A la una de la madrugada, en la noche del 3 al 4 de marzo de 1820, un centinela de los cuarteles de artillería de Woolwich distinguió una densa humareda sobre la casa de Thomas Parker. Las llamas asomaban ya por la ventana del salón. Los artilleros golpearon la puerta sin obtener respuesta alguna; acudieron dos bombas de mano, tras lo cual los hombres forzaron la entrada y subieron al piso superior. Un aposento comenzaba a arder y otro se hallaba envuelto en llamas, mas no había rastro de Parker ni de su ama de llaves.
Los soldados prosiguieron la búsqueda mientras el fuego ganaba terreno de una pieza a otra. Para atajarlo, perforaron el entarimado de una alcoba y vertieron agua en ella, al tiempo que las bombas continuaban su labor desde la calle. La tropa había alcanzado primero la estancia del piso principal: allí el fuego había prendido en el ajuar del lecho, sin que se viera morador alguno. En el aposento superior debieron sofocar las llamas antes de proseguir las pesquisas. Entre tanto, el incendio se reanudaba con violencia en el salón y amenazaba con extenderse a las plantas altas; el auxilio a los habitantes dependía ya por entero de sofocar aquel nuevo peligro. Cuando por fin se logró franquear la puerta del salón, un artillero descubrió dos cadáveres tendidos tras ella. El primero correspondía a Parker, antiguo joyero de Londres, de setenta años de edad; el otro, a Sarah Brown, su sirvienta, de unos cuarenta y cinco. Parker se hallaba casi consumido por completo: tan solo su pierna izquierda, con una media de seda negra y el zapato, había permanecido intacta. Su cráneo, empero, había resistido a las llamas; en la región occipital izquierda se apreció una profunda fractura. Brown yacía boca abajo, con las ropas en parte carbonizadas y los largos cabellos enmarañados; presentaba una herida sobre el ojo y tres fracturas en la parte posterior de la cabeza.
A la casa se le había prendido fuego en tres puntos distintos: el salón de la planta baja, una estancia del primer piso y otra del segundo. Había mantas clavadas en todas las ventanas. Se habían abierto los cajones, arrojado vestidos por el suelo y dispersado piezas de platería por la cocina. El reconocimiento de los cuerpos se practicó al romper el día. En el de Brown, la herida sobre el ojo parecía obra de un instrumento contundente. A los estragos del fuego se sumaban, pues, las marcas de los golpes: cuanto habían descubierto los artilleros no era un mero siniestro doméstico. Pelham, el cronista de 1891, expone el incendio como el recurso elegido para encubrir los asesinatos. Las mantas, según refiere, parecían destinadas a hurtar a las miradas exteriores la acción del fuego que devoraba el interior.
Parker había labrado su fortuna como joyero en Londres para retirarse luego a Woolwich, veintitrés años atrás. Habitaba una casa en Mulgrave-place, sobre Red Lion Street, no lejos de los acuartelamientos. Brown cuidaba de su gobierno doméstico. Pelham lo retrata como un caballero inofensivo, de maneras distinguidas y respetado por todo el vecindario; en aquella noche de fuego, fueron precisamente los hombres de ese entorno militar quienes penetraron en su morada, primero para abatir las llamas y después para buscar a quienes aún creían poder salvar con vida.
Varias personas fueron arrestadas por meras sospechas que no resistieron el examen, y quedaron luego en libertad. Al cabo se apresó en Portsmouth a un individuo que se hacía llamar James Watson. En su poder se hallaron diversos efectos pertenecientes a Parker, en particular dos relojes, cucharas y un cucharón de plata. Su verdadero nombre, afirma la crónica, era James Nesbett. Había servido veintitrés años en la artillería antes de avecindarse en Woolwich, donde su esposa regentaba una tienda. El matrimonio contaba con cinco hijos: el primogénito tenía dieciocho años y el más pequeño apenas dieciséis meses.
Nesbett llevaba asimismo una existencia de contrabandista. Pelham lo describe entregado al tráfico clandestino de encajes y sedas de Francia, y al transporte de mercancías prohibidas en sentido inverso. Dicha actividad lo había llevado a residir en Portsmouth, donde cohabitaba con una mujer que vendría a ser el principal testigo de cargo. Advirtió ella que el hombre se agitaba en sueños y que tales sobresaltos la atemorizaban, por lo que abandonó el aposento compartido. Nesbett logró su retorno a fuerza de dádivas. Para justificar su desasosiego, le confió haber dado muerte a dos hombres en duelo y a una mujer de un solo golpe; le prometió revelarle aún otro secreto, pero fue prendido antes de llegar a confiárselo. La declaración de esta mujer atañía, pues, a confindencias recibidas y conductas observadas en Portsmouth; en modo alguno daba fe de una escena homicida presenciada por ella en Woolwich.
Conducido de vuelta a Woolwich, Nesbett fue recibido por el clamor hostil de la multitud. La crónica asienta que tal griterío lo conmovió hasta el extremo de que hubieron de llevarlo en vilo ante los magistrados, reunidos entonces en audiencia. Negó en un principio el crimen. Tras su ingreso en la prisión de Maidstone, admitió haber tenido conocimiento de los hechos y aseguró haber montado guardia ante la casa mientras otros perpetraban la matanza en el interior. Apuntó a viejos soldados a quienes dijo no conocer. Pelham desecha esta versión y sostiene que Nesbett obró en solitario, si bien no reproduce la totalidad de las actuaciones que fundamentaban semejante conclusión.
Los pesquisidores y los testigos aportaron otros indicios durante el juicio. A su llegada a Portsmouth, Nesbett había llamado la atención por la notable agudeza de su vista; tras el incendio, salía tocado con unas gafas que la crónica identifica como pertenecientes a Parker. Se había mudado asimismo de indumentaria a fin de disfrazarse, precauciones que no impidieron que fuera reconocido. No se rindió sin presentar batalla: Pelham asegura que intentó disparar contra los agentes con pistolas cargadas, empeño que estos lograron frustrar. Los relojes, la vajilla de plata, las gafas, sus ropajes y las palabras atribuidas por la mujer de Portsmouth fueron esgrimidos en su contra.
La vista judicial se abrió el 28 de julio de 1820. El jurado lo declaró culpable tras una breve deliberación. Tres días más tarde, el 31 de julio, fue ajusticiado en Pennenden Heath, en las inmediaciones de Maidstone. Pelham lo retrata sereno y dueño de sí durante la vista; tras oír la sentencia condenatoria, reconoció la justicia de su castigo.
Los soldados habían irrumpido en la vivienda para combatir el fuego y salieron de ella tras descubrir un doble homicidio. En Portsmouth, la pesquisa desanduvo el camino: los relojes y las gafas, sustraídos de la casa, devolvieron al hombre del nombre supuesto ante la sombra de sus víctimas.
