Los testigos aseguraron que Catherine-Angélique Lepeintre no sabía escribir. Sin embargo, tras su muerte, se hallaron en su bolsillo varias cartas en las que anunciaba su deseo de quitarse la vida, lamentaba haber salido con vida del canal Saint-Martin y juraba arrojarse al fondo de una cantera. Los textos parecían haber predicho la escena antes de que tuviera lugar. Mas, en la vivienda de su marido, la instrucción descubrió también las pautas y modelos de aquellos escritos. ¿Pudo una mujer analfabeta trazar de su propio puño el anuncio de su propia muerte?
En 1820, Catherine había contraído matrimonio con Bellan, un chacinero establecido en Septeuil, cerca de Houdan. Su madre había dotado al joven con 2500 francos; Catherine aportaba 2000 francos en numerario, ajuar y efectos personales, además de bienes raíces heredados de su padre, valorados en más de 10 000 francos. La crónica de Champagnac describe a la joven como un ser dulce e intachable, pero sostiene que no sabía leer ni escribir, y que era incapaz de despachar en la tienda sin auxilio ajeno. Un testigo llegó a declarar que ni siquiera sabía vender dos conejos en el mercado. Este juicio despectivo es el que la crónica atribuye a las declaraciones judiciales; no obstante, cobraría un papel determinante cuando se procedió al examen de las cartas.
La convivencia conyugal no carecía de asperezas. Champagnac refiere que en cierta ocasión Bellan llegó a prender a su esposa con los dientes por el vientre para arrastrarla hasta el dormitorio. Precisa, no obstante, que ninguna deposición formal detallaba disputas domésticas cotidianas: Bellan se contenía en público y Catherine jamás osaba rebelarse contra sus órdenes.
Tras abandonar Septeuil, Bellan intentó sin fortuna establecerse en diversos comercios de París. Allí dilapidó, según el cronista, el patrimonio de su esposa, obligándola a suscribir préstamos hipotecarios y a liquidar después sus fincas. A comienzos de 1828, el matrimonio residía en la calle de los Récollets, junto al canal Saint-Martin. Bellan obtuvo una última suma de 2000 francos sobre los bienes de Catherine para alquilar un local en la calle Saint-Jacques. El contrato empezaba a correr en abril, mas no podía tomar posesión hasta julio. El caudal de la esposa pasaba así de un negocio a otro, mientras la pareja mudaba de domicilio y buscaba acomodo en la capital.
El 28 de junio, Bellan marchó a Orvilliers, a casa de su suegra, donde se hallaba el primogénito. Catherine aún amamantaba a su segundo hijo. Al caer la tarde, según su costumbre, salió a pasear a orillas del canal. Bellan declaró haber entrado en París por el arrabal de Le Roule, seguido los bulevares exteriores y llegado a La Villette con el propósito de adquirir herramientas para su obrador. Alegó haber coincidido allí con su mujer por pura casualidad. Cenaron en una taberna, consumieron un poco de carne, bebieron un litro de vino y echaron a andar bordeando las aguas.
Según la versión de Bellan, los pies de Catherine se trabaron en las cadenas que resguardaban la orilla. Tropezó y cayó al agua. El cauce llevaba menos fondo de lo habitual en aquel tramo; ella prorrumpió en gritos. Tres cocheros de carruaje de alquiler acudieron prestos y lograron extraerla. Dichos cocheros manifestaron que, en el instante mismo del rescate, Catherine acusó a su marido de haberla arrojado al canal. Con todo, consintieron en que ambos cónyuges se retiraran juntos. Bellan les ofreció cuarenta sueldos por la faena; ellos rehusaron las monedas aduciendo que ningún auxilio debido a la humanidad admitía recompensa.
Catherine regresó empapada y cubierta de lodo. El conserje y varios convecinos del inmueble advirtieron su estado. Pocos días después, cayó tan enferma que hubo de llamarse a un facultativo. El 4 de julio, Bellan exhibió ante el doctor Martin una misiva supuestamente redactada por su mujer. En ella declaraba haberse quitado la vida porque sus hijos carecían de pan, achacaba la ruina a su esposo por haberlo vendido todo y le imploraba que velara por ellos. La firma incluía una muestra de afecto conyugal. Sin embargo, a tenor del sumario, Catherine no sabía leer los trazos que la obligaban a dibujar ni podía penetrar su significado.
La quebrantada salud de la madre forzó el destete del segundo hijo, a quien se confió a los Vasson, unos vaqueros y lecheros de Belleville. La noche del sábado 9 de agosto, Bellan animó a su esposa a subir a ver a la criatura. Ella partió y no regresó jamás. El domingo, el marido fingió honda alarma y acudió a Belleville preguntando por su paradero. El matrimonio Vasson no tardó en saber que se acababa de descubrir, en una de las canteras más profundas de los contornos, el cadáver de una mujer cuyas vestimentas coincidían puntualmente con las de Catherine. Bellan fue el primero, anota Champagnac, en aventurar que los restos podían pertenecer a su consorte.
Se identificó a Catherine. Presentaba en el occipucio una herida ancha y profunda, producida aparentemente por un instrumento semicontundente. A escasa distancia del hoyo se observaron rastros de sangre; en cierto punto, la tierra parecía arañada con las uñas. Los investigadores interpretaron allí las huellas de un forcejeo. Cerca del paraje se halló un trozo de madera semejante al mango de un martillo; ni la cabeza de hierro ni el resto del astil aparecieron jamás. En el bolsillo de Catherine descansaban varias cartas dirigidas a su madre, a su padrastro, a su hermano y a su marido.
Dichas cartas aseveraban que la firmante no podía sobrevivir a la pérdida de toda su hacienda. Confesaban su determinación de morir, recordaban el frustrado intento en el canal Saint-Martin deplorando el rescate y prometían que se rompería el cráneo en la cantera más honda. De este modo, los textos parecían relatar por anticipado el punto exacto donde yacía el cuerpo. Bellan presentó otra cuartilla, afirmando haberla descubierto en un jergón el día de la mudanza. Sostuvo haber transcrito los papeles de su mujer por simple curiosidad, sin conceder crédito a sus negros designios, y añadió que pensaba utilizar aquellas hojas para envolver género de la tienda.
El registro domiciliario quebrantó la verosimilitud de sus descargos. En su estancia aparecieron las pautas del papel escrito y las matrices de las últimas cartas. A juicio del fiscal, tales borradores evidenciaban que Bellan había urdido las composiciones, obligando a Catherine a calcarlas bajo pretexto de lecciones de caligrafía. Ella ignoraba que estaba reproduciendo las líneas destinadas a simular su suicidio. La pesquisa halló asimismo en el hogar del procesado prendas manchadas de sangre.
El ministerio público reconstruyó entonces la aciaga noche del 9 de agosto: Bellan habría aguardado a Catherine al acecho, descargado un golpe certero con una herramienta y despeñado el cuerpo al fondo de la cantera. Conforme a esta acusación, descendió él mismo a la sima para deslizar en el bolsillo de la difunta las cartas incriminatorias. Aquella tesis pertenecía al relato fiscal; Bellan insistía en que relataba los hechos con rigurosa verdad y proclamaba su inocencia. El fragmento de mango, los borradores custodiados y los ropajes ensangrentados se articularon en una misma cadena de indicios, sin que el reo admitiera en ningún momento la imputación.
El 15 de junio de 1829, compareció ante el tribunal de lo criminal del Sena bajo dos cargos: la tentativa de homicidio perpetrada el 28 de junio anterior contra su esposa —frustrada de manera fortuita— y el asesinato del 9 de agosto. Comparecieron más de sesenta testigos de cargo; solo cinco prestaron declaración a instancia del reo. La madre de Catherine atestiguó la extrema cortedad de inteligencia de su hija y su total incapacidad para redactar los pliegos exhibidos en el plenario. Sobre un estrado, rodeado por las ropas manchadas de sangre atribuidas al procesado, reposaba el cráneo de la víctima. Los cirujanos dictaminaron que las lesiones observadas no podían ser consecuencia de un suicidio.
La defensa invocó la conducta pretérita de Bellan y las vicisitudes de sus negocios para refutar la culpabilidad. El jurado emitió un veredicto condenatorio y el tribunal le impuso la pena capital. El reo acogió el fallo con serenidad, manteniendo su inocencia. Rogó al presidente que pidiera a su suegra que le llevara a sus dos hijos pequeños; después, ante el auditorio congregado, repitió que moriría en paz por no albergar culpa alguna. Contaba treinta y tres años y medio de edad al subir al cadalso. Aquellas cartas permanecen en el centro del misterio judicial: anticipaban un desenlace fatal, mientras los testigos juraban que Catherine no alcanzaba a deletrear los renglones que trazaba ni a comprender su significado.
