Había creído que los caballos se detendrían ante la maleza. Este error, si hemos de dar crédito al parte militar, le costó la vida a Antonio Locaso. Para un hombre que había hecho del bosque su morada, su fortaleza y su vía de escape, la derrota comenzó en el instante en que sus perseguidores se negaron a reconocer la frontera que él pretendía imponerles.
Lo llamaban el Capraro, el cabrero. Nacido en Abriola en 1841, se había trasladado a los campos de Castellaneta para trabajar como bracero. Su patrón, Rocco Giacoja, capitaneaba la guardia nacional local: el futuro bandolero había guardado, pues, el ganado de un hombre encargado de perseguir a los facinerosos. En el verano de 1862, pasó a la clandestinidad al negarse a cumplir con la conscripción. Apenas unos meses bastaron para transformar a un peón rural en jefe de partida.
Los reclutas procedían sobre todo de Palagianello. Con ellos se sumaron la cólera contra el nuevo orden italiano y, en el caso de algunos antiguos soldados, la lealtad a los depuestos Borbones. En octubre, el acercamiento a Francesco Buono ensanchó la envergadura de la empresa. Hombres que antes robaban para subsistir o medrar se vieron de pronto comprometidos en proyectos de restauración dinástica. Esta alianza, no obstante, no mudaba una extorsión en una suscripción voluntaria: los propietarios intimados a pagar seguían conociendo bien la diferencia.
En la espesura de los bosques y alrededor de las fincas, el conflicto golpeaba asimismo a quienes encarnaban la autoridad. La documentación comarcal atribuye a la cuadrilla de Locaso la muerte del guardia nacional Antonio Semeraro y la del guarda forestal Alfonso D’Eredità, acaecidas en San Basilio en octubre de 1862. El cabrero ya no era únicamente una silueta hostigada entre el follaje: tras su banda quedaban muertos, familias enlutadas y represalias. Aquellos campos, que al viajero pueden antojársele apacibles al no divisar alma viviente, estaban preñados de cuentas pendientes.
La administración no tardó en atacar los recursos de los fugitivos. Un bando prefectoral ordenó la clausura de las haciendas susceptibles de servirles de abrigo y restringió la cantidad de vituallas transportadas a los sembrados. Los campesinos necesitaban pan; las partidas, también. Entre unos y otros, la inspección de una simple cesta podía convertirse en un asunto de Estado. Las alquerías proporcionaban víveres, informes y un techo, ora por la fuerza de las amenazas, ora con la anuencia de sus moradores. El poder intentaba arrebatar al bosque cuanto las casas le suministraban.
En diciembre, la ambición de las partidas coligadas se quebró cerca de la masseria Monaci. La antigua crónica de Antonio Lucarelli retrata a unos hombres apeados de sus cabalgaduras, entregados a comer, almohazar el ganado o tenderse en los desvanes cuando cayeron sobre ellos las tropas. Locaso se contaba entre los cabecillas allí congregados. Quienes habían concebido una marcha victoriosa se vieron forzados a reanudar la fuga. La gran concentración había hecho a los rebeldes más numerosos, pero también mucho más vulnerables a la sorpresa.
En enero de 1863, los destacamentos enviados contra el Capraro procuraron precisamente privarlo de la ventaja que le otorgaba la dispersión. Ya no bastaba con dar con su guarida: resultaba imperioso que la salida del escondrijo condujera a la boca de otros fusiles. El informe del coronel Regis expone estos engranajes con la suficiencia de quien ve los nombres de las haciendas transformarse, tras el triunfo, en las piezas irrefutables de un cálculo perfecto.
El capitán Angioli, del trigésimo regimiento de infantería, coordinó sus maniobras con los jinetes de Saluzzo acantonados en Castellaneta. Se tomaron posiciones en las inmediaciones de las masserie Sarapo y Magliari. Angioli batió el bosque de Cesine con soldados de infantería, carabineros y algunos guardias nacionales; otra columna se adentró en Girifalco. De tal suerte, los uniformes no provenían ya de una sola dirección. La tropa que avanzaba podía dejarse ver; la que aguardaba apostada debía permanecer en el más absoluto secreto. Una evasión consumada requería en adelante algo más que una senda expedita: exigía adivinar qué aguardaba a su término. La infantería bien podía dejar escapar al cabecilla sin malograr la operación, siempre que lograse empujarlo hacia el flanco donde la caballería había cerrado el cerco.
El refugio fue descubierto. Los hombres de Locaso advirtieron la presencia de sus perseguidores, trabaron un tiroteo y huyeron a la desbandada abandonando sus pertrechos. El parte militar enumera siete caballos, seis capotes y tres barriles de vino. Semejante inventario atestigua la violencia del descalabro: lo que minutos antes constituía un campamento quedaba reducido a un botín que inventariar. Los capotes se quedaban atrás, abandonando a la intemperie a quienes tendrían que dormir al raso; las monturas, a las espaldas de aquellos cuya salvación dependía de la premura de sus pies.
Locaso y sus camaradas procuraron ganar otros montes. Sin embargo, el capitán Pedrocchi había despachado al amparo de la noche a veinte jinetes desmontados para apostarse en los pasos que conducían al torrente Lenna. Al rayar el alba, veintitrés soldados a caballo salieron en descubierta a las órdenes del teniente Morozze. Cada contingente tenía asignado su cometido: cortar las salidas, batir el terreno y dar alcance a los fugitivos. La caballería renunciaba a mostrarse en su formación habitual a fin de enturbiar la lectura del terreno a sus adversarios.
Los bandoleros, recelosos de que las desembocaduras estuviesen tomadas, vacilaron antes de aventurarse a campo abierto por Sant’Angelo. Buscaron de nuevo el amparo de la maleza. Los vigías los divisaron; la sección montada cargó contra ellos y los dispersó. Era el instante en que las zarzas debían haber obrado su salvación. Caballos en semejante breñal, hombres menos duchos en aquellos andurriales, una persecución entorpecida: Locaso aún fiaba su suerte a la aspereza del terreno.
El parte de guerra le atribuye incluso la confesión de semejante exceso de confianza tras haber sido apresado. Al parecer, aminoró el paso por juzgar imposible que los jinetes fuesen capaces de internarse tan hondo en la espesura. Reagrupado en la retaguardia para cubrir la retirada de los suyos, fue alcanzado por el sargento Bernasconi y el soldado distinguido Basile. Presentó resistencia, pero lo redujeron y desarmaron. La persecución concluyó así, desprovista del combate épico que a menudo promete la leyenda de un rebelde: dos militares sujetaban por fin al hombre a quien los demás habían acorralado hasta empujarlo a sus brazos.
Conducido a Castellaneta, Locaso compareció ante un consejo de guerra presidido por Pedrocchi. El juicio fue sumarísimo. El 17 de enero de 1863 caía fusilado junto al Calvario. No había cumplido aún los veintidós años. El bosque, cuyo dominio le había concedido algunos meses de efímero poderío, no le deparó una última salida.
A los vencedores les restaba todavía un pleito por zanjar. Ante la comisión de investigación sobre el bandolerismo, Pedrocchi se atribuyó el mérito exclusivo para la caballería. El diputado Stefano Romeo le rebatió el testimonio fundándose en los partes del comandante de la guardia nacional de Ginosa, Luigi Miani. Fue preciso reconocer el papel decisivo de quienes habían descubierto la guarida y forzado la huida. Locaso yacía bajo tierra; alrededor de su captura se disputaba ya el reparto de los laureles. Los mismos senderos que habían servido para cercarlo servían ya para dirimir las rencillas entre los hombres que redactarían la historia de la victoria.
