Ciertos habitantes de Barcus habían dado con una singular petición que presentar a los jueces: si estos no podían condenar a Etchehon, que al menos lo mantuvieran encerrado. El memorial fue entregado en plenos debates, en medio de una causa donde ya se reprochaban al acusado sus disputas, sus celos, su carácter y su huida. Surtió un efecto contrario al que aguardaban sus firmantes. Un hombre que afirmaba ser perseguido por sus enemigos veía a estos solicitar abiertamente que su propio temor hiciera las veces de veredicto. En este proceso, la prueba habría de abrirse paso entre dos miedos: el del pueblo y el del acusado.
La causa se había iniciado el 1 de mayo de 1827. Dominique Etchegoyen regresaba de la feria de Oloron. Hacia las diez de la noche, cerca de un puentecillo próximo a su morada, divisó un resplandor y fue alcanzado por un disparo. Distinguió a un hombre que escapaba, dio unos pasos más y cayó desplomado. Unos vecinos oyeron sus gritos y acudieron presurosos. A quienes le inquirían sobre la identidad del agresor, respondió que la oscuridad le había impedido reconocerlo. Reiteró idéntica respuesta ante el alcalde y, más tarde, ante el juez de paz. Etchegoyen sobrevivió. Su primera declaración no aportaba nombre alguno a la instrucción.
Apenas se le conocían enemigos. La sospecha, no obstante, recayó pronto sobre un amigo, Etchehon, debido a que este no había acudido a visitarle. Una ausencia basta a veces para desviar las miradas hacia quien ha omitido el gesto esperado. En este caso, venía a sumarse a una reputación ya sombría. Etchehon había sido condenado por herir a un hombre de un hachazo; otro asunto lo había vinculado a una acusación de moneda falsa. Reñía con sus allegados y sospechaba que su esposa le engañaba. Los vecinos tenían, pues, mucho que relatar sobre su persona antes de disponer de dato alguno sobre aquel disparo.
El hombre a quien Etchehon tenía por rival se llamaba Eguiapal. Vivía no lejos del puente. El día del ataque, Etchehon habría preguntado por su presencia en la feria; se le habría visto tomar el camino hacia el lugar. Un aparcero declaró que le había propuesto matar a Eguiapal y a varias personas más. Por último, algunos testigos refirieron haberlo visto preparar pedazos menudos de estaño, metal del que precisamente se extrajeron proyectiles de las heridas de Etchegoyen. Estos indicios sugerían una explicación que conciliaba el carácter pacífico de la víctima con el rencor atribuido al sospechoso: habría disparado contra el hombre equivocado.
Aquel supuesto error cobró vuelo. Poseía la fuerza de esos relatos donde cada detalle halla su encaje: la feria justificaba el paso, el puente la espera, los celos el móvil, la amistad el blanco errado. Etchehon desapareció. Su partida avivó las sospechas; abandonó el pueblo justo cuando empezaba a murmurarse su nombre. Tras vagar por los campos, halló refugio en las montañas, en la cabaña de un pastor. Allí refirió sus desdichas y compuso, según la crónica, un cantar en vascuence. La fuga engendraba así su propia narración, destinada a otros oídos que los de la magistratura.
La traducción reproducida por Champagnac da voz a un hombre que se proclama perseguido, traicionado en su matrimonio y despojado de sus bienes. El cantar se dirige al rival, evoca un golpe destinado a uno y recibido por otro, acusa a la esposa y pide después perdón por las faltas de todos. Resulta tentador ver en ello la confesión que vendría a resolver el sumario. Empero, una canción, aun atribuida al acusado, no deja de ser una obra donde una voz reparte los papeles. Nos llega aquí mediante una traducción antigua, en el seno de una crónica judicial; no reemplaza a una declaración testifical contrastada ni a los descargos prestados ante el tribunal.
Etchehon regresó finalmente a Barcus. Una casa perteneciente a Eguiapal ardió en las fechas de dicho retorno. El propio cronista subraya que ningún indicio permitía imputarle aquel incendio; la opinión pública lo hizo a pesar de todo. El individuo se había vuelto tan sospechoso que los sucesos encontraban a su autor nada más ocurrir. Fue detenido. Mientras era conducido a prisión, se cruzó con Etchegoyen. Este le habló de las ropas que llevaba la noche en que le disparó. Etchehon habría replicado que su antiguo amigo bien sabía que no era contra él contra quien la tenía tomada. Compartieron, según el relato, un vaso de vino antes de que los gendarmes prosiguieran su camino.
Aquel encuentro no borraba las primeras declaraciones. Etchegoyen había mudado de versión en el cuarto interrogatorio, aseverando esta vez haber reconocido a Etchehon. ¿Por qué había callado antes? Explicó haberse creído a las puertas de la muerte y haber deseado perdonar, para no añadir una nueva desgracia a la suya propia. Semejante explicación podía conmover; restaba examinarla. El mismo testigo había invocado primero la tiniebla y luego la voluntad de escudar al hombre reconocido. La defensa contaba ahí con una dificultad patente, que no se disipaba con el ademán amistoso del vino compartido ni con la fama violenta de quien lo había aceptado.
Ante la audiencia de lo criminal de los Bajos Pirineos, Etchehon respondió con detenimiento. Poco ducho en la lengua francesa, recurría a imágenes y rodeos que las actas juzgaron notables. Reconstruyó la historia de su vida, de su matrimonio, de sus querellas y de sus antiguos pleitos, presentando los cargos como fruto de una inquina concertada. Ofreció luego una versión radicalmente distinta de la noche del puente: se habría emboscado para sorprender a su esposa y a Eguiapal en una cita clandestina a fin de obtener la separación. Desde allí, habría visto a Eguiapal armado, apuntando al hombre que resultaría ser Etchegoyen.
Negaba, pues, haber disparado y volvía la acusación contra su rival. Impugnaba asimismo la tardía rectificación de Etchegoyen, atribuyéndola a un despecho nacido de un proyecto matrimonial frustrado. El tribunal no debía decantarse por el relato más elocuente; debía contrastar tales afirmaciones como cualesquiera otras. El aparcero compareció para reiterar que Etchehon le había instado a matar a varias personas. El reo se mofó de él y le recordó su mutua enemistad. Al presentarse Eguiapal, la cólera se desbordó: Etchehon le echó en cara su presencia en su hogar, la comida y los bienes de los que presuntamente se había aprovechado mientras él se hallaba recluido.
Aquel lance puso de manifiesto la violencia de sus celos. Mas no bastaba para esclarecer quién había empuñado el arma junto al puente. La petición de los vecinos reveló seguidamente hasta dónde alcanzaba su empeño por mantenerlo alejado: reclamaban su reclusión aun si la corte no lograba dictar condena. Las dos jornadas de vistas debilitaron los cargos, a tenor de la crónica. No quedó acreditado, en particular, que Etchehon hubiese dispuesto de escopeta alguna. El jurado lo declaró no culpable, y fue absuelto entre las muestras de júbilo de una nutrida concurrencia.
Etchegoyen continuaba siendo un hombre herido por un disparo cuya autoría este proceso no logró dilucidar. Etchehon salía en libertad, sin que la ira exhibida en la sala se hubiese apagado ni todas sus imputaciones personales hubieran resultado ciertas. La crónica había rotulado el asunto como una equivocación criminal; su propio desenlace obliga a preservar una mayor incertidumbre. Radica ahí, quizá, su interés más vivo. Un pueblo había creído saber, un hombre había cantado su verdad, una víctima había alterado la suya; a los jueces no les correspondía encarcelar a nadie para forzar a todas esas voces a confluir en una misma nota.
