El 24 de agosto de 1835, el Chelsea Hospital entrega a Théleur un cheque por valor de 177 libras. Concierne a George Langley, antiguo sargento de artillería de quien se afirma que participó en la toma de Buenos Aires en 1806. Al día siguiente, el intermediario hace efectivo el cheque y traspasa el dinero a John Turner Flynn. Sin embargo, Langley había muerto a bordo del navío de guerra Woolwich, menos de seis meses después de aquella campaña. El nombre empleado para reclamar la recompensa pertenecía, pues, a un hombre que jamás habría podido cobrarla.
El acta de acusación le imputa haber presentado y puesto en circulación una orden de pago y un certificado falsificados, a sabiendas de su espuria condición y con la intención deliberada de engañar a los comisionados. Flynn no era un desconocido para las instituciones a las que recurría. La crónica de Camden Pelham lo describe como un antiguo oficial de marina, de unos cincuenta años de edad al celebrarse su proceso en Old Bailey, el 11 de abril de 1840. Había servido en diversas acciones bélicas y alcanzado el rango de teniente. Se refería que la reina Carolina lo había contratado más tarde para gobernar un yate empleado en sus excursiones por el continente. Tras el regreso de Carolina a Inglaterra, Flynn declaró ante la Cámara de los Lores en la investigación sobre la conducta de la soberana. Ciertos allegados lo creían investido caballero; no obstante, tal ennoblecimiento no queda acreditado en la crónica, que se limita a señalar que se le conocía comúnmente como Sir John Flynn.
Hacia 1831, su familia residía en Saint-Malo. Flynn obtuvo entonces una licencia de apoderado facultado para tramitar solicitudes de primas de guerra, ocupación habitual entre antiguos militares. Sus frecuentes singladuras entre Francia e Inglaterra le permitieron trabar contacto con Beresford Ayton, agente de marina. Este le presentó a Holgate, escribiente en la oficina de primas del Chelsea Hospital. El concierto urdido consistía en facilitar a Flynn los nombres de los soldados con derecho a remuneración, los importes correspondientes y los hechos de armas en que se fundaban sus haberes. Flynn prometió a Holgate un dos y medio por ciento de cuanta suma lograra recobrar gracias a tales informes. Holgate creía de buena fe que Flynn ayudaría a los veteranos a reclamar lo que en justicia les pertenecía; con todo, sustraer y transmitir dichos datos constituía una flagrante infracción de los deberes de su cargo.
Flynn conocía de sobra el valor de aquellos legajos: le brindaban identidades verídicas e importes exactos. En 1835, llegó a la oficina de primas una petición suscrita por George Langley, sargento de la artillería de Santa Elena durante la toma de Buenos Aires. En ella se reclamaban las 177 libras consignadas a su favor. Los comisionados adujeron que habían transcurrido más de seis años y exigieron una justificación previa antes de dar curso al expediente. Una nueva misiva aportó las explicaciones requeridas; acto seguido, los comisionados remitieron a Langley una orden que debía cumplimentar conforme a sus instrucciones, además de exigir un certificado de identidad suscrito por varios avalistas.
Entretanto, Flynn había solicitado a su amigo E. A. Théleur, establecido en Great Marlborough Street, que recibiera la correspondencia a él dirigida y las sumas libradas. El 20 de agosto recaló en el domicilio de Théleur una carta procedente de Nantes. Contenía la orden de cobro, el certificado preceptivo y la instrucción de hacer efectivo el dinero. La documentación figuraba a nombre de Langley, pero con posterioridad se constató que las firmas de quienes certificaban su identidad eran puramente ficticias.
Flynn se presentó mientras Théleur examinaba el correo. Le aseveró que todo se hallaba en regla y lo apremió para que acudiese de inmediato al Chelsea Hospital, toda vez que la orden había sido extendida a nombre de Théleur. El 24 de agosto, los comisionados libraron a favor de Théleur un cheque por 177 libras contra el pertinente recibo. Al día siguiente, este cobró el talón y entregó el metálico a Flynn, quien firmó el correspondiente acuse. El compendio judicial no sugiere que Théleur supiese que Langley yacía bajo tierra; antes bien, creía tramitar un cobro legítimo y se limitó a acatar las instrucciones de su amigo.
La trama comenzó a desmoronarse al comparecer Holgate en el interrogatorio. Reveló a Bicknell, procurador de los comisionados, que había filtrado a Flynn las informaciones confidenciales del negociado. Las pesquisas ulteriores demostraron que el auténtico sargento Langley había perecido en el mar, a bordo del Woolwich, dentro de los seis meses posteriores a la campaña de 1806. La mera cronología bastaba para desbaratar la reclamación de 1835: el artillero llevaba casi tres décadas muerto. Asimismo, las indagaciones revelaron que las personas que supuestamente atestiguaban su existencia desde Nantes jamás habían existido. La orden de pago y la certificación quedaban, por ende, vinculadas a una identidad usurpada y a testimonios fabulados.
Théleur, que entretanto se había trasladado a Saint-Germain, recibió un requerimiento oficial. Su pormenorizada relación de los hechos desvió de inmediato las sospechas hacia Flynn. En la vista pública se puso de manifiesto que las instancias remitidas a la oficina, la orden y el certificado habían sido caligrafiados por una joven vinculada en otro tiempo al entorno familiar de Flynn, la cual había contraído matrimonio desde entonces. Al hallarse ausente de Londres, no pudo testificar sobre las circunstancias en que redactó los pliegos. La crónica no consigna que ella hubiese admitido conocer la falsedad de los documentos; su incomparecencia dejó esta incógnita en penumbra.
Los miembros del jurado hubieron de desentrañar una cadena en la que no todos los eslabones compartían el mismo grado de culpabilidad. Holgate había facilitado datos reservados a cambio de una comisión pecuniaria. Théleur había recogido la correspondencia, cobrado el cheque y entregado el metálico a Flynn. Una tercera mano había trazado las letras de los escritos. Flynn, en cambio, estuvo presente al exhibirse la misiva y la orden ante Théleur; aseguró su perfecta legalidad, instó a consumar la gestión y se embolsó la suma. La defensa sugirió que un individuo más ladino bien pudo haber embaucado a Flynn. Empero, el jurado lo halló culpable de haber circulado documentos espurios a sabiendas de su falsedad, si bien recomendó clemencia para él; el extracto del proceso no sostiene que él mismo los hubiera forjado.
El juez Alderson censuró con severidad la usurpación cometida contra las primas militares: tales caudales representaban, sentenció, el galardón al servicio y a los sacrificios de las armas. Antaño, semejante delito acarreaba la pena capital, y el magistrado no dudó en evocar el posible restablecimiento del cadalso si los tribunales contemporáneos pecaban de indulgencia. Con todo, no desestimó la recomendación del jurado. Prometió elevarla y no interponer reparo alguno al perdón de la Corona, aunque pronunció contra el reo la condena de deportación a perpetuidad.
En la crónica de Pelham, el proceso contrapone dos reputaciones desiguales. Flynn es descrito como un oficial que sirvió a la reina Carolina e intervino ante los Lores; tan señalada cercanía a las esferas del poder no despeja, empero, si ostentó legítimamente el título de caballero. Frente a él, el nombre de Langley evoca al artillero muerto en alta mar, cuyo derecho a una prima perduró latente en los libros oficiales. La solicitud remedó los trámites con pericia suficiente para conseguir el cobro, pero los avalistas que debían atestiguar la identidad del beneficiario eran meras sombras. El veredicto no zanjó el destino de otros caudales: Pelham apunta la existencia de ulteriores procesos contra Flynn y de desfalcos de envergadura en la oficina de recompensas militares, cuyos desenlaces no se detallan en estas páginas.
