En la Abbaye, los reclusos oyeron primero el toque de rebato. Poco después, las puertas se abrieron ante unos hombres que les anunciaron que serían conducidos a la Force para ser juzgados. Semejante palabra debió suscitar la esperanza de un tribunal; no obstante, más allá del rastrillo, aguardaban los sables. Durante aquellas jornadas de septiembre de 1792, la promesa de un examen se trocó así, para muchos, en una trampa mortal.
El pavor a la invasión se había adueñado de París. Las tropas extranjeras avanzaban sin tregua, y la noticia de la caída de Verdún cundió el 1 de septiembre; la urbe creyó que la plaza había sucumbido a una traición, cuando en realidad solo se hallaba sitiada. Al unísono, las prisiones acogían a nobles, sacerdotes refractarios, antiguos servidores de la corte y hombres señalados por delaciones. En su interpretación política, Champagnac atribuye a Danton y a Marat el propósito premeditado de exterminar a los reclusos antes de la llegada de los ejércitos extranjeros; esta acusación dimana exclusivamente de dicho autor y no constituye un hecho probado a la luz de los sucesos que siguen.
El domingo 2 de septiembre, las calles estaban abarrotadas. Se había ordenado una leva de ciudadanos y se repetía con insistencia que los prusianos podrían alcanzar París en tres jornadas. En la Abbaye, los carceleros habían puesto a buen recaudo a sus familias desde la misma mañana. La comida se sirvió más temprano de lo habitual y los cuchillos habían desaparecido de las servilletas. Los presos se interrogaban sobre tales precauciones, mas los guardianes guardaban silencio. Hacia las dos de la tarde, sonó la generala, repicaron las campanas y tronó el cañón de alarma.
Veinticuatro sacerdotes, arrestados por haberse negado al juramento, debían ser trasladados desde el Hôtel-de-Ville hasta la Abbaye. Seis carruajes los transportaron bajo la custodia de federados bretones y marselleses. A lo largo de los muelles, una muchedumbre enfurecida los tachó de conspiradores prestos a degollar a mujeres y niños mientras los ciudadanos marchaban hacia la frontera. Las portezuelas fueron forzadas; los cautivos recibieron golpes e improperios antes de ser arrojados al patio de la Abbaye. Maillard y sus secuaces aguardaban allí apostados. Los primeros reclusos fueron degollados de inmediato. Uno solo, el abate Sicard, logró escapar a la carnicería.
Billaud-Varennes se personó en el patio tras la matanza de los eclesiásticos. Champagnac le atribuye estas palabras: «Pueblo, inmolas a tus enemigos, cumples con tu deber». Maillard replicó que allí ya nada quedaba por hacer y condujo a sus hombres hacia el convento de los Carmelitas, donde yacían recluidos cerca de doscientos sacerdotes. Entre ellos figuraba el arzobispo de Arlés. Una turba corrió a buscarlo y lo mató en el acto. Los reclusos se dispersaron aterrorizados por la iglesia, el jardín y las salas; algunos buscaron amparo al pie del altar o tras los árboles. Dos hermanos de la ilustre casa de La Rochefoucauld, obispos de Beauvais y de Saintes, cayeron igualmente abatidos. El degüello prosiguió mientras los asaltantes batían cada rincón del recinto.
Maillard regresó más tarde a la Abbaye, empapado en sudor, reclamando vino para sus «trabajadores». El comité de sección mandó repartirle veinticuatro pintas. Aquellos hombres bebieron en el patio, rodeados de cadáveres, y se volvieron acto seguido hacia la prisión. Los prisioneros escucharon el clamor antes de ver ceder los cerrojos. Los primeros fueron arrastrados al patio y ajusticiados sin examen alguno. Maillard hizo traer los registros y los manojos de llaves; acto seguido, sus hombres improvisaron un tribunal.
Cada reo era emplazado frente a una mesa, mientras otros hombres aguardaban tras el rastrillo. El presidente leía el nombre y el motivo del arresto, tras lo cual pronunciaba una fórmula convenida. «Caballero, a la Force» significaba en realidad la entrega expedita a los asesinos. Aquellas palabras conferían a la violencia el disfraz de una resolución legal, desprovista en verdad de audiencia formal o de juez legítimo. Los guardias suizos recluidos en la Abbaye figuraron entre los primeros conducidos al umbral. Maillard les echó en cara las muertes de la jornada del 10 de agosto; replicaron que habían combatido al verse atacados y en estricto cumplimiento de las órdenes de sus jefes. Se les prometió un nuevo juicio. Sabedores de la suerte que les aguardaba, retrocedieron ante el rastrillo. Uno de ellos terminó por lanzarse hacia adelante; los demás le siguieron.
Reding, un oficial suizo herido en combate, fue sacado poco después de su calabozo. Cuando uno de los hombres intentó arrastrarlo, el oficial manifestó que ya había padecido bastante y que, no temiendo a la muerte, rogaba que se la dieran allí mismo. Uno de los ejecutores permaneció un instante inmóvil. Su camarada lo apremió; Reding fue sacado en volandas a la calle y sacrificado. En aquella concatenación de horrores, el gesto vacilante no bastó para salvar al reo. En otros casos, el frío registro y las fórmulas rituales bastaban para encaminar a los detenidos hacia el mismo desenlace fatal.
El exministro Montmorin reclamó un tribunal legalmente constituido. Maillard le espetó que marcharía a la Force a «aguardar un nuevo juicio». Montmorin solicitó un coche y algunos efectos personales, dando luego unos pasos hacia la salida. Cayó asesinado al instante. El ayuda de cámara del rey fue, conforme a la lapidaria sentencia atribuida a Maillard, condenado como su señor. Durante la velada, el abate Lenfant y el abate Chapt de Rastignac impartieron la bendición a los cautivos desde la tribuna de la capilla. Apenas una hora después, ambos fueron masacrados.
Journiac de Saint-Méard, que aguardaba en la Abbaye, compareció a su vez ante Maillard. La acusación capital estribaba en su presunta colaboración con un periódico cortesano; el reo negó haber sido su redactor. Se le imputó asimismo haberse reunido con los emigrados en el extranjero. Respondió exhibiendo un certificado que atestiguaba no haber abandonado París en los últimos veintitrés meses. Uno de los presentes reconoció la firma. Tras examinar la atestación, fue declarada auténtica. Saint-Méard admitió luego que se le tenía por realista, si bien rechazó de plano haber conspirado jamás.
El veredicto fue el indulto. Los demás cautivos lo abrazaron; dos hombres lo resguardaron con sus brazos y lo ayudaron a sortear la barrera de picas. Saint-Méard quiso ofrecerles unas monedas. Rehusaron el dinero, pidiendo a cambio tan solo estrecharlo en un abrazo. El examen riguroso de aquel documento y el oportuno reconocimiento de su firmante le procuraron una salvación que a tantos otros prisioneros arrastrados al rastrillo les fue negada.
Las matanzas se propagaron del 2 al 6 de septiembre por la Force, el Châtelet, la Conciergerie, los Bernardinos, Saint-Firmin, la Salpêtrière y Bicêtre. En la Force, Champagnac consigna la comparecencia de la princesa de Lamballe ante un cancel análogo al de la Abbaye. Interrogada sobre las intrigas palaciegas, declaró ignorarlas por completo. Al conminársele a jurar fidelidad a la libertad y profesar odio al rey y a la reina, prestó el primer juramento pero rechazó el segundo. El cabecilla del rastrillo ordenó que la dejaran marchar. Apenas pisó la calle, fue despedazada. La crónica refiere que los despojos de su cuerpo fueron paseados por París y que la turba se encaminó al Temple, donde la familia real permanecía cautiva. La reina se desvaneció al recibir la funesta nueva; el rey censuró a los emisarios por haber enterado a su esposa de tamaña atrocidad con semejante crueldad.
La princesa de Tarento, interrogada durante horas interminables, salvó la vida tras rebatir puntillosamente las acusaciones vertidas contra la reina. En la Abbaye, Cazotte esquivó a la muchedumbre gracias a que su hija se interpuso abrazándose a él con desesperación; Sombreuil halló la salvación, según Champagnac, merced a la conmovedora abnegación de su propia hija. Roland rehusó pagar a los hombres que habían participado en los degüellos. La crónica asevera, no obstante, que la Comuna libró sumas destinadas a los ejecutores, entre ellas un desembolso de 1 463 libras fechado el 4 de septiembre.
En Bicêtre, los presos presentaron una enconada resistencia y hubo de emplearse la artillería para doblegarlos. La masacre se prolongó allí hasta el 5 de septiembre; un tratadista citado por Champagnac documenta ejecuciones en la Force todavía al día siguiente. Poco a poco, las puertas dejaron de abrirse para aquellos simulacros de traslado. Como mudo testimonio quedaron las anotaciones, las cantidades inscritas en los libros de cuentas y los relatos de cuantos aguardaron su hora ante el rastrillo. Entre ellos, Saint-Méard sobrevivió gracias al reconocimiento de un pliego salvador. Para los demás, la falaz promesa de un segundo juicio no había sido más que la última antesala de la muerte en el arroyo.
