En 1815, James Mackcoull se presentó en Glasgow para reclamar unas letras de cambio y unos billetes incautados por las autoridades. Afirmaba que eran suyos. Los banqueros, por su parte, sostenían que dichos efectos habían sido adquiridos con el dinero sustraído de su propia entidad. Durante cinco años, el asunto transitó del intercambio epistolar con los magistrados a la vía civil, y luego a dos procesos donde Mackcoull hubo de responder por fin sobre el origen de aquellos fondos.
El individuo había mudado ya repetidas veces de vida y de nombre. Nacido en Londres en 1763, se crio en el seno de una familia numerosa: su padre confeccionaba cuadernos antes de ingresar como funcionario municipal; un hermano menor pereció en la horca por robo callejero, en tanto que su madre y sus hermanas sufrieron frecuentes condenas por faltas menores. Mackcoull no tardó en iniciarse en el oficio. En la escuela despojaba de sus juguetes a los demás niños; pronto se le vio rondar al vendedor ambulante de comida para gatos, quien solía colgar la faltriquera del varal de su carreta. En cuanto el trajinante se descuidó, James cortó el cordel y huyó con el dinero.
Su padre lo colocó de aprendiz con un curtidor de badanas en Clerkenwell. El joven persistió en frecuentar a sus viejos compinches y fue despedido. Tras el robo de unos sellos de reloj en Saint James’s Park, la guardia detuvo a su cómplice. Mackcoull burló la captura embarcándose de noche en un pontón de reclutamiento anclado en Tower Hill, donde sentó plaza como voluntario.
La marina lo retuvo durante años. Sirvió como asistente de cámara en la fragata Apollo y más tarde en el Centurion. Alcanzó al cabo la plaza de auxiliar del comisario de víveres, empleo en el que acumuló una suma considerable a lo largo de nueve años. En 1785 regresó a Londres; dilapidó sus ahorros en el juego y en las malas compañías de la urbe, para regresar enseguida a las andadas. Tenía fama de púgil, tahúr y carterista; no vacilaba en aproximarse a los devotos en el propio templo. Cierto día se apoderó del reloj de faltriquera del predicador cuando este descendía del púlpito. Sus cofrades le encasquetaron entonces el apodo de «el filósofo pagano».
A los veintiocho años desposó a la dueña de una casa de citas y amuebló con esmero el domicilio común en Clifford’s Inn Passage. Aquel aposento sirvió asimismo de depósito para el género hurtado. Al descubrirse el escondite, abandonó Londres. Hacia 1802 recorrió Alemania bajo el nombre de Moffat, haciéndose pasar por mercader inglés; falto de numerario, volvió a robar en cuantas ciudades cruzaba. En 1805 regresó a Gran Bretaña y se dirigió a Escocia, donde fingió ser tratante de cueros.
Allí participó, en compañía de Huffey White y de un sujeto apodado French, en el expolio de un banco escocés. Mackcoull retuvo para sí ocho mil libras del botín. Mientras la opinión general lo creía huido a las Antillas, él permanecía en suelo escocés dando salida a los billetes.
En 1812 reapareció en Londres. La entidad bancaria no había olvidado las ocho mil libras extraviadas. Prendido y trasladado a Glasgow, no desmintió formalmente su concurso en el golpe, pero ofreció restituir mil libras y entregó una letra por valor de cuatrocientas. Los banqueros no disponían aún de pruebas bastantes para fundamentar su culpabilidad, de suerte que quedó en libertad en julio. Según refiere Pelham, el comisionado del banco recibió poco después mil libras de manos del procurador Harmer, suma que Mackcoull recobró más tarde mediante una demanda contra el propio letrado por haber desembolsado tales fondos sin la debida autorización.
Mackcoull no se limitó a las identidades de Moffat y Mackcoull. En compañía de un tal Harrison, transitó por Escocia adquiriendo efectos mercantiles bajo el alias de James Martin, al tiempo que presentaba a Harrison como un caballero intachable. En 1812 abrió asimismo una cuenta de depósito en la banca Marsh y Compañía con el nombre de James Ibel, legando a acumular allí más de dos mil libras en un solo momento.
En marzo de 1813 regresó a Escocia con el propósito de colocar más billetes. Esta vez fue apresado; los magistrados le incautaron letras suscritas a nombre de James Martin por un importe cercano al millar de libras. Recuperó pronto la libertad, pero los títulos quedaron retenidos por los banqueros. Dos años más tarde reclamó su restitución por vía epistolar, para presentarse luego en Glasgow y exigirla en persona. La negativa judicial lo impulsó a entablar una demanda contra los magistrados. El litigio se prolongó durante un lustro: Mackcoull asistía a las vistas e instruía a su procurador, mientras el banco cargaba con la obligación de demostrar que aquellas letras procedían del canje de billetes robados. De no probarlo, la entidad se exponía a devolver los efectos y pagar las costas del litigio; Mackcoull planeaba exigir a continuación una cuantiosa indemnización. Así, la banca sufragaba en parte la acción judicial incoada por el mismo individuo a quien acusaba de haberla saqueado.
Ante el tribunal se presentó como comerciante y alegó sostener negocios sobre todo con James Martin, nombre bajo el cual él mismo había adquirido las letras. Preguntado por el domicilio de Martin, fue incapaz de dar razón de su paradero. Replicaba a los interrogatorios con la desenvoltura de un jurisconsulto, encogía los hombros con desdén ante las alusiones a su turbio pasado y sonreía cada vez que la sala celebraba sus salidas de tono. La sesión concluía sin fallo; él regresaba a Londres de excelente humor para preparar la siguiente maniobra con su hermano John.
En diciembre de 1819, la causa fue remitida a una nueva audiencia con el fin de determinar si Mackcoull había participado materialmente en el asalto. Con objeto de preparar la acusación, el banco comisionó a Londres a Donovan, oficial de Edimburgo, con la misión de reconstruir la ruta de los salteadores y localizar testigos. Donovan regresó acompañado por Scoltop, el artesano que había forjado las ganzúas empleadas en el robo, varios mozos de posada, la señora Huffey White y la propia esposa de Mackcoull, resuelta a testificar contra su marido. El juicio civil se celebró, según Pelham, el 11 de mayo de 1820, con un concurso de público tan nutrido que cegó las puertas del tribunal.
Al toparse de improviso con Scoltop, la serenidad de Mackcoull flaqueó. Salió varias veces de la sala y, al fijar la vista en el forjador de los útiles, cayó desvanecido. El testimonio coordinado de los testigos aportados por Donovan demostró su implicación directa en el saqueo. Pocas semanas después, el 19 de junio, fue encausado por lo penal ante el Tribunal Superior de Justicia de Escocia. Desfilaron de nuevo los mismos comparecientes; el jurado emitió veredicto de culpabilidad y el tribunal dictó sentencia de muerte. Mackcoull paseó entonces por la sala una mirada extraviada, apretó los dientes y encajó la condena con un rictus sardónico. Ya en el penal, su arrogancia se desmoronó por entero: declaró que, sin la mirada vigilante de la Providencia, jamás se habría trabado una cadena probatoria tan perfecta. Recobró luego el aplomo y acogió con jovialidad a los curiosos que acudían a contemplarlo a la celda.
Su esposa, a quien tanto había maltratado en vida, acudió a visitarlo y le llevó provisiones para hacer más llevadera la prisión. Intercedió asimismo en favor de un indulto. El 14 de julio sobrevino una primera suspensión de la pena capital; tres semanas más tarde, una nueva providencia conmutó la ejecución en tanto el monarca no ordenara lo contrario. Mackcoull escapó de la soga. En agosto cayó enfermo de gravedad; sus fuerzas físicas y facultades mentales declinaron con rapidez, y sus cabellos negros mudaron a un blanco ceniciento. Falleció en la cárcel del condado de Edimburgo el 22 de diciembre de 1820, y su mujer costeó su entierro en el camposanto de Calton.
