Bajo la calandria del granero, la tierra acababa de ser allanada. Weber adujo haber desplazado el ingenio porque su suegra se quejaba de su mala disposición; el pesado artefacto había regresado a su sitio original, pero el suelo ya no lograría ocultar aquello que los vecinos y los jueces estaban a punto de desenterrar. En el otoño de 1853, un cadáver sepultado desde hacía más de un año devolvió a los tribunales el nombre de un hombre a quien la aldea creía partido por su propia voluntad.
Todo se había desencadenado a causa de una herida. En la noche del 10 al 11 de octubre, el propietario de una hacienda sajona, designado en las actas únicamente con la inicial S., fue despertado dos veces por ruidos extraños. Hacia las dos de la madrugada, salió a inspeccionar las dependencias. Dos individuos se abalanzaron sobre él junto al portón del patio. Logró derribar a uno de un golpe de pala, pero el segundo le asestó un impacto en la cabeza. El hombre caído se incorporó, y ambos se ensañaron entonces con el dueño de la finca. Alertados por sus gritos, los hijos del hacendado asomaron a la ventana; los agresores huyeron a través de una brecha practicada en un muro de adobe.
Las lesiones eran graves y numerosas. El facultativo certificó heridas en el cráneo y en las manos, así como una conmoción y daños en el oído que amenazaban con mermar de forma definitiva la audición, ya precaria, de S. Al amanecer, los magistrados ordenaron el registro de las viviendas colindantes. El maestro tejedor Weber fue hallado con la cabeza vendada. Justificó su estado afirmando que, al levantar el telar de medias, una arista de hierro lo había golpeado. No obstante, en su alcoba no se descubrió la menor mancha de sangre; el médico consideró la explicación del todo inverosímil. Weber acabó por confesar que había intentado perpetrar un robo con allanamiento junto a un cómplice. Las pesquisas, ampliadas de inmediato a otras sustracciones, sacaron pronto a la luz un historial delictivo harto más dilatado que el asalto de aquella noche.
Fue entonces cuando compareció una vecina. Una mañana, tiempo atrás, al acudir a sacar agua al patio de Weber, lo había divisado en el granero a la luz de una linterna. Había desplazado la calandria de lienzos de una pared a otra y se afanaba en nivelar la tierra. Al recibir su saludo, el hombre pareció sobresaltarse; le aseguró que acomodaba el artefacto para ponerlo al alcance de su suegra. La observación se antojó singular, mas no bastó en su día para motivar una denuncia. Solo cuando la justicia desveló las correrías nocturnas de Weber, aquel recuerdo cobró un peso insospechado.
Se presumió que la tierra removida podía encubrir efectos robados. La calandria fue apartada de su emplazamiento habitual y se procedió a cavar. Tras retirar unas pocas capas de tierra, los investigadores toparon con un cuerpo masculino en avanzado estado de descomposición. Los médicos ya no podían dictaminar sobre las partes blandas, pero la osamenta del cráneo presentaba fracturas extensas, infligidas por reiterados golpes con un instrumento contundente. Las lesiones de la mandíbula y el rostro habrían bastado para matar; las de la base del cráneo constituían, a ojos de los peritos, una causa de muerte certera e instantánea. Los aldeanos no tardaron en reconocer al tejedor Böhme, antiguo oficial y huésped de Weber, desaparecido de la comarca largo tiempo atrás.
Su ausencia no había despertado sospechas en un principio. Böhme solía manifestar su deseo de emigrar a América y había aludido en ocasiones al suicidio; su talante melancólico era bien conocido por cuantos lo trataban. Weber propagó que lo había visto marchar con una pieza de tela recién concluida. Aseguraba incluso haber dejado la llave bajo la puerta para que Böhme pudiera franquear la entrada si regresaba en el curso de la noche. Semejante solicitud fingida contribuyó a revestir la partida con los visos de una resolución voluntaria.
Conducido ante los despojos, Weber se mostró hondamente turbado y luego se encerró en un mutismo hosco. Al cabo, admitió haber dado muerte a Böhme y haberlo enterrado en el pajar. En un primer momento sostuvo que una disputa y un forcejeo habían tenido un desenlace fatal; versión que no resistió el examen pericial. Confesó seguidamente haber asestado, de manera deliberada, varios hachazos a su compañero mientras dormía, para luego envolverle la cabeza en lienzos a fin de contener la sangre y arrastrar el cadáver hasta el cobertizo.
¿Por qué suprimir al depositario de sus secretos? Weber explicó que Böhme se había tornado sombrío tras el asesinato de Schneider, consumado tres años antes. Temía que algún día su cómplice hablara, en particular si zarpaba hacia América, o que la embriaguez y el remordimiento lo indujeran a romper el silencio. Imaginó asimismo que Böhme pudiera cobrar una suma considerable y desaparecer dejándolo expuesto a la horca. Estas zozobras, según reconoció, lo habían atormentado durante cerca de seis meses antes de decidirse a obrar. La amenaza no procedía de una acusación externa, sino del pavor que le inspiraba aquel hombre que compartía con él la memoria del primer crimen.
Aquel primer homicidio había comenzado con una añagaza. En la noche del 18 al 19 de septiembre de 1850, un desconocido llamó a la puerta de la heredad de Schneider. Anunció que el hermano del propietario, residente en la vecina villa de P., se hallaba gravemente enfermo y reclamaba su presencia. La esposa de Schneider bajó a abrir; advirtió que el emisario se orientaba en la penumbra de la casa sin vacilación alguna, como si conociera sus rincones. Llevaba un sombrero de ala ancha, mantenía la cabeza gacha para hurtar las facciones y creyó distinguirle un bigote negro, acaso pintado. El propio Schneider receló de la identidad del mensajero, pero acabó por emprender el camino a su lado.
La mujer refirió haber temido aquella visita sin lograr disuadir a su marido. El supuesto enviado decía ser un convecino apodado «Chocoladen-Kühn». El sereno, a quien ella preguntó poco después si dicho individuo habitaba cerca del hermano de Schneider, la tranquilizó al respecto. Sin embargo, el verdadero Kühn no había abandonado su lecho ni la ciudad aquella noche, y el hermano gozaba de perfecta salud. A la mañana siguiente, la criada de Schneider partió hacia el mercado para vender manteca. En el sendero halló primero rastros de sangre, luego una pipa y, finalmente, el cuerpo inerte de su señor tendido en un campo de lino.
El examen cadavérico descubrió numerosas heridas en la cabeza y el rostro. Los facultativos las atribuyeron a un arma blanca empleada con golpes de tajo; varios cortes habían hendido el hueso, penetrando hasta las meninges y la masa encefálica. Concluyeron que Schneider había sucumbido sin dilación. Junto a él yacían su capote, una petaca de tabaco desgarrada y la pipa; la faltriquera, despojada de su dinero, había sido arrojada a escasa distancia.
Durante años, el crimen permaneció sumido en el misterio. La minuciosa preparación delataba un conocimiento cabal de las costumbres de Schneider, mas nadie lograba poner rostro al emisario. Tres años después, Weber declaró que Böhme le había propuesto la empresa a cambio de una retribución. Él había aceptado, según dijo, urgido por la necesidad de numerario y sin abrigar rencor alguno contra la víctima. Böhme debía sacar al hacendado de su morada; Weber, provisto de un gran cuchillo afilado a lima, lo aguardaría emboscado entre los matorrales.
Conforme a esta confesión, Böhme se había vestido con su sayo de gala, un sombrero negro y un bigote postizo que tornaba su semblante irreconocible. Se había hecho pasar por el recadero. Cuando ambos caminantes rebasaron el escondite de Weber, este arrancó el gorro de Schneider y le descargó múltiples cuchilladas en la cabeza. Böhme habría permanecido inmóvil al principio; consumada la muerte, ayudó a transportar el cuerpo al sembrado y se apoderó de la bolsa. Weber aseguró que Böhme le entregó un tálero por su concurso. No supo desentrañar con claridad el móvil de su cómplice, limitándose a evocar el rumor de que Schneider custodiaba un dinero que rehusaba restituir.
La confesión tardía no disipó, con todo, las sombras del proceso. Weber insistía en que la traza y la iniciativa correspondían por entero a Böhme; la instrucción judicial no halló enemistad previa entre ellos y Schneider, ni lazo alguno entre las familias capaz de arrojar luz sobre los móviles. Los magistrados indagaron asimismo la posible complicidad de la viuda de Schneider, sin lograr acopiar indicios bastantes, por lo que fue absuelta. La esposa de Weber fue igualmente objeto de sospechas respecto a la muerte de Böhme; las pesquisas a su respecto no hicieron sino corroborar los relatos y la autoinculpación de su marido.
Weber jamás compareció ante el tribunal de justicia. Falleció en el presidio víctima de la consunción antes del término del sumario, sosteniendo hasta el último aliento que había dicho la verdad. No recayó, pues, sentencia alguna que deslindara, en ambos homicidios, lo que la confesión acreditaba de lo que dejaba sumido en la penumbra. Bajo la calandria devuelta a su sitio, la tierra había entregado los huesos de Böhme; la palabra de Weber rescató para los anales el asesinato de Schneider, pero no pudo deparar ni un juicio plenario ni la certeza cabal de las intenciones humanas.
Nota documental: el capítulo retrospectivo del Neue Pitaval expone las confesiones de Weber, los dictámenes médicos aportados y el examen de las sospechas vertidas contra las dos viudas. Habiendo muerto Weber en prisión preventiva antes del juicio, no se consigna condena judicial en su contra. La aldea sajona y la ciudad abreviada P. no se hallan identificadas en el extracto original. El texto tipográfico local no ha sido cotejado contra facsímil.
