I. El regreso de Alfred Street
En Bedford Square, las casas recibían a forasteros como las habitaciones de una posada, y la confianza franqueaba a veces los límites que el amo de la casa creía salvaguardar. La señora Maria Soames, viuda, regentaba dos casas de alquiler en los alrededores de Alfred Street. Catherine Wilson se instaló allí hacia finales de 1855, acompañada por un joven llamado James Dixon, a quien presentaba por hermano. Entre ambas mujeres nació una estrecha cercanía; la primogénita recordaba que su madre acudía a menudo a la estancia de la recién llegada.
El miércoles 15 de octubre de 1856, la señora Soames se trasladó a Holloway para ver a su hermanastro, Samuel Barnes. Le solicitó diez libras; él le entregó nueve. Dicha suma se presentó en un primer momento en calidad de préstamo, mas Barnes explicó en la vista que se trataba con toda probabilidad de una porción de la herencia paterna, la cual le iba abonando según sus necesidades. Desde hacía dos años, la viuda percibía dicha sucesión a plazos; el dinero de aquel miércoles venía a prolongar, pues, una antigua cuenta doméstica.
Barnes la halló con buena salud. Ann Maria Naacke volvió a verla entre las cuatro y las cinco, y compartió luego el té con ella y con Sarah. Poco después, Catherine Wilson bajó a la cocina y rogó a la madre que subiera a su alcoba para hablarle. Sarah confirmó la invitación; tras aquella breve separación, las hijas no recordaban haber vuelto a ver a su madre aquella noche.
A la mañana siguiente, la señora Soames se levantó para advertir a las jóvenes de que padecía un ataque bilioso, volviendo a tenderse de inmediato. Al punto sobrevinieron los vómitos y los dolores. Las hijas sabían de indisposiciones anteriores, pero decían que remitían en un día; en esta ocasión, el cuadro no hizo sino empeorar. Catherine Wilson, que moraba bajo aquel mismo techo, entraba y salía sin cesar de la estancia de la enferma.
II. El remedio guardado bajo llave
El doctor Whidborne fue convocado el viernes 17 de octubre. Halló a la señora Soames presa de vómitos y evacuaciones violentas, entre quejas de agudo dolor e inquietud. Creyó en un principio estar ante un desarreglo digestivo, cuando no ante un cólera inglés, y prescribió una fórmula de confección aromática con sedante de Batley. No conservó apunte alguno de su receta. Más tarde reconocería que tal pócima debiera haber aplacado un mal común, mas en ningún momento afirmó haber identificado veneno alguno al examinar el cuerpo.
Lo que llamó la atención de los testigos fue el recelo con que se custodiaban los frascos. Ann Maria declaró que Wilson aseveró que el médico le había explicado las pautas para suministrar la medicina y que la administraría ella en persona. Tras cada toma, la huéspeda subía el frasco a su aposento y cerraba con llave. Emma Rowe, otra de las inquilinas, recordaba dos botellas sobre una repisa de chimenea; Wilson le habría respondido que aquel preparado era muy particular y que debía administrarse por su propia mano. Sarah vio a la huéspeda traer un brebaje que decía ser de aguardiente y huevo; no la había visto prepararlo.
La madre no cesaba de vomitar, lamentándose de continua sed y de punzantes dolores. El facultativo no la juzgaba sentenciada; quedó atónito ante la celeridad del desenlace. El sábado 18 de octubre, cerca de las tres o cuatro de la madrugada, falleció. El primer examen practicado al cadáver no reveló rastro concluyente ni sustancia tóxica alguna. El médico explicó que en aquel momento atribuyó la muerte a una inflamación intestinal, sin poder certificar con seguridad su causa.
A aquel fallecimiento siguieron palabras que, seis años más tarde, cobrarían un peso singular durante el proceso. Emma Rowe relató que, tras el deceso, Wilson le confió que la señora Soames había ingerido veneno en una copa de aguardiente, desesperada a causa de un hombre que le habría sonsacado dinero para después engañarla. Rowe refirió asimismo que le habían anunciado la llegada de una carta. Nunca llevó este testimonio a la indagatoria del forense; aseguró haber guardado silencio temiendo ser llamada a declarar, y no dio cuenta a la justicia hasta que Wilson ya se hallaba en Newgate bajo una acusación distinta.
Eliza Matthews describió un relato análogo, mas no idéntico: una boda secreta, un hombre que habría burlado a la viuda, préstamos y una bebida. Ambas mujeres transmitían confidencias posteriores a la muerte; sus tardanzas, sus contradicciones y su mutismo durante la instrucción inicial fueron agriamente impugnados por la defensa.
III. Seis años de distancia
No se produjo detención inmediata por el fallecimiento de la señora Soames. Su hermanastro había instado una investigación al antojársele su desaparición demasiado repentina, mas el médico no afirmó entonces que mediase crimen alguno. Con el tiempo se habló de otros enfermos a quienes Wilson había asistido y que habían sucumbido con premura; algunos padecían de gota. El tribunal denegó que aquellas muertes se transformaran en sendos litigios dentro del proceso: el acta de acusación se ceñía estrictamente a la señora Soames.
Las exhumaciones plantearon una encrucijada médica, no una respuesta inequívoca. El doctor Whidborne indicó que se habían extraído restos del cuerpo para remitirlos al profesor Alfred Swaine Taylor. Este último explicó que, transcurridos tantos años, mediando una avanzada descomposición y los violentos vómitos y evacuaciones en vida, no cabía esperar el hallazgo de cólquico en los despojos. Y, en efecto, ninguno halló.
Los peritos médicos confrontaron así dos interpretaciones. Whidborne había tratado inicialmente una dolencia digestiva, creyendo en una causa natural; interrogado de nuevo, admitió que un irritante vegetal podía desencadenar síntomas semejantes, sobre todo de repetirse las tomas. Taylor consideraba que una evolución gradual cuadraba mal con un mero cólico bilioso y que bien pudo mezclarse un veneno en alguna bebida o remedio sin advertirse. Con todo, ninguno logró aislar sustancia alguna en el cadáver. La acusación hilvanaba los síntomas, los manejos atribuidos a Wilson y sus explicaciones exculpatorias; carecía, empero, de un análisis químico irrefutable.
IV. La sala del tribunal
El acta oficial figura bajo la sesión del 22 de septiembre de 1862 y da comienzo con el cargo de asesinato intencionado de Maria Soames. Montagu Williams, quien ya había asumido la defensa de Wilson en la causa independiente relativa a Sarah Carnell, precisa en sus memorias que el juicio de Soames tuvo lugar el jueves 25 de septiembre ante el magistrado Byles. Es imperativo disociar ambos pleitos: la absolución por el caso de Carnell no constituía pronunciamiento sobre la muerte de la señora Soames; Wilson fue arrestada al pie del estrado del primer litigio y procesada bajo una nueva inculpación.
Fueron llamados al estrado la hija mayor, el hermanastro, Sarah, varios inquilinos, los peritos forenses y antiguos conocidos epistolares. Se debatió una carta atribuida a Wilson a partir de cotejos caligráficos, sin que los testigos coincidieran con idéntica certeza en su reconocimiento. Otra misiva aludía a un varón, a sumas prestadas y a una cita. Guardaba consonancia con la versión del suicidio que Wilson había deslizado a varias amistades, si bien tal versión manaba de sus propios labios y no de los de la difunta. El vil metal monopolizó asimismo las sesiones: las nueve libras entregadas por Barnes, las diez libras que Wilson afirmaba que la madre le adeudaba y un pagaré que la hija reconoció como de puño y letra de su progenitora. Ann Maria había terminado por satisfacer dicha deuda; tal pago no esclarecía, por sí solo, cómo se había obtenido el pagaré.
La defensa no rebatió que los dichos de Wilson resultaran sospechosos; arguyó, empero, que no demostraban de forma directa la administración de veneno alguno. Recordó que no se había hallado ninguna sustancia nociva, que las supuestas confidencias eran tardías y que los médicos no concordaban en el recuerdo de su diagnóstico inicial. La acusación, por el contrario, ligó estrechamente los cuidados monopolizados por la huéspeda, el deceso tras repetidas tomas, sus conocimientos sobre el cólquico, sus sucesivas coartadas y el móvil del dinero.
El juez Byles dirigió al jurado una severa alocución final: de tolerarse semejantes hechos, sentenció, nadie podría sentarse a la mesa con seguridad. El registro judicial consigna el resultado: el jurado declaró a Catherine Wilson culpable de asesinato; el juez pronunció la condena a muerte. El libro de actas añade que pesaba sobre ella otra acusación por asesinato, mas tal apunte procesal no confiere a los demás decesos ventilados en la sala el carácter de condenas firmes.
V. Lo que el veredicto no zanja
En sus memorias, Williams evoca que el juez Byles lo mandó llamar concluido el juicio y le manifestó que se había batido con denuedo por su clienta, mas los hechos eran incontestables; a su parecer, afirmó, el letrado acababa de patrocinar a la mayor criminal que jamás hubiera hollado la tierra. Es este el testimonio de un abogado que rememora, casi treinta años después, un diálogo privado; no puede suplantar a las declaraciones juradas ni a la sentencia judicial.
Catherine Wilson fue ajusticiada en Newgate el 20 de octubre de 1862, a tenor de la crónica de la época reproducida en el Southland Times. El diario da cuenta de que mantuvo su inocencia hasta el último suspiro, al tiempo que daba pábulo a la leyenda de una estela de crímenes que no llegaron a ser juzgados. Conviene no caer en tal generalización: el fallo atañía a Maria Soames; el auto procesal da cuenta de una segunda inculpación por homicidio, no de una serie de sentencias condenatorias.
Así, el drama de Bedford Square no se reduce al rastro de una sustancia imperceptible ni a la fábula de una envenenadora omnipotente. Una mujer expira tras una afección fulminante; los primeros facultativos dictaminan causas naturales, y son testimonios sobrevenidos los que fuerzan una relectura del cuadro. El proceso enfrenta recuerdos, epístolas, caudales y las insalvables limitaciones de una pericia científica extemporánea. El jurado resuelve y la ley ejecuta su pena; mas la probeta jamás arrojó la certidumbre que el relato retrospectivo pretendió adjudicar al veneno. Los archivos custodian el fallo de la justicia, así como los silencios que esta no logró despejar.
