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Amores y traiciones · Francia

Dejarla pasar

París, 1827. Arsène Chevalier ha renunciado a un matrimonio; Julien continúa esperándola en el camino al trabajo. Tras el ataque, ella aún debe defender su palabra ante el hombre que la acusa de haberlo hecho desdichado.

Ella le pidió que la dejara pasar. Arsène Chevalier iba a trabajar; Jean-François Julien quería todavía una respuesta. Desde hacía días, la abordaba en los caminos que ella solía tomar, reconducía la conversación hacia el matrimonio y transformaba la negativa de su familia en un obstáculo que una explicación más permitiría salvar. Aquella mañana del 26 de octubre de 1827, en el pasaje del Cheval-Rouge, cerca de la rue Saint-Martin, la joven obrera no pretendía convencer ni discutir. Solo quería seguir su camino. Instantes después, se refugiaba, herida, en la tienda de un carbonero.

Se habían conocido en Ruan, en una casa donde trabajaban dos maestros sastres. Julien era oficial de uno de ellos; Arsène, de diecinueve años, acudía a coser para el otro. Al caer la tarde, él la acompañaba hasta el domicilio de su madre, en un barrio apartado. Aquellos trayectos favorecieron una inclinación mutua, seguida de una propuesta de matrimonio. Ella le respondió que lo aceptaría si sus padres daban su consentimiento. Su familia preparaba el traslado a París: era preferible, decía ella, aguardar a estar instalados allí para presentar la petición formal. Julien creyó oír una promesa; Arsène no había formulado más que una condición.

Desde estos primeros intercambios, según la instrucción referida por Champagnac, el joven había ligado su propia existencia a la respuesta que esperaba. Aseguraba que una negativa le causaría la muerte. Arsène se mostró sensible a su apego y confió a una conocida que lo amaba. Nada obliga a borrar aquel afecto para comprender lo que sucedió después. Pudo sentirlo y, más tarde, cambiar de parecer. La violencia de esta causa judicial radica con precisión en este tránsito que un hombre se negó a admitir: las palabras concedidas en los albores de una relación no encadenan para siempre a quien las pronunció.

Arsène llegó a París hacia mediados de septiembre. Julien la siguió poco después, provisto de los documentos precisos para el enlace, y el día 30 se presentó en casa de su madre. Esta le explicó que debía aguardar el regreso de su marido, padrastro de Arsène, y que hasta entonces era su intención no casar a su hija hasta pasados dos años. Julien respondió que sabría esperar. La familia abandonó pronto su alojamiento provisional para trasladarse a la rue Saint-Martin; Arsène comenzó a trabajar con una prima, mercera en el pasaje del Ponceau. Julien conocía estas señas. Acudía con regularidad a acompañarla y reanudaba ante ella el mismo propósito.

El 12 de octubre, abordó a Guilmet, el padrastro. Este lo condujo al taller con el fin de cerciorarse de la voluntad de Arsène. Ella reiteró que, si complacía a sus padres, consentiría en desposarlo. Se concertó una cita para el domingo siguiente. Entretanto, la madre y el padrastro manifestaron su desaprobación y persuadieron a la joven de que desistiera. Para eludir las explicaciones, salieron todos el día convenido, confiando en que aquella ausencia equivaldría a una negativa. Julien aguardó su regreso. Había recorrido el barrio y allí continuaba cuando, ya de noche, Guilmet le intimó a que no volviera a pensar en semejante boda.

Dos días después, Julien detuvo a Arsène camino del trabajo. Ella le confirmó que no podía ya convertirse en su esposa. Él la asió del brazo; ella logró zafarse entre gritos. Julien la alcanzó, no obstante, en el interior de la tienda y le reprochó su mudanza, tildándola de ingrata y pérfida. La mercera se vio obligada a poner término al altercado. Durante unos días, no se volvió a oír hablar de él. Aquel silencio no entrañaba un alejamiento. Julien tomó un cuarto en las inmediaciones, en la rue Guérin-Boisseau. Se había apostado más cerca de los lugares donde podía cruzarse con ella sin ser invitado.

Los días 23 y 24 de octubre, volvió a abordarla. Sus palabras hacían recaer sobre ella el peso de lo que pudiera sucederle: si no lo aceptaba, cargaría con su muerte sobre la conciencia. Arsène procuró apaciguarlo evocando de nuevo el plazo de dos años, condicionado a la aprobación de su familia. Guilmet, requerido a su vez, dejó entrever una posibilidad igualmente incierta. Se advierte así cómo las precauciones destinadas a calmar a un hombre pueden alimentar aquello mismo que pretenden atajar. Ninguna de estas palabras constituía, sin embargo, una autorización para perseguir a Arsène, y menos aún para retenerla por la fuerza.

El día 26, Julien hizo que un compañero de cuarto lo despertara temprano. Se encaminó al barrio del Ponceau, aguardó cerca del pasaje y entró en una taberna. Ya lo habían visto allí los días precedentes, agitado, con la vista clavada en la calle. Hacia las ocho, apareció Arsène. Él quiso saber qué había resuelto su padrastro. Ella respondió que ya lo sabía y le rogó que la dejara pasar. Julien la retuvo, protestó contra quienes, a su juicio, pretendían separarlos, y acto seguido la acometió con un cuchillo. Ella intentó defenderse, logró llegar a la tienda de carbón y gritó que auxiliaran también a Julien, quien acababa de herirse a sí mismo.

Ambos jóvenes sobrevivieron. Él se restableció con rapidez; ella permaneció largo tiempo en peligro de muerte. Los vecinos del barrio habían presenciado dos cuerpos ensangrentados, pero aquella semejanza no confería equivalencia a sus actos: Arsène había sido atacada antes de que Julien volviera el arma contra sí. Interrogado por la justicia, admitió haberla herido, si bien sostuvo que no abrigaba la intención de matarla. Afirmó que su primer propósito solo era herirse ante sus ojos, pero que había mudado bruscamente de resolución. Pretendía limitar su ataque a una única estocada. Las ropas de Arsène presentaban múltiples desgarros y las heridas daban testimonio de su tenaz resistencia.

El 30 de enero de 1828, Julien compareció ante el tribunal de lo criminal del Sena. La cuestión no estribaba únicamente en determinar quién había empuñado el arma: él lo confesaba. Se trataba de calificar su intención y discernir si había mediado premeditación. La espera en el barrio, la previa adquisición del cuchillo y los insistentes encuentros proporcionaban a la acusación elementos de peso para el debate. Julien persistía en su versión de un impulso repentino. Mas, sobre todo, iba a hallarse frente a Arsène, llamada a declarar, y a descubrir que aquella a quien había querido doblegar ya no soportaba tan siquiera su presencia.

En reiteradas ocasiones, la joven sufrió crisis nerviosas que obligaron a suspender la vista. Se cubría los ojos, profería alaridos y perdía el conocimiento. Cuando pudo responder, explicó que había renunciado al matrimonio siguiendo el consejo de sus padres. Se le pidió que mostrara las cicatrices de las manos y precisara el orden de las heridas. Mantuvo con firmeza que había sido herida en el vientre antes de recibir en los dedos, al protegerse, los demás cortes. Julien la contradijo. Por vez primera, según las actas judiciales, prorrumpió en llanto, reprochándole que intentara perderlo tras haberlo hecho desdichado.

La misma exigencia cruzaba la sala del tribunal tal como había cruzado la calle: Arsène debía todavía responder del estado del hombre que la había agredido. Sin embargo, su testimonio no le debía consuelo ni fidelidad. Tenía por único objeto lo que ella había padecido. El ministerio público sostuvo el carácter deliberado del atentado, pero solicitó que se desestimara la premeditación. El jurado adoptó este criterio. Julien fue declarado culpable de tentativa de homicidio voluntario sin premeditación y condenado a trabajos forzados a perpetuidad, con pena accesoria de infamia y marca. Su víctima seguía con vida; ello no restaba un ápice de realidad a la tentativa.

La crónica concluye con el reo abandonando la sala en silencio. No nos revela cómo reanudó Arsène su labor, qué caminos escogió en lo sucesivo ni cuánto tiempo continuó amedrentándola la voz de Julien. La dejamos en el instante en que su palabra fue, al fin, escuchada. Supo amar, dudar, tolerar una espera y, finalmente, rehusar. Tras la hojarasca de tantos discursos sobre la desesperación de Julien, persiste una petición, más simple que todas las demás y que él había despreciado: dejarla pasar.

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Fuente consultada íntegramente. Ataque perpetrado el 26 de octubre de 1827; proceso celebrado el 30 de enero de 1828, adoptado como año de referencia. Tanto Arsène como Julien sobreviven; ella permanece largo tiempo en peligro. La declaración de Julien sobre una sola estocada se confronta con el testimonio de Arsène. La introducción de la fuente sitúa las heridas de las manos antes que las del abdomen, pero la vista oral invierte el orden: el relato no dirime la secuencia inicial y reproduce la deposición judicial. Las crisis nerviosas durante el juicio se consignan sin diagnósticos modernos retrospectivos. Los chantajes suicidas no se interpretan como muestras de amor ni se culpabiliza a la víctima. La compra previa del arma y las esperas se refieren sin recrear pormenores operativos. Se desestimó la premeditación pese a las acusaciones iniciales; condena a trabajos forzados a perpetuidad y marca, sin pena de muerte. No se fabulan hipótesis sobre el porvenir de los implicados.

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