A las dos de la madrugada, los criados bajaron del dormitorio situado sobre la alcoba conyugal. Christine Meder había gritado pidiendo auxilio. Johann yacía en su lecho, herido de muerte en la cabeza; ella se encontraba junto a la puerta, atada de pies y manos. La estancia estaba anegada en sangre. En su primera declaración, sostuvo que dos forasteros habían penetrado en la vivienda. Sin embargo, nadie en aquella casa ni en las colindantes había oído a los supuestos visitantes que ella afirmaba haber recibido.
El edificio de Ehrenbreitstein poseía una disposición intrincada. El matrimonio ocupaba la primera planta; un pasaje atravesaba el cuerpo trasero del inmueble y desembocaba en el callejón del Trottögäßchen. El secreter de Johann, abierto en el saloncito, había sido revuelto. Su reloj de bolsillo había desaparecido, junto con una suma evaluada en un primer momento en doscientos cincuenta táleros. Christine mencionó más tarde doscientos sesenta. En el suelo, los investigadores descubrieron huellas de pies descalzos ensangrentados. El hacha hallada junto a la cama, un apero de la cocina, conservaba restos de sangre y cabellos.
La viuda relató que, antes de retirarse a descansar, su marido había acogido a dos viajeros rezagados, acomodándolos en la habitación de huéspedes. Afirmaba haberse despertado con el estruendo de un golpe. Uno de los hombres le habría amordazado la boca y atado las extremidades; el otro habría descargado los golpes contra Johann. Tras interrogarla acerca del dinero, los desconocidos se habrían apoderado del reloj y del contenido del secreter, abandonando luego la casa por la puerta del pasaje. Alegó que un prolongado desvanecimiento le había impedido pedir socorro con mayor premura.
La instrucción no desmontó esta versión en una sola jornada. La puso a prueba detalle tras detalle. Un agente de aduanas, de guardia nocturna en las inmediaciones del edificio, no había visto entrar a nadie. Las cuerdas empleadas para atar a Christine procedían del propio hogar; el hacha, también. Las ligaduras habían sido dispuestas sin dejar marcas apreciables. Nada explicaba por qué la lámpara del salón no había sido advertida por los transeúntes, ni por qué tantas alhajas de oro y plata permanecían intactas en el secreter. Christine bien pudo haberse desatado sola, señalaban los pesquisas; tampoco había dado la alarma golpeando la pared ni tirando de la campanilla instalada sobre su lecho.
Al día siguiente surgió otra pista. Dos vecinos de Coblenza informaron a la policía sobre la relación ilícita de Christine con Joseph Keller, preceptor privado en dicha ciudad. Las primeras indagaciones no bastaron para justificar un arresto: parientes, facultativos y vecinos no reportaban desavenencias graves en el matrimonio, y los allegados de Johann recorrieron durante varios días la comarca de Nassau en busca de los dos desconocidos descritos por Christine, sin dar con ellos. La viuda quedó al principio al margen de sospechas; su embarazo y su precario estado de salud aconsejaron incluso aplazar su detención. El registro de la morada de Keller no reveló botín alguno, pero su libreta contenía anotaciones que hacían presumir cuantiosos préstamos efectuados por la viuda. Ella confirmó haberle prestado dinero; él, al principio, lo negó. Keller poseía unos veinte táleros y gastaba con ostentación desde el comienzo de la Cuaresma. Para justificar dicha suma, intentó que se certificaran dos préstamos ficticios. El 29 de febrero, la policía lo detuvo en la estación ferroviaria cuando se disponía a partir rumbo al Rin.
Christine, encinta, fue atendida en primer término en casa de la hermana de su difunto esposo; su arresto formal no se produjo hasta el 20 de abril. Durante varias semanas negó tanto el adulterio como cualquier conocimiento del homicidio. Keller, por su parte, rechazó toda implicación. Los interrogatorios y los careos ulteriores hicieron tambalear sus relatos. Durante un encuentro el 27 de abril, Keller admitió el idilio y los préstamos; al concluir, se llevó un dedo a los labios y se pasó la mano por la garganta, ademán que el cronista interpreta como una orden de guardar silencio. Al día siguiente, tras ser confrontada con varios testigos, Christine solicitó declarar ante el juez y señaló a Keller como el hombre a quien había visto asestar los golpes a su marido. Al día siguiente, Keller confesó haber matado a Johann, aunque sostuvo que Christine lo había impelido a actuar y que no conservaba memoria alguna de los golpes. El 30 de abril, ella reconoció que habían concertado el crimen, si bien continuó negando que la idea hubiese partido de ella.
Esta discordancia no era nueva. El capítulo retrospectivo del Pitaval refiere que, a lo largo del invierno, los amantes habían barajado diversos medios para deshacerse de Johann. Atribuye a las declaraciones procesales ensayos o proyectos con veneno, gas, cloroformo y, más tarde, una falsa cita en Andernach donde el marido habría podido ser asesinado y arrojado al Rin. Respecto a la autoría de cada propuesta, sus testimonios se contradecían abiertamente. Lo que se perfilaba con mayor nitidez era la preparación de una tramoya: hacer pasar la muerte por un robo perpetrado por forasteros.
La noche del 24 de febrero, la familia cenó reunida; la servidumbre se retiró hacia las diez. Johann jugó una partida de dominó con un asiduo de la casa antes de que este marchara. Según la relación del Pitaval, Christine dejó entonces la puerta del pasaje entornada para que pudiera abrirse desde el exterior y colocó una lámpara y los útiles de encendido en el corredor. Keller entró hacia la una de la madrugada, descalzo, ataviado con un gabán prestado y una patilla postiza; tomó el hacha. Estos preparativos se hallan consignados en versiones que discrepan en diversos puntos, pero el cuadro que revelan distaba mucho de ser el de dos desconocidos en busca de alojamiento.
Keller aseguraba haberse despertado en su casa sin memoria de la agresión. Sin embargo, tenía sangre en los calcetines, la gorra y el abrigo; había arrojado este último a las letrinas de la escuela donde impartía clases. Tras su condena, reveló los escondites del reloj y del dinero. El reloj fue hallado en las letrinas de una posada; el dinero, enterrado en un viñedo, había sido descubierto por unos jornaleros. Semejante revelación debilitaba su afirmación de ignorar lo acaecido con posterioridad al crimen.
La vista oral se abrió ante el tribunal de jurados de Neuwied el 5 de septiembre de 1860 y concluyó el día 15. Keller reconoció haber dado muerte a Johann, pero negó la premeditación. Christine se declaró inocente. Para la defensa, la enfermedad y las crisis convulsivas que padecía podían haber mermado su voluntad; no obstante, los médicos forenses no la consideraron inimputable. Surgió asimismo una cuestión más espinosa que los indicios materiales no lograban disipar: ¿había asestado Keller en solitario los once golpes, o Christine descargó parte de ellos? El ministerio fiscal observó que ciertas heridas parecían haber sido infligidas desde ángulos distintos alrededor del lecho. Keller insinuó que un tercer brazo pudo haber intervenido, para retractarse poco después. Christine negó haber empuñado el hacha.
El jurado suscribió el escrito de acusación: Christine había instigado el asesinato y prestado auxilio a su ejecución; Keller fue declarado culpable de haber matado a Johann con premeditación. El tribunal los condenó a ambos a la pena capital el 15 de septiembre. Tras escuchar la sentencia, Keller confesó dónde se había deshecho de la lámpara, el reloj y el dinero; según sus palabras, la lámpara había acabado en el fondo del Rin. En una solicitud de gracia posterior, acusó formalmente a Christine de haber golpeado con sus propias manos. El Pitaval califica de mendaz esta inculpación tardía.
El jurado recomendó clemencia. El 18 de octubre de 1861, un rescripto real conmutó ambas penas de muerte por la de reclusión perpetua en una casa de fuerza. La participación física de Christine en los once golpes no quedó establecida en el veredicto.
Esta crónica sigue el capítulo retrospectivo publicado en el volumen XXXII del Neue Pitaval en 1862; no se fundamenta en la compulsa directa de las minutas procesales originales.
