El hombre había cruzado el océano con una esposa, varios hijos y una historia capaz de hacer regresar a los muertos. En Sídney se contaba que era sir Roger Tichborne, el heredero inglés desaparecido en un naufragio, y que el carnicero de Wagga-Wagga por fin había recuperado su nombre. En Inglaterra, esta noticia no llegó sola: precedía a un individuo cuya corpulencia y peso describían las gacetas incluso antes de discutir sus facciones.
Roger Charles Tichborne había sido dado por perdido en el mar en 1854. El navío Bella, decían, había zozobrado frente a las costas de América del Sur; un bote salvavidas se había llevado a los supervivientes y el Osprey los había rescatado. La familia, pues, había llorado a un hijo ausente cuyo cuerpo jamás fue devuelto. Cuando Thomas Castro, presentándose como el desaparecido, anunció que regresaba para reclamar su rango y sus posesiones, la ausencia cobró de improviso la forma de una posibilidad. ¿Y si el heredero hubiera sobrevivido?
A finales de diciembre de 1866, el pretendiente arribó a Alresford, en Hampshire, cerca de Tichborne House y de su antigua familia; los periódicos ingleses comenzaron a relatar su retorno a principios de 1867. Las primeras crónicas daban cuenta de reconocimientos, anécdotas reencontradas y un antiguo sirviente, Andrew Bogle, que presuntamente había identificado a su señor en Sídney. La anciana lady Tichborne, madre de Roger, se reunió luego con él en París. Según las relaciones que circularon, creyó reconocer ciertos rasgos de familia. A ojos de los partidarios del recién llegado, tales gestos parecían restituir al hijo su lugar antes de que tribunal alguno hubiese examinado los documentos.
En Alresford, el Swan Hotel se convirtió en un tablado a cielo abierto. El forastero se hacía llamar allí señor Taylor; sin embargo, su presunto nombre se exhibía en grandes letras sobre su equipaje. Ciertos labradores aguardaban ante las puertas para espiar el andar, las cejas, la rodilla orientada hacia dentro. Un hombre, tras divisarlo de espaldas, aseguró que lo reconocería en cualquier parte. El viejo herrero Etheridge no participaba de semejante fervor. Cuando el pretendiente le preguntó si creía tener ante sí a sir Roger, el herrero respondió que lo dudaba. El visitante le recordó entonces una vieja historia de un gato, un perro y una trilla; el pormenor suscitó controversia hasta en el sexo del animal.
La memoria se transformaba así en una prueba que cada cual podía moldear. Quienes creían reconocer a Roger escuchaban una voz familiar o rescataban una chanza olvidada. Otros no reconocían a nadie. En una causa donde la herencia aguardaba a su dueño, el recuerdo no permanecía en la intimidad de los hogares: poseía en adelante un valor jurídico y financiero. La demanda civil tornó tangible este dilema. Las tierras se administraban en beneficio del joven heredero, y el pretendiente se enfrentó ante la justicia con el coronel Lushington, quien ocupaba Tichborne House. Le era preciso, por tanto, hacer algo más que convencer a una madre enlutada o a un pueblo curioso: su condición de hijo debía franquearle el paso a los señoríos custodiados a nombre de otro. Una certidumbre íntima debía mudarse en título oponible ante los tribunales.
Entre sus primeros valedores figuraba el señor Hopkins, antiguo letrado de la familia Tichborne, quien declaró creer que el visitante era su antiguo cliente, aun confesando no recordar ya sus facciones. Su amigo, el señor Baigent, difundió la noticia de aquel reconocimiento. El arrendatario de Tichborne House, el coronel Lushington, recibió a su vez al pretendiente. No había conocido personalmente a Roger, pero juzgó que el hombre identificaba los retratos de la mansión. Uno de sus hijos fue bautizado en la capilla familiar. Con cada muestra de hospitalidad, la pretensión parecía ganar en solera.
Mas los informes no procedían únicamente de la memoria infantil. Al parecer, Andrew Bogle había solicitado a la gobernanta ver la casa y había examinado los lienzos. Se consultaron documentos en Doctors’ Commons; se requirieron a los Horse Guards los movimientos del regimiento de Roger y sus licencias. Se acudió a Stonyhurst para averiguar qué profesores habían impartido clases allí. El pretendiente había contratado asimismo a varios antiguos militares del regimiento, entre ellos hombres capaces de adiestrarlo en los escenarios, las chanzas y los usos de los que luego hacía gala. La crónica de 1874 compendia estas pesquisas como las piezas de un aprendizaje metódico. Fue redactada tras la condena y sostiene la tesis de la acusación; sus interpretaciones no deben tomarse por comprobaciones neutrales.
Los allegados de Roger, por su parte, no habían quedado convencidos. El visitante rehuía las casas de primos a los que antes decía profesar afecto. En Gravesend, su amigo Gosford hubo de buscarlo en el hotel; el pretendiente se encerró en una habitación y se negó a recibirlo. Declinó asimismo una invitación de los Greenwood. Cuando una entrevista reunió a las familias Tichborne y Seymour, confundió a una de sus primas con otra y persistió en llamarla por el nombre equivocado. Estas evasivas y estos yerros nada probaban por sí solos, pero pesaron de muy distinto modo que los relatos de reconocimiento: Roger habría debido conocer a aquellas personas sin necesidad de que nadie se las recordara.
Sobre tal contraste se articuló el juicio penal. Tras el fracaso de la acción civil entablada para recobrar las propiedades, Thomas Castro fue procesado por perjurio: se le imputaba haber jurado en falso ser Roger Tichborne y haber negado ser Arthur Orton. El proceso ante la Queen’s Bench dio comienzo el 23 de abril de 1873. Se prolongó hasta el último día de febrero del año siguiente y consumió 188 jornadas de audiencia. El pleito civil ya había dividido a las familias, a los testigos y a la opinión pública. Había sido en esa demanda por los señoríos donde sir John Coleridge había sometido al pretendiente a un riguroso contrainterrogatorio sobre los recuerdos que el verdadero Roger debiera haber atesorado; el capítulo del Daily News atribuye a aquel interrogatorio los cimientos de la futura incriminación penal. En 1873, la acción por perjurio fue dirigida por Henry Hawkins y sus colegas de estrados. Correspondía entonces a la Queen’s Bench dirimir si el nombre pronunciado bajo juramento constituía una falsedad punible. La sala siguió el rastro de viajes, genealogías y memorias de infancia a lo largo de varios continentes.
El flanco débil, según la reseña del Daily News, era París. Roger se había criado allí y allí había residido hasta la adolescencia; había regresado antes de partir hacia América del Sur. Sin embargo, el pretendiente parecía incapaz de evocar a las personas o los parajes de aquella existencia francesa. Podía describir las guarniciones irlandesas y las pullas de los Carabineros, mas sus adversarios sostenían que tales pormenores bien podían aprenderse. El vacío parisino, argüían, no admitía componenda semejante.
Las pesquisas se orientaron también hacia Wapping, el barrio londinense donde moraba la familia Orton. Un emisario enviado a recabar datos en Australia exhibió una fotografía ante la mesonera del Globe. La mujer no reconoció el retrato como el de un vecino, pero recordó a un desconocido corpulento que se había presentado para inquirir sobre Orton y sus allegados en vísperas de Navidad, poco después de la llegada del pretendiente a Inglaterra. Según el artículo, ciertos parientes de Orton habrían percibido dinero; Charles Orton acabó por declarar sobre los pagos y la promesa de una porción del legado. En un principio, el pretendiente negó conocer Wapping, para admitir luego haber ido allí. Estos elementos se presentaron con ánimo de cargo; el artículo no transcribe las deposiciones judiciales ni su examen contradictorio.
Diversas comisiones enviadas a América del Sur interrogaron a personas que el pretendiente aseguraba haber tratado en Melipilla. El periódico refiere que lo identificaron como Arthur Orton. En Australia, la viuda de un antiguo empleador exhibió libros de contabilidad que apuntaban, conforme al mismo relato, en el sentido de dicha identidad. Con todo, el pretendiente había convocado a centenares de testigos dispuestos a sostener su causa. Su proceso no era un mero cotejo de fisonomías: contraponía los reconocimientos tardíos a los documentos, los itinerarios, los hábitos y las lagunas de la ignorancia.
El jurado emitió su veredicto el 28 de febrero de 1874. Declaró al acusado culpable de perjurio y el tribunal lo sentenció a catorce años de servidumbre penal. He ahí el desenlace judicial; no convierte cada lance de la crónica en una verdad incontestable. El texto que acaba de leerse había visto la luz el 2 de marzo, dos días después de la sentencia. Su redactor escribe ya desde la certeza sobrevenida, convencido de que las piezas han cegado cualquier escapatoria. La trayectoria de la causa invita, sin embargo, a observar cómo se ensamblaron: una alcoba negada, un nombre en una valija, testigos aleccionados, legajos consultados, una familia que desconoce a su visitante.
El pretendiente había cruzado el mar reclamando una identidad que los jueces le negaron. Tras semejante fallo subyace un enigma menos novelesco y más desasosegante: cuando los recuerdos mudan al compás de los relatos que se les insuflan, ¿cuánto vale un reconocimiento? En 1874, la Corona respondió con archivos, contradicciones y un veredicto. El periódico, por su parte, clausuró la historia como quien da fin a una novela. Mas era también una crónica de victoria, estampada antes de que las dudas del público se disiparan por completo.
