La mañana del 27 de septiembre de 1828, Frau Heider llamó a la puerta del aposento de Auguste Ader. La joven no respondió. Los golpes redoblaron y se mandó llamar a un cerrajero. Desde la estancia contigua, la puerta cedió por fin y dejó ver a Auguste tendida boca abajo junto a su lecho, con el brazo derecho profundamente cercenado. Su tío, cirujano, intentó reanimarla; la pérdida de sangre ya había consumado su obra. El barbero y jornalero que trabajaba bajo aquel mismo techo había desaparecido.
La víspera, Auguste había preparado para su tía un pequeño pastel y un cuello bordado, orlados de flores. Al entregárselos, rompió a llorar. Frau Heider creyó advertir en ello una muestra de gratitud. Tal explicación no le vino solo por resultar natural: nada en la casa le había revelado la intimidad que la joven compartía con Karl Gleichmann.
Auguste contaba veintidós años. Heider y su esposa, sin hijos, la habían acogido seis años atrás. Ayudaba a su tía en las labores domésticas, gozaba del aprecio de cuantos la frecuentaban y había crecido en un hogar donde su tío imponía una rigurosa disciplina. Karl, por su parte, dormía tras un tabique en el rellano. Había entrado en 1827 como oficial de barbero; de día atendía a la clientela de Heider y despachaba asimismo a sus propios parroquianos. El cuarto de Auguste se hallaba en la misma planta, al término de un pasillo comunicado con las piezas comunes.
La trayectoria de Karl justificaba los recelos que su nuevo amo había albergado en un principio hacia él. Su padre, Dietrich Gleichmann, regentaba un salón de peluquería, pero se entregaba a la bebida hasta desatender a los suyos. El joven Karl había dado muestras de inconstancia en la escuela, hurtando después dinero a su maestro de aprendizaje y a un cliente. Su madre hubo de resarcir uno de los perjuicios para evitar que su hijo compareciese ante la justicia. Con posterioridad trabajó con mayor regularidad, sin despojarse empero de su vanidad ni de sus arrebatos. En casa de Heider se mantenía al margen del amo, a quien temía, e irritábase ante el estricto orden de la vivienda.
Auguste y él se habían aproximado en el invierno de 1827. Ningún miembro de la casa sorprendió jamás escena íntima alguna. La criada Louise los había visto conversar y permanecer juntos, mas atribuía su cordialidad a un trato corriente. Los amigos de Karl sabían que hablaba de Auguste sin cesar y la tenía por prometida suya. Se mofaban de él: la joven replicaba en público con sequedad a sus pretensiones y no parecía secundar sus afectos. Uno de aquellos amigos refirió que ella se había quejado de los quebrantos que Karl le causaba y que temía que su tío lo despidiese de llegar a saberlo.
La distancia entre lo que advertían los allegados y cuanto Karl afirmó más tarde jamás se disipó. En el curso de sus confesiones, relató una relación clandestina, iniciada tras largas veladas en que se hallaba a solas con Auguste. Declaró que ella se le había entregado y que creía hallarse encinta. La autopsia, por su parte, no permitió elevar tal convicción a certeza: ciertos indicios podían corresponder a una concepción reciente, pero asimismo a otras causas. Preciso es, pues, deslindar lo que Auguste habría temido, a juicio de Karl, de aquello que el examen forense acreditó.
El 26 de septiembre, Karl había anunciado a uno de sus camaradas que estaba desposado con Auguste. Lucía un anillo y decía que ella le había entregado un mechón de cabellos. Ese mismo día devolvió a su hermano un anillo y una cadena trenzada de pelo, rogándole que los conservara como recuerdo. Al amigo que deseaba comprarle un alfiler de corbata, le declaró que era el último día en que podía hacerlo. Semejantes palabras cobraron sentido tras el deceso; mas, en aquel instante, sus interlocutores no vieron en ellas el anuncio de una partida irrevocable.
En casa de los Heider, la jornada transcurrió con la habitual monotonía. Auguste confeccionó dulces para el cumpleaños de su tía. Al anochecer, sus tíos salieron. La criada oyó a Auguste machacar algo en un mortero y la vio lavarlo luego con esmero. Creyó que se trataba de azúcar para los pasteles. Más tarde, al regresar, halló a Auguste acostada y a Karl sentado en su lecho. Este le dijo que iba a descansar y le rogó que lo despertase para afilar sus navajas. A su vez, Frau Heider conminó a su sobrina a levantarse de la cama antes de que su marido la sorprendiese. Auguste la besó, le deseó buenas noches y se retiró a su aposento.
Poco después de las diez, todos se recogieron. Nadie refirió haber escuchado grito o ruido alguno en la noche. Al despuntar el alba, los golpes dados a la puerta no obtuvieron respuesta. Se forzó la cerradura. Auguste presentaba dos hondas incisiones en el brazo derecho: una en la muñeca, la otra en la flexura del codo. A su lado se halló una navaja ensangrentada. Tras el lecho yacían dos botellas de vino casi vacías; sobre una mesa, pasas, almendras y caramelos de menta. En la estancia se recogieron vestigios de un veneno arsenical. Karl había abandonado la casa por la puerta que daba al patio, llevándose consigo la llave del cuarto.
Las primeras pesquisas revelaron que la muerte no procedía del tósigo. Los análisis detectaron leves trazas de arsénico en el estómago, en un vaso quebrado y en un pañuelo; el vino y las golosinas fueron declarados exentos de veneno. Con todo, los peritos juzgaron que la cantidad ingerida era harto exigua y el compuesto demasiado insoluble para haber dado muerte a Auguste. Había perecido por la hemorragia provocada por ambas cortaduras. Conforme al dictamen forense, no pudo habérselas inferido ella misma: las heridas, limpias y asestadas de un solo trazo, demandaban un vigor y una precisión que su brazo izquierdo agarrotado no le consentía. No se observó signo alguno de lucha. Los facultativos concluyeron que las lesiones habían sido causadas por otra persona con su asentimiento.
Al rayar el alba, Karl se presentó en casa de su hermano, suboficial. Le manifestó que Auguste había muerto y que él era el responsable. Reclamó un arma para quitarse la vida y refirió luego que habían convenido morir juntos. Un primer ensayo, en la noche del 25 al 26 de septiembre, había fracasado: una viuda a quien había pedido veneno contra las ratas le había entregado, por yerro, sal de Glauber, sustancia que carecía del efecto apetecido. Según Karl, Auguste descubrió después arsénico en el botiquín de su tío.
Aseguró haber querido dilatar el desenlace. Auguste, decía, se mostró inflexible y le hizo jurar que la acompañaría. La noche del 25 al 26 de septiembre habrían compartido el veneno diluido en agua; al no experimentar efecto alguno, se separaron hasta el día siguiente. La noche del 26, él habría adquirido el vino y los dulces, acudiendo luego junto a Auguste una vez recogida la servidumbre. Ella habría preparado el arsénico, que ambos tomaron en vino. Al sobrevenirle el vómito sin que la muerte compareciese, ella le habría suplicado que le abriera las venas. Karl reconoció haberlo hecho, para herirse después superficialmente a sí mismo. Partió sin haber consumado el ademán contra su propia existencia.
Su versión concordaba en múltiples extremos con lo comprobado: el veneno que faltaba en casa de Heider, el mortero prolijamente lavado, las botellas, los dulces, la navaja y su propia herida. Las cartas halladas y las deposiciones de sus amigos confirmaron que estaba enamorado de Auguste; la criada describió su insólita presencia en el aposento la noche del 26. El informe médico atestiguaba que las heridas de la joven habían sido infligidas por mano ajena. La acusación careció, empero, de testigo presencial de los hechos. Dependía en gran medida de las confesiones de Karl y de la reconstrucción de una escena nocturna tras la cual Auguste había perecido sin dejar testimonio judicial.
Un escrito de la joven, hallado en su aposento, iba dirigido a sus allegados. En él se despedía, repartía algunos enseres y suplicaba que no abriesen su cadáver tras la muerte. Escribía asimismo: «perdón a quien me mata». Semejantes palabras acreditaban que había contemplado su propio fin y que sabía que otra mano podía causarlo. Mas no abolían la violencia del acto ni la incertidumbre sobre aquello a lo que con exactitud había consentido. El texto seguía siendo el de una mujer que se creía abocada a morir; no constituía un contrato capaz de dirimir de antemano el dilema planteado ante el tribunal.
Dicho dilema dividía a los jurisconsultos: ¿podía condenarse a un hombre por haber dado muerte a quien se lo había suplicado? La defensa esgrimió una doctrina según la cual, habiendo renunciado la víctima a su derecho a la vida, el autor no hacía sino cooperar en un suicidio. El tribunal desestimó semejante razonamiento. El derecho a la existencia, sentenció, no podía enajenarse mediante una mera declaración; la sociedad tenía el deber de amparar a sus miembros, y quien infligía la muerte privaba asimismo a la víctima de revocar su determinación. El pretendido consentimiento atenuaba la culpa, pero no la extinguía.
La sentencia del 19 de marzo de 1829 condenó a Karl Gleichmann a tres años de Zuchthaus (reclusión mayor). El tribunal tomó en consideración el propósito suicida de Auguste, las tentativas que ella habría llevado a cabo y el paso dado por Karl al acudir ante su hermano tras lo acaecido. El fallo no erigió el amor en eximente absoluta: trazó más bien la frontera entre una muerte implorada y la potestad, que a nadie le es dada por ello, de arrebatar la vida. Las actas consignan que Karl no juzgó la pena desmedida. Pocos días después, fue conducido a un presidio.
La puerta cerrada había hurtado en un principio el instante preciso del tránsito. El proceso sacó a la luz los preparativos, los ademanes y las palabras; mas la última voluntad de Auguste jamás pudo ser corroborada por sus propios labios. El tribunal pudo tipificar el acto de Karl y castigarlo; no devolvió a la joven la facultad de responder.
