El mismo día en que el Parlamento de Aix condenaba a muerte a Honoré Jourdan, los dos reos convictos, Jeanne-Marie Carlon y Jacques-Gervais Bazalgeste, declaraban al marchar hacia el suplicio que el procurador jurisdiccional no había tomado parte alguna en el asesinato ni había tenido noticia de él. La sentencia fulminaba a Jourdan; las palabras que lo declaraban inocente se pronunciaban en esa misma jornada. Él no llegó a oírlas. Durante años erró lejos de su patria, mientras el fallo se ejecutaba en efigie y su hijo, apenas un adolescente, partía a solas rumbo a España. Fueron necesarios treinta años para que aquel padre compareciese de nuevo ante sus jueces y para que la justicia revocase la condena que lo había desterrado.
Honoré Jourdan residía en Vence, villa donde ejercía el cargo de procurador jurisdiccional. Trataba con Jean Vial, panadero y vecino suyo, así como con Jeanne-Marie Carlon, esposa de este. Prestaba a menudo servicios a la casa. A principios de febrero de 1753, Vial desapareció. Su mujer supuso al principio que alguien lo había encontrado a pocas leguas de allí y que él había manifestado no desear regresar; con posterioridad, ofreció otros motivos para justificar su ausencia.
El 9 de marzo, unos muchachos que jugaban junto a una cisterna hallaron un cadáver. Jourdan, en su condición de oficial de justicia, requirió de inmediato la personación del juez y lo acompañó. El cuerpo se hallaba ya descompuesto y solo fue reconocido tras un examen más minucioso como el de Jean Vial. El magistrado no concluyó las diligencias en el lugar. Jourdan solicitó firmar el acta; le respondieron que el instrumento no estaba ultimado y que se aguardaba al escribano.
De regreso, un procurador que representaba a uno de los señores de Vence advirtió a Jourdan de que iba a subrogar a un procurador jurisdiccional. Las asiduas visitas de Jourdan a la morada de Vial habían despertado sospechas, le confió, aun aseverando tenerlo por inocente. Le aconsejó partir con prudencia y aguardar a resguardo el desenlace del procedimiento. Jourdan vaciló: una fuga podía interpretarse en su perjuicio. Un hombre ilustrado le explicó, sin embargo, que, según las formalidades seguidas entonces en materia criminal, poner a buen recaudo la propia persona podía ser un paso necesario incluso para un inocente. Se retiró por unos días a Gatières, territorio situado bajo el dominio del rey de Cerdeña.
Unos allegados fueron a buscarlo allí y le advirtieron de que su marcha declaraba en su contra a ojos de todos. Confortado por su conciencia, Jourdan retornó a Vence. Apenas al día siguiente supo que se había librado contra él auto de prisión antes de que se procediese a la instrucción y sin encontrarse en ninguno de los supuestos que facultaban, según Champagnac, semejante medida sin previa sumaria. Regresó a Gatières y aguardó una vez más a que avanzase el litigio.
Ninguno de los testigos interrogados declaró directamente en perjuicio de Jourdan. Los jueces creyeron distinguir, no obstante, en sus manifestaciones indicios que le resultaban adversos. El 2 de mayo de 1753, el tribunal de Vence lo descargó por unanimidad de la causa. En la misma sentencia, Jeanne-Marie Carlon, Jacques-Gervais Bazalgeste y Gaspard Mars fueron declarados culpables del asesinato de Vial y condenados a la última pena; Carlon y Bazalgeste estaban presos, mientras que Mars había emprendido la huida.
Los dos reos fueron trasladados a Aix. El 29 de mayo, el Parlamento revocó el fallo de los primeros jueces en lo concerniente a Jourdan y lo condenó a muerte, a pesar de que las conclusiones del ministerio público le eran favorables. Champagnac refiere que se debieron de agravar los indicios esgrimidos contra él, sin ofrecer al respecto mayores pormenores. El fallo resultó de este modo más severo que el de Vence, aun cuando los testigos examinados no habían declarado contra el procurador jurisdiccional.
A las cuatro de la tarde, el mismo día del fallo, los dos condenados presos comparecieron para el suplicio y manifestaron que Jourdan no había tomado parte en el asesinato ni de modo directo ni indirecto, que nada supo con anterioridad al crimen ni nada averiguó con posterioridad. La sentencia de muerte fue ejecutada a pesar de ello en efigie contra Jourdan; el Parlamento dispuso únicamente, el 1 de junio, que las declaraciones de Carlon y Bazalgeste fuesen unidas a los autos. La noticia que habría podido mudar la suerte del reo jamás le llegó. Supo tan solo de su sentencia capital.
Jourdan anduvo errante durante varios años, lejos de Vence, soportando la carga del oprobio público y la zozobra por sus hijos. Su hijo, de quince años de edad, se hallaba también prófugo. Marchó a España, donde entró a servir en una casa de comercio; su mérito y su aplicación lo situaron al cabo de unos años entre los socios principales. Mas la holgura de su fortuna no salvaba la distancia que lo separaba de su padre ni borraba la infamia ligada a la sentencia judicial.
El joven no echó al olvido sus desdichas. Cuando acarició el proyecto de regresar a Francia, no pudo admitir la idea de volver sin su padre, proscrito aún bajo el rigor de un fallo deshonroso. Una persona a quien dirigió correspondencia le reveló que los verdaderos autores del crimen habían atestiguado la inocencia de Jourdan. Ante esta noticia, según refiere la crónica, abandonó sus negocios y marchó al encuentro de su progenitor. Le conjuró a comparecer de nuevo ante sus magistrados. El anciano se abandonó a su amparo; el hijo sostuvo sus pasos y lo guio de vuelta a Francia.
Jourdan se constituyó voluntariamente en prisión. Entretanto permanecía en el calabozo, su hijo emprendió las diligencias necesarias para hacer valer su inocencia. Una nueva instrucción examinó los hechos y las relaciones que habían precedido al crimen. Carlon era conocida por su apego a las galas y al dispendio; su marido, panadero como ella, se entregaba a conductas desordenadas y descuidaba el obrador, al extremo de no poder solventar los gastos domésticos. Mars, panadero también como Vial, y Bazalgeste, sin oficio conocido, frecuentaban la casa. Las desavenencias conyugales obedecían, según el sumario compendiado por Champagnac, al trato que Carlon dispensaba a aquellos dos hombres.
La presencia constante de Jourdan en la casa del tahonero tenía una justificación bien simple: le prestaba dinero para la compra de harina; Vial era asimismo arrendatario suyo y le adeudaba varios alquileres. Vial lo consideraba un bienhechor y un amigo. Por el contrario, en repetidas ocasiones manifestó su disgusto por la presencia de Mars y Bazalgeste en su hogar. Las visitas y los enredos de su cónyuge habían motivado discordias. Tales extremos arrojaban luz sobre el trato que el primer juicio había considerado sospechoso, sin que la familiaridad de Jourdan constituyese prueba de complicidad.
La nueva investigación situó la conjura en otro escenario. Según las actuaciones, se había tramado en la morada de Mars el 6 de febrero, tras una cena a la que Jourdan no asistió y en la que no tenía por qué hallarse. Carlon había solicitado a Mars y a Bazalgeste que dieran muerte a su marido; desde hacía algún tiempo parecía haber desistido del propósito, y los dos cómplices no se lo habían comunicado a Jourdan por temor a que este previniera a Vial. La noche de la cena, Carlon propuso acudir a robar unas coles al huerto de un vecino y, en confidencia, requirió de nuevo a ambos hombres para que consumasen el asesinato. Mars se negó; Bazalgeste resolvió que era menester dar sosiego a aquella mujer.
Se encaminaron hacia la capilla de Nuestra Señora de Larrat. Allí, según la relación judicial de los hechos, Bazalgeste asestó la primera puñalada a Vial, que cayó al suelo; Mars le propinó nuevos golpes y entre ambos trasladaron su cuerpo hasta la cisterna próxima. Carlon y Bazalgeste habían atestiguado que Jourdan no tuvo intervención alguna en el delito; Mars, refugiado en los dominios del rey de Cerdeña, había declarado en el mismo sentido. No se trataba, pues, de una conjetura novedosa sobre la presencia de Jourdan, sino del testimonio formal de quienes habían confesado su propia culpa y precisado las circunstancias del hecho criminal.
El Parlamento de Provenza descargó a Honoré Jourdan de toda acusación mediante sentencia del 29 de mayo de 1782. Dos días después, el 31 de mayo, un segundo pronunciamiento le facultó para imprimir y fijar en edictos la primera resolución. Tras treinta años de oprobio, exilio e indigencia, pudo regresar a su tierra y, como concluye Champagnac, recobrar la estima de sus conciudadanos antes de morir. La crónica no precisa el destino penal de Mars, amparado en el extranjero; deslinda la justificación de Jourdan de la condena original que recayó sobre los demás encausados.
Aquel mismo día de mayo de 1753, el Parlamento había pronunciado su fallo al tiempo que los condenados ofrecían un testimonio que desvirtuaba sus efectos respecto de Jourdan. La declaración fue incorporada a los autos, mas no impidió ni la ejecución en efigie ni el destierro. Aquella dilación gravitó sobre toda una estirpe: un hombre forzado a la errancia, un hijo de quince años que partió a buscarse la vida en España y que regresó luego para sostener al padre hasta el tribunal. La sentencia de 1782 no restituyó los años perdidos; devolvió, sin embargo, a Jourdan la potestad de regresar a su hogar bajo su propio nombre, libre ya de una acusación de la que los dos condenados confesos habían asegurado, desde el día mismo del juicio, que no formó parte alguna.
