Preiss, en cuyo domicilio se halló el numerario, resultó absuelta. El tribunal deslindó así la suerte del reo a quien los indicios ataban a los difuntos, la de la hermana convicta de auxilio y la de la compañera cuya inocencia fue admitida.
