A las nueve de la mañana del martes 11 de abril de 1727, se halló el cadáver de Widdington Darby en los aposentos que ocupaba en el Temple. Las pesquisas de este caso se abrieron sobre una ausencia: la del criado, que se había retirado a su propio hogar la víspera por la noche, y muy pronto la de un individuo a quien las primeras indagaciones aún no podían poner nombre.
Darby era joven y, según refiere la crónica conservada, se desenvolvía con distinción en la sociedad. Acostumbraba a lucir sortijas, una tabaquera ricamente labrada y un notable reloj de oro. Tales prendas, cuya prestancia las hacía muy notorias, excitaron acaso la codicia de algún conocido; la crónica sugiere esta posibilidad sin aportar prueba concluyente de ella. Las estancias dependían del despacho de sir George Cook. Como el sirviente de Darby pernoctaba en otro lugar y se marchaba cada atardecer, la estancia quedaba desprovista de vigilancia una vez despedidas las visitas.
La víspera, o más exactamente durante la noche que precedió al hallazgo, Darby había agasajado a una concurrida concurrencia. Los comensales cenaron hasta tarde y no se marcharon sino hacia las once; el criado partió poco después. A la mañana siguiente, su amo fue descubierto en el gabinete, muerto de un disparo de pistola en la cabeza. La oreja y una mano presentaban cortes visibles. Habían desaparecido los anillos, el reloj y otras alhajas de valor; el bargueño o escribanía había sido forzado, sustrayéndose tanto el dinero como la lencería que custodiaba. La violencia y la expoliación se manifestaban de forma conjunta, si bien las circunstancias no permitían discernir aún cuál de los dos actos había motivado al otro.
Al día siguiente, el juez de instrucción o forense congregó a su jurado en el escenario de los hechos. Al no descubrirse ningún indicio que señalase al culpable, suspendió la vista sin fijar nueva fecha y dispuso que el cuerpo recibiera sepultura en una bóveda de la iglesia de San Andrés, en Holborn. Transcurrió algún tiempo antes de que una confidencia encauzase las sospechas. Esta demora no hizo desaparecer los bienes robados ni saldó las deudas de quienes habían frecuentado a Darby; únicamente faltaba que uno de aquellos hilos, dispersos hasta entonces, viniera a anudarse con los demás.
El señor Moody, que había formado parte del jurado del forense, supo que cierto Henry Fisher, sumido hasta entonces en una estrechez constante, disfrutaba de pronto de una holgada suma de dinero. Darby lo había conocido y auxiliado en reiteradas ocasiones. Tras el asesinato, Fisher había satisfecho deudas apremiantes y hacía ostentación de efectos valiosos de los que antes carecía. Semejante mudanza nada probaba por sí sola; con todo, merecía cotejarse con el robo perpetrado en el Temple. Moody comunicó el hecho al señor York, quien ponía gran empeño en averiguar la identidad del homicida. Ambos acordaron acudir a Willoughby, arrendador de Fisher, hombre reputado de honrado y en mejor posición que ellos para inspeccionar las pertenencias que el huésped guardaba en su cuarto.
Lo hallaron en una taberna de Southampton Street y le expusieron las fundadas sospechas que recaían sobre su inquilino. De vuelta en su casa, Willoughby aprovechó la ausencia de Fisher para abrir un cajón o arquilla. Halló en su interior la tapa y la base de una tabaquera, un antifaz y un par de vuelillos o puños de encaje. York reconoció las piezas de la tabaquera como propiedad de Darby; sospechó asimismo que los puños pertenecían al difunto. El hallazgo no resolvía la autoría del crimen, pero situaba objetos despojados en manos de un individuo al que su repentina fortuna ya volvía sospechoso.
Se precisaba a partir de entonces la intervención de la autoridad judicial. Los tres hombres comparecieron ante sir William Thompson a fin de recabar una orden de detención, prestando juramento sobre los pormenores de su descubrimiento. Una mujer sumó a ello un testimonio singular: antes de ver el puño incautado, exhibió un retal de encaje y afirmó que, de pertenecer la prenda a Darby, ambos fragmentos debían encajar con exactitud. El cotejo confirmó la coincidencia. Willoughby juró asimismo que el mismo día del crimen Fisher le había pedido prestada media corona para pagar a su lavandera, tan falto de caudales se hallaba entonces. Con tales elementos, Thompson libró la orden de arresto.
Otra mujer declaró haber divisado, en las inmediaciones de los aposentos de Darby y a lo largo de la noche de autos, a un individuo de gran parecido con Fisher. Un testigo más aseguró bajo juramento que Fisher no había regresado a su alojamiento hasta cerca de las dos de la madrugada del martes en que se descubrió el cuerpo. Hacia las ocho, un mozo de cuerda le notificó el óbito; el texto consigna que apenas mostró emoción y procedió a encerrarse durante varias horas. Esta actitud fue tenida por sospechosa, si bien el temple o semblante de un hombre no basta para acreditar un delito. Los pesquisidores contaban ya con objetos, horarios y declaraciones que elevar al criterio del magistrado.
Fisher fue apresado a su regreso, hacia las dos de la madrugada, por Willoughby, York y Moody, secundados por un alguacil. El domingo a mediodía compareció ante sir William Thompson para su interrogatorio. Declaró que, hacia finales de la semana del homicidio, mientras cruzaba Lincoln’s Inn Fields sobre las cuatro de la tarde, había recogido al pie del muro de los jardines de Lincoln’s Inn un paquete envuelto en papel blanco. Este contenía, según su versión, diversas alhajas de gran precio pertenecientes al finado. Reconoció haber vendido unos diamantes a un joyero de Paternoster Row por diez guineas, empeñado el reloj por nueve guineas a un latonero de Bond Street y vendido la cadena y los botones de suspensión a un particular de Lombard Street.
Negó tajantemente tener conocimiento alguno del asesinato e insistió en que, a la hora del crimen, se hallaba jugando al billar en Duke Street, cerca de St. James. Al ser arrestado, se hallaron en su poder dos sortijas de Darby; se les habían extraído las gemas y los aros estaban envueltos en un papel. Llevaba asimismo un sello al que se le habían raspado las armas heráldicas. Estos efectos quedaron incorporados a las actuaciones, y Fisher fue ingresado en Newgate. Su versión sobre el envoltorio hallado en los jardines contrastaba vivamente con los indicios reunidos en su aposento y sobre su propia persona.
La instrucción no se detuvo en los efectos recuperados. Poco después, el forense emitió un mandamiento y una providencia de la Cámara de los Comunes autorizó la exhumación del cuerpo de Darby. En presencia de varios facultativos y testigos, un eminente cirujano procedió a la trepanación del cráneo. Observó una ancha herida desgarrada cerca de la oreja izquierda y comprobó que el hueso temporal de dicho lado presentaba una grave fractura, con astillas óseas incrustadas en la masa encefálica. El temporal opuesto aparecía quebrado en un punto simétrico. Al retirar el cirujano el cerebro, cayó una bala sobre el almohadón dispuesto en el suelo bajo la cabeza.
Se cotejó el proyectil con otras balas encontradas en poder de Fisher, quien permanecía recluido en Newgate bajo sospecha de homicidio. La bala extraída parecía haber sido fundida en el mismo molde que las restantes; apenas difería en peso con respecto a una de ellas y ajustaba en el ánima de una de las pistolas halladas al sospechoso. Ciertas trazas inducían a pensar que el arma había sido disparada, aun cuando estuviese de nuevo cargada. La crónica consigna de este modo una serie de coincidencias materiales; no obstante, omite las actas periciales técnicas y no autoriza a transformar el vocablo «parecía» en una certidumbre incontestable.
El origen social de Fisher confirió mayor resonancia a su caída a ojos del cronista. Era hijo de un pañero de sólida reputación del oeste de Inglaterra, quien lo había enviado a Londres como pasante en el bufete de un procurador. Su progenitor, añade el relato, había hecho cuanto estaba a su alcance y dictaba la prudencia por su porvenir. Fisher, sin embargo, gastaba más de lo que recibía y había recurrido a menudo al auxilio pecuniario de Darby en momentos de penuria. En prisión hacía gala de una desenvoltura y un desenfado que el cronista consideraba impropios; para la mayoría, las evidencias acumuladas eran tan abrumadoras que su condena se daba por segura. Conviene no confundir esta opinión común con una sentencia firme: ningún juicio contra Fisher consta en los anales.
La crónica no recoge fallo judicial alguno contra Fisher. Mientras unos albañiles trabajaban en unas celdas en construcción, Fisher y Roger Johnson aprovecharon un tabique cerrado únicamente con listones y yeso, abrieron una brecha en él y descendieron por la escala de uno de los operarios. De este modo abandonaron Newgate. Johnson fue capturado con posterioridad y encausado por quebrantamiento de condena; alegó que la fuga había sido obra de Fisher y resultó absuelto. En cuanto a Henry Fisher, a quien el relato sigue designando como presunto verdugo de Darby, jamás volvió a saberse de su paradero.
El paquete hallado junto al muro de los jardines, las alhajas enajenadas y los dos fugitivos dejaron la causa inconclusa. La crónica dejó asentados los motivos de sospecha, la autopsia del cadáver y una evasión; no documentó condena alguna ni refutación definitiva al desmentido de Fisher. Permanece, por consiguiente, como un hombre gravemente incriminado, no como un condenado cuyo destino final se conozca. El silencio final del legajo es el de un proceso interrumpido, jamás la certidumbre de una sentencia que nadie dejó escrita.
