En el bosque comenzaba a anochecer cuando el Oberförster von Wrede divisó a un hombre que huía ante él. El guarda forestal le dio el alto. La respuesta, según consigna el Pitaval, fue una amenaza: que no se acercara o abriría fuego. Von Wrede prosiguió su camino. Sonó una detonación; el jinete y su montura cayeron al unísono. El tirador desapareció entre el follaje. El herido no logró reconocerlo.
En la noche del 1 de octubre de 1867, el funcionario fue trasladado a Hardehausen. El doctor Baruch, llegado desde Rhoden, halló siete u ocho heridas circulares, profundas y sangrantes en la pierna izquierda. De ellas extrajo un plomo aplastado. La perdigonada, concluyó, se había disparado a quemarropa; el hueso estaba dañado. Von Wrede se restableció lo suficiente para reanudar su servicio unos meses después, pero el facultativo calificó la lesión de grave. La investigación, por su parte, ni siquiera contaba con un nombre al que perseguir.
La policía y las instancias judiciales redoblaron sus pesquisas. El gobierno de Minden ofreció doscientos táleros a quien permitiera dar con el culpable. Fue en vano. El tirador era un furtivo a quien la espesura parecía conocer mejor que las propias autoridades. No fue sino cuatro meses más tarde, el 1 de febrero de 1868, cuando un nuevo encuentro confirió a la causa una dimensión distinta.
Aquel día, el guarda forestal de Waldeck Heinemann patrullaba por su demarcación. Dos disparos lejanos le hicieron sospechar la presencia de tiradores clandestinos. Requirió la ayuda de dos leñadores, August y Karl Beneke, y se emboscó junto a un puente sobre el río Orpe. Un individuo emergió de entre los árboles con un corzo al hombro. El Pitaval le da nombre: Hermann Klostermann, bien conocido de Heinemann. El agente dio unos pasos hacia él. El furtivo aguardó a tenerlo a corta distancia, se echó la escopeta a la cara y disparó.
El proyectil penetró por el brazo izquierdo, atravesó en dirección al pecho e impactó en el pulmón. El doctor Baruch describió una herida abierta en el hombro, restos de papel y lana a lo largo de la trayectoria, y granos de plomo que habían rozado la piel bajo la clavícula. Heinemann permaneció postrado durante tres meses. Sobrevivió, mas el informe médico evocado en el juicio lo daba por mermado: no recuperó la movilidad del brazo y el pecho le quedó maltrecho. Esta vez, los testigos habían visto al agresor, y el agresor tenía nombre y apellidos.
Las órdenes de busca y captura se trocaron en una auténtica cacería humana. Minden y el principado de Waldeck prometieron cuantiosas recompensas. Contingentes militares ocuparon Westheim, localidad donde Klostermann solía recalar; gendarmes y monteros batieron los bosques. Sin embargo, las semanas transcurrían sin fruto. Las partidas daban con los despojos de ciervos desollados, escuchaban en ocasiones algún disparo lejano y luego no hallaban a nadie. El cronista del Pitaval perfila la estampa de un prófugo casi inasible; recoge asimismo lances de disfraces, fugas por ventanas y un escondite en una fosa de cal. Procede leer tales detalles como episodios propios de dicha crónica decimonónica y no como hechos probados en diligencias sumariales.
El 24 de mayo, en el valle del Orpe, trece hombres —soldados, gendarmes y guardas— tomaron posiciones al amanecer. Su objetivo era cortar los pasos por donde los furtivos regresaban al bosque. De pronto surgieron dos hombres armados. Al menor ruido emprendieron la huida; los perseguidores abrieron fuego sin alcanzarlos. Los fugitivos hicieron frente entonces al soldado Struck. Uno de ellos disparó; Struck replicó e hirió a uno de los dos, el zapatero Lohoff, quien falleció a las pocas horas.
Junto al cadáver se halló su fusil todavía cargado y con el cebo intacto. La crónica extrae de ello un indicio crucial: el fusil de Lohoff, aún con carga, revelaba que no había disparado contra Struck, sino que este lo había abatido en su réplica. El primer proyectil había salido de un arma de percusión, mientras que Struck empuñaba un fusil de aguja. Sin embargo, el soldado no pudo aseverar que hubiera sido el propio Klostermann quien disparó. En las páginas del Pitaval, la escena no brinda, pues, una identificación visual irrebatible; es el estado de las armas, unido a los restantes testimonios, lo que sustenta la inculpación.
Klostermann burló una vez más el cerco. Su captura sobrevino en la noche del 13 al 14 de junio, no en un claro de la espesura, sino en el taller del armero Lutter, en Brilon. Llamó a la puerta y reveló su identidad. Lutter le franqueó el paso; Klostermann pidió una taza de café. Mientras la esposa del anfitrión salía con presteza a prevenir a la policía, Lutter entretuvo al prófugo. Los agentes se deslizaron sigilosamente hasta la vivienda y penetraron en la alcoba. El fugitivo, sentado al borde del lecho, no tuvo tiempo de reaccionar. El telégrafo difundió de inmediato su detención y fue trasladado a Paderborn.
A sus veintinueve años acumulaba ya siete condenas por caza ilegal, amenazas, resistencia a la autoridad y quebrantamiento de vigilancia policial. Nacido en Retzin, en la Marca de Brandeburgo, e hijo de un molinero fallecido tempranamente, había servido en la infantería para trabajar después como jornalero. El cronista lo describe como un tirador consumado, andarín infatigable y proveedor asiduo de caza; le atribuye asimismo fama de buen danzarín, generoso y predilecto de las clases populares. Este cariz novelesco responde a la sensibilidad del texto de 1869, pero no debe eclipsar la realidad: dos hombres sufrieron gravísimas lesiones, un tercero pereció durante la persecución y los tribunales juzgaban actos de violencia armada contra agentes en el ejercicio de su deber.
El sumario se articuló en tres piezas: el disparo contra von Wrede, el perpetrado contra Heinemann y la refriega en la que sucumbió Lohoff. En un principio, Klostermann lo negó todo. Alegó haber pasado la jornada del 1 de octubre en Westheim y no haberse adentrado en los montes hasta después. El matrimonio Fleckner, en cuya casa recaló aquella noche, carecía de reloj; situaron su visita una vez cerrada la noche y tras haber sonado el toque de queda. Otros vecinos recordaban que el acusado les había notificado el ataque al guarda forestal, asegurando que el propio von Wrede lo había exculpado. Las horas y las palabras, transmitidas por el recuerdo de unos y otros, fueron cotejadas con la naturaleza de la herida y el itinerario verosímil entre la espesura y la aldea.
La acusación aportó igualmente el testimonio de la viuda de Lohoff. Esta declaró que Klostermann le había confesado haber disparado contra von Wrede y contra Heinemann. El doctor Baruch manifestó que, antes de expirar, Lohoff le había atribuido ambos disparos al prófugo, reiterando haberlo oído de sus propios labios. Klostermann replicó tachando de mendaces a dichos testigos: afirmó que Lohoff le había sustraído una escopeta y que Lutter trataba habitualmente con cazadores furtivos. La crónica presenta estas declaraciones como concordantes, si bien omite la transcripción literal de las actas originales; su contundencia nos llega mediada por el relato del cronista.
En lo tocante a Heinemann, comparecieron el guarda herido y los hermanos Beneke. Karl reconoció a Klostermann con rotunda convicción; August añadió una salvedad: de no existir otro individuo idéntico a él, se trataba ciertamente del reo. El procesado lo negó, describiendo la silueta de un brazo y un arma atisbados entre los abetos y asegurando haber disparado para conjurar una amenaza. Los testigos refutaron tal versión: los árboles, de la altura de un hombre, estaban diseminados; Heinemann se hallaba sentado entre ambos leñadores y August se había adelantado. A juicio de estos, Klostermann apuntó deliberadamente al guarda, quien llevaba el arma bajo el brazo, y no contra un adversario presto a disparar.
El tercer episodio planteaba un dilema más riguroso. Klostermann admitió haber huido con los demás, pero rechazó haber hecho fuego contra Struck, señalando como autor al difunto Lohoff. Ahora bien, Lohoff yacía muerto y su fusil, hallado aún con la carga, no podía haber efectuado el disparo. Un perito aclaró que el estampido de un arma de percusión era inconfundible frente al del fusil de aguja reglamentario de Struck; el soldado había declarado que uno de los fugitivos había disparado antes que él. A ojos del Pitaval, tales indicios desvanecían la culpa atribuida al finado, sin despejar del todo la incertidumbre sobre qué mano concreta había oprimido el gatillo.
La vista oral dio comienzo en Paderborn el 12 de noviembre de 1868 y se prolongó hasta el día 15. Una multitud procedente de la ciudad y de Waldeck abarrotaba la sala ansiosa por contemplar al «Rinaldo» de los bosques. La crónica recalca su compostura y la atención con que observaba a los periodistas. Su letrado recusó la inclusión de varios alcaldes y magistrados locales en el jurado; el tribunal desestimó la queja apoyándose en un precepto prusiano que, según el informe, restringía los motivos de nulidad.
Durante la audiencia, Klostermann admitió haber herido a von Wrede y a Heinemann, pretextando legítima defensa. Mantuvo no haber reconocido al primero y afirmó haber apuntado, en el segundo lance, a un brazo armado oculto tras el tronco de un árbol. Negó categóricamente haber disparado contra Struck. El fiscal solicitó veinte años de reclusión mayor; la defensa impetró una rebaja a tres años, arguyendo singularmente que la legislación de Waldeck, más benigna, debía aplicarse a la agresión acaecida en su suelo.
El jurado respondió negativamente a las cuestiones relativas a las tentativas de homicidio y a la agresión contra Struck. En cambio, declaró al reo culpable de atentado y resistencia violenta contra von Wrede y Heinemann en el ejercicio de sus funciones, con el resultado de lesiones graves. El tribunal armonizó las disposiciones penales de Prusia y Waldeck y dictó sentencia imponiendo ocho años de Zuchthaus o trabajos forzados. El fallo distaba de los veinte años impetrados por la acusación, pero superaba con creces los tres pretendidos por la defensa.
De este modo, el juicio no corroboró la totalidad de las tesis sostenidas por el ministerio público. La sala descartó tanto la tentativa de homicidio como el ataque a Struck, sancionando a Klostermann por las violencias graves cometidas contra los dos guardas. El Pitaval permite que el fugitivo alcance tintes de leyenda para luego devolverla a la mesura de una condena de ocho años. Entre ambos extremos, un fusil que permaneció cargado pesó contra las imputaciones al difunto, los testigos incurrieron en vacilaciones o discrepancias, y el procesado acabó por reconocer parte de los hechos. No es la estampa novelesca de un bandolero lo que clausura el proceso, sino la rigurosa linde que los jurados trazaron entre aquello que tuvieron por probado y lo que rehusaron dar por acreditado.
