En Venecia, un hombre con sotana escogía diamantes con el refinamiento de un príncipe. Tomó una cuantiosa selección, hizo que el banquero Antonio Bartoloni asumiera el pago y luego abandonó la ciudad, dejando tras de sí un recibo, una promesa de reembolso y la convicción de haber conquistado la confianza de toda una casa. No era la primera identidad que usurpaba. La crónica lo consigna con el nombre de Francesco Fava, mas la verdadera filiación del individuo permanece envuelta en la penumbra: una relación francesa coetánea del proceso apunta que no se conocían con certeza ni su nombre, ni su patria, ni su oficio. En 1607, se presentó ataviado con los hábitos de un obispo depuesto que imploraba asilo y numerario.
Aseguraba haber sido obispo de Venafri, en el reino de Nápoles. Sus enemigos, según su testimonio, habían provocado su caída tras imputarle amores ilícitos con la hija del duque Gaetano. Afirmaba haber viajado a Roma para defenderse y haber emprendido la huida ante el temor que le inspiraban sus perseguidores. Nada en este testimonio permite corroborar de forma independiente la dignidad episcopal que se atribuía. Proscrito, sin recursos ni valimiento, había escapado hasta Padua para solicitar la caridad del obispo de Concordia. Este último, conmovido por sus tribulaciones, aceptó socorrerlo sin imponerle la incomodidad de una estancia dilatada.
El fugitivo explicó que había dejado diez mil ducados en Nápoles, bajo la custodia del marqués de Sainte-Erme. Pretendía cobrar dicha suma en Venecia, donde una casa de banca podría facilitar la operación. Sostenía que deseaba adquirir diamantes, perlas y cadenas de oro destinadas a soberanos y dignatarios eclesiásticos; con su favor, aseveraba, lograría restaurar sus fueros y recobrar su hacienda. El obispo de Concordia juzgó verosímil la empresa. Escribió a Bartoloni y le encomendó a su ilustre colega.
Un correo llamado Octavio Oliva arribó a Venecia con una cartera de cartas dirigida al gran banquero Angelo Bossa. Una de ellas, atribuida a Alessandro Bossa —sobrino de este y principal banquero de Nápoles—, anunciaba la inminente remesa de los diez mil ducados a Antonio Bartoloni. Otra misiva ratificaba la transferencia. Dos cartas más, suscritas por el marqués de Sainte-Erme y dirigidas a ambos prelados, agradecían la generosa acogida dispensada a su amigo. El fugitivo no compareció ante su anfitrión de Padua sino tras recibir un nuevo despacho de Nápoles, provisto de un pagaré y una letra de cambio que ostentaba la rúbrica de Bordenali, socio de Alessandro Bossa.
El obispo de Concordia lo animó entonces a trasladarse en persona a Venecia, donde estimaba que podría hacer efectivo el pago con total seguridad. Le entregó cartas de recomendación para su amigo Bartoloni. El banquero lo recibió con deferencia y, tras cerciorarse con Angelo Bossa de que la letra sería satisfecha, se apresuró a complacer a su huésped. El presunto prelado recorrió los obradores, exigió que le mostraran las gemas más exquisitas y eligió con infalible discernimiento. Bartoloni pagó al contado. La sotana, el breviario siempre asido en la mano y las maneras discretas del forastero disiparon cualquier recelo del banquero y su familia; hablaba con parquedad y una mansedumbre que parecía confirmar su sagrada investidura.
Antes de su partida, una carta atribuida al obispo de Venafri solicitó a Concordia que un anciano criado, don Martino, se desplazara desde Padua para acompañar al ilustre viajero. Concordia escribió a Bartoloni autorizándolo a entregarle todas las alhajas a cambio de un recibo. El hombre firmó con el nombre de «Carlo Pirotto, obispo de Venafri». La despedida fue sumamente afectuosa. Bartoloni escoltó a su huésped hasta Padua y luego regresó a Venecia.
A su vuelta, el banquero abrió un arca y comprobó la falta de cuatrocientas coronas de oro. La cerradura había sido forzada y vuelta a cerrar con destreza suficiente para engañar un examen superficial. El cofre se hallaba en los aposentos ocupados por el clérigo o a su inmediato alcance; no obstante, Bartoloni evitó en un principio transformar su sospecha en denuncia formal. Ocho días más tarde, presentó ante Angelo Bossa la letra librada a nombre de Alessandro y percibió el importe. Al día siguiente, una posta llegada de Nápoles trajo una carta de Alessandro para su tío: afirmaba no tener conocimiento alguno del negocio y negaba categóricamente haber girado efecto alguno a favor del marqués de Sainte-Erme. Angelo Bossa comprendió que habían sido víctimas de un ardid y acudió a la justicia veneciana. Pero el sospechoso ya se había esfumado. Bossa, Bartoloni y el obispo de Concordia unieron esfuerzos para localizarlo y divulgaron la descripción minuciosa de las joyas, ofreciendo una cuantiosa recompensa a quien diera con ellas.
Un duplicado de la requisitoria llegó a París. En las inmediaciones de la iglesia de Saint-Benoît, un modesto joyero llamado Bourgoin vio entrar a un italiano que le ofrecía en venta algunos diamantes. El sujeto dejó varios estuches en depósito y se marchó, prometiendo regresar. Como Bourgoin mantenía trato con orfebres de mayor relieve, les mostró las piedras. Maurice y Paris Turquet reconocieron al punto los estuches descritos en el aviso de Venecia. Cotejaron cada pieza con la nómina judicial y, seguros de hallarse ante el botín sustraído, concertaron una celada con el teniente de la Gran Prebostura, Denis de Quiqueboeuf.
El oficial de justicia fingió ser un comprador adinerado. Cuando el italiano regresó con nuevos cofrecillos, examinó las alhajas, simuló una urgencia que le obligaba a ausentarse y prometió volver en breve. Fue entonces cuando el preboste se descubrió y procedió a su arresto. El hombre protestó de inmediato, jurando haber adquirido las preseas de forma legítima. El registro practicado en su morada hizo caer el engaño: allí se halló la mayor parte de las joyas, así como una joven y un entorno familiar que la crónica presenta bajo tintes sospechosos. La detención se llevó a cabo el 12 de enero de 1608. El encausado declaró llamarse Francesco Fava, doctor en medicina, natural de Capriola, cerca de los confines de Liguria, y de unos cuarenta y cinco años de edad. Una relación francesa impresa en 1608 advierte, sin embargo, que ni su filiación, ni su patria, ni su profesión pudieron ser corroboradas al margen de sus propias manifestaciones.
Al día siguiente, confrontado con el inventario de las alhajas, las cartas falsarias y las piedras incautadas en su domicilio, se derrumbó. Confesó el despojo y las maquinaciones. Su cómplice, Pietro Oliva, se dio a la fuga esa misma noche y jamás volvió a saberse de él. Las pesquisas desentrañaron entonces una sucesión de identidades ficticias. El reo había recorrido diversas comarcas bajo múltiples alias, presentándose a veces como galeno y otras como mercader. Reconoció haber imitado los trazos y las firmas ajenas tras haber tenido ocasión de examinarlos en las oficinas de Bossa. Se jactaba de poder reproducir con exactitud caligrafías dispares a partir de una sola muestra. El compendio de Pitaval consigna esta declaración como la clave de sus falsificaciones, si bien no aporta acceso a los documentos originales.
Su existencia anterior se revelaba ya como una comedia de mudanzas. Había cursado estudios de medicina y alcanzado, según la relación, un notable conocimiento en el terreno de la botánica y los venenos. Movido por la ambición de medrar, había seducido en Orta a una joven llamada Katharina Oliva, hija de un tratante, bajo la identidad apócrifa de Cesar Fiori y exhibiendo una partida de bautismo sellada con un cuño fabricado por él mismo. Tras desposarla, se estableció en Castelarca, ejerció la medicina y engendró varios vástagos. El sostenimiento de la casa superaba con creces sus magros emolumentos. En 1607, desamparó su hogar, recaló en Nápoles y reanudó su carrera bajo la máscara del prelado errante.
Encerrado en prisión, intentó seccionarse las venas de los brazos con una navaja de faltriquera. Las heridas no fueron mortales; él mismo reclamó auxilio y pronunció poco después una confesión pormenorizada. Interrogado acerca de su esposa, la exculpó por entero y afirmó que jamás le había revelado sus turbios manejos. Cuando ella acudió a visitarlo a las celdas, se mostró deshecha en llanto, sin articular palabra. Él le habló con ternura y le encareció que se marchara, haciéndole comprender que permanecer a su lado no haría sino agravar su desdichada suerte.
El 22 de marzo, el reo supo que su causa sería fallada a la mañana siguiente. Pidió una torta tradicional italiana que su esposa acostumbraba a confeccionarle. Al día siguiente, la mujer se la hizo llegar por mediación de su hijo. El preso partió un pedazo, lo masticó y se desplomó tras beber un trago de aguardiente. Murió entre convulsiones atroces, sin declarar la causa de su agonía. La autopsia practicada el 24 de marzo de 1608 reveló la presencia de arsénico en su estómago. La crónica de Pitaval no esclarece quién suministró el tóxico. Tras su deceso, el procedimiento judicial se siguió contra el cadáver: los magistrados dictaron sentencia condenatoria por robo, estafa, usurpación de identidad y falsedad documental; ordenaron que sus restos fueran arrastrados boca abajo hasta el cadalso, colgados por los pies y que todos sus bienes fueran confiscados. Los plateros que habían reconocido los estuches no percibieron la recompensa ofrecida: Angelo Bossa ya los había indemnizado previamente con cien táleros-corona, según refiere la crónica.
