La noche del miércoles 30 de mayo de 1832, un vivo resplandor se alzaba por encima de un establo de Leicester. Provenía del taller de James Cook, un encuadernador de veintiún años en cuyo oficio solía emplearse un calor intenso. Los vecinos no vieron al principio en ello más que un fuego de trabajo. Pocas horas antes, el señor Paas, fabricante londinense de herramientas de latón destinadas a los encuadernadores, había acudido a reclamar su crédito. No volvió a aparecer por su posada. La lumbre continuó ardiendo tras las vidrieras cubiertas; cuando la puerta fue por fin derribada, lo que se consumía en el hogar no era leña.
La crónica retrospectiva de Camden Pelham sitúa el origen del asunto en una deuda mercantil. Paas, establecido en High Holborn, había suministrado herramientas a Cook, quien acababa de asumir por cuenta propia el taller de su antiguo maestro. Una factura de unas veinticinco libras había vencido; Paas escribió anunciando que viajaría en breve a Leicester para cobrarla. El 30 de mayo se alojó en el Stag and Pheasant y visitó a sus clientes, entre ellos a Cook. Otro comerciante declaró que Paas se había interesado por la solvencia de su deudor y que pensaba regresar por la noche. Aquel fue el último testimonio que lo situó con vida.
Charles Wilkinson, el aprendiz de Cook, de catorce años, afirmó haber visto en el taller a un hombre cuyos rasgos coincidían con los de Paas. Acto seguido, Cook lo despidió enviándolo a su casa hasta nueva orden, a pesar de que el trabajo no escaseaba. Pelham presenta esta dispensa como un hecho insólito, mas no proporciona acta judicial alguna que permita cotejar la declaración.
Hacia las ocho, Cook entró en el Flying Horse, pidió de beber y jugó a los bolos con una templanza que Pelham califica de serena. Solicitó al tabernero Nokes que le cambiara un soberano. Al sacar la moneda, dejó ver una bolsa de seda que contenía, según el testigo, oro, plata y varios billetes. La suma sorprendió a Nokes, aunque no lo movió a interrogar a su parroquiano. Cook regresó al taller y advirtió a la señora Sawbridge, que residía en el piso inferior, de que trabajaría durante la noche y que no debía alarmarse si veía fuego.
A las diez y media, Sawbridge le abrió la puerta. La luz continuaba encendida. A las cuatro y media de la madrugada, Sawbridge encontró a Cook con sus ropas de trabajo, aparentemente ocupado en encuadernar. Este manifestó sentirse débil tras la noche en vela, pidió dar un paseo por los campos en compañía del lechero y de otro hombre, y regresó luego solo al taller.
El jueves, hacia las diez de la noche, los vecinos advirtieron una claridad desacostumbrada tras los visillos. Temiendo un incendio, resolvieron penetrar en el inmueble. Timson, un comisionista que vivía dos portales más allá, subió la escalera y echó la puerta abajo. El fuego excedía con creces su uso ordinario; un pedazo de carne ardía sobre las brasas. Lo retiraron y sofocaron el hogar. Algunas personas creyeron que se trataba de carne de caballo. Cook, a quien fueron a buscar a casa de su padre, preguntó por el camino si el trozo se había consumido por completo. Pelham refiere que pareció angustiado al saber que no, mas recobró la calma cuando le dijeron que lo habían tomado por carne equina.
Interrogado, Cook sostuvo que había comprado aquella carne para un perro que esperaba adquirir y que la había arrojado a las llamas porque comenzaba a corromperse. Declaró habérsela comprado a un desconocido en Humberstone-gate. Sin embargo, las ventanas estaban cubiertas con papel grueso, el fuego había sido desmedido y la naturaleza de la materia seguía sin explicarse. El constable Measures lo arrestó. Al no hallarse el alcalde, actuó al principio bajo su propia autoridad; como conocía a Cook y consideraba vagas las sospechas, aceptó que el padre saliera fiador de su comparecencia. Cook fue puesto en libertad. Al día siguiente, cuando el alcalde lo mandó llamar, ya se había desvanecido.
Tras su huida, los cirujanos Denton y otros facultativos dictaminaron que la carne era humana. Puesto que Paas no había regresado a su posada, se procedió a un nuevo registro del taller. Había restos en la chimenea y otros entre las cenizas; dos muslos y una pierna pendían dentro del conducto de humos. Se halló asimismo la pernera de un pantalón negro manchada de sangre, un portaminas marcado con la inicial P y una polaina del modelo que solía llevar Paas.
El suelo había sido raspado, pero aún se apreciaban manchas oscuras; la chimenea había sido ensanchada y provista de dos barras de hierro. Faltaban la cabeza y el tronco; su paradero no pudo ser esclarecido. En una factura de doce chelines a nombre de Paas se leía la palabra «settled» y las iniciales J. P. Cook declaró más tarde que Paas había escrito dicha palabra en el documento. Pelham apunta que el comerciante acostumbraba a estampar su nombre completo e interpreta el trazo de tinta que cruza la J como la huella de un ademán interrumpido; no consta ningún peritaje caligráfico. El martillo propio del oficio fue señalado como el arma de la agresión, si bien las explicaciones posteriores de Cook mencionaron también una barra de prensa.
La identificación cobró mayor solidez en la pesquisa del coroner, celebrada el 3 de junio en el Dog and Gun. George Cooke, mayoral de carruajes en Loughborough, relató que el viernes anterior había visto a un forastero desaliñado y exhausto en el patio de una posada. Este le mostró un pequeño broche que afirmaba haber encontrado y se lo vendió por dos chelines; le enseñó además un reloj, una leontina y una bolsa. Varios amigos de Paas reconocieron el broche, que el difunto llevaba en memoria de un allegado fallecido. El jurado de instrucción concluyó que los restos pertenecían a Paas y que este había muerto a manos de Cook con intención homicida. Aquella era la resolución del coroner, no la sentencia del proceso criminal.
El agente Cummins había seguido el rastro de Cook hasta Liverpool, donde este pretendía embarcar en una nave con rumbo a América. El martes 5 de junio, un bote se alejó de la orilla con varios hombres a bordo. Cummins lo persiguió desde la otra ribera. Cerca de la orilla opuesta, Cook saltó a las aguas poco profundas. Pelham afirma que intentaba ahogarse; el frasco que extrajo luego de su bolsillo, cuyo contenido se ignora, se hizo pedazos cuando Cummins le sujetó la mano.
En Leicester, Cook no negó haber dado muerte a Paas con sus propias manos, pero rechazó la premeditación homicida. Según sus palabras, se había desatado una reyerta tras el reclamo del dinero; Paas lo habría golpeado y él habría repelido el ataque. El secretario judicial Burbidge le recordó que no estaba obligado a autoincriminarse. Pelham precisa que sus declaraciones se reproducen «en lo sustancial y casi a la letra», mas no como transcripción estenográfica. Cook evocó dos facturas: una de doce chelines que afirmaba haber saldado y otra de mayor cuantía.
A los constables, Cook les habría manifestado que Paas le arrojó un martillo que lo alcanzó en el hombro, tras lo cual él le asestó un golpe con una barra de prensa. Interrogado por Burbidge el viernes, declaró haber quemado el cuerpo en fragmentos a lo largo de la noche y haber esparcido paja sobre el entarimado. Estas explicaciones no casaban del todo con los restos ya descubiertos; el texto de la crónica no zanja estas contradicciones materiales.
Cook fue remitido ante el tribunal de lo criminal el 9 de junio; los restos de Paas recibieron sepultura en Londres el día 11. En prisión, Cook reiteró su versión sin desvelar la suerte de la cabeza y el torso. Estimó en cincuenta o sesenta libras el dinero sustraído, de las cuales treinta correspondían a billetes. Tales importes proceden de sus propias declaraciones y no coinciden con exactitud con las demás sumas mencionadas en la crónica.
En las cortes de lo criminal de Leicester, el 7 de agosto, la acusación se formuló por asesinato premeditado. La crónica indica que el auto de procesamiento contemplaba diversas modalidades para la comisión del delito, pero no detalla los alegatos. Refiere únicamente que Cook, llamado a pronunciarse, se reconoció culpable, declaró comprender los efectos de su confesión y rehusó retractarse. El juez dictó la pena capital y ordenó que el cadáver fuera expuesto en la horca. Conviene distinguir esta resolución —una declaración judicial de culpabilidad referida por el cronista— del veredicto formulado por el coroner en junio.
Antes de su ejecución, Cook pronunció, según Pelham, una confesión más minuciosa. Dijo haber concebido el crimen una semana antes y describió a Paas examinando la encuadernación de un libro antes de ser golpeado con una herramienta del taller. Justificó su acción por el afán de obtener el dinero necesario para huir a América y adujo la vanidad como móvil. Dicha aseveración contradecía su versión anterior de un altercado imprevisto. Con todo, no deja de ser el relato tardío de un reo transmitido por una crónica posterior; ningún testigo presencial corroboró los hechos. Cook añadió que la frecuentación de ciertas asambleas de jóvenes deístas había descarriado su carácter. Pelham atribuye a esta apostilla una intención moralizadora; no prueba en modo alguno el asesinato ni su verdadero móvil.
Cook fue ahorcado frente a la prisión de Leicester el viernes 10 de agosto. Tras la ejecución, se devolvió el cadáver al penal; le raparon y embadurnaron la cabeza con brea, y sujetaron sus miembros con cadenas antes de exponerlo en Saffron Lane, cerca del fielato de Aylestone. El poste, de treinta y tres pies de altura, congregó a millares de curiosos; los vecinos protestaron. El martes siguiente, el Ministerio del Interior ordenó retirarlo y conmutó esa parte de la pena. Pelham articula la causa en torno a un recibo interrumpido, un resplandor tras los visillos y un broche reconocido. Su crónica no ofrece el acta íntegra del juicio ni los documentos originales: nos lega una acusación devenida en confesión, sin resolver todas las incógnitas que dejaron los restos desaparecidos y las versiones mudables de Cook.
