El lunes 19 de noviembre de 1883, la tienda de Albert, comerciante de muebles de la rue de Madame, cerca de la rue de Vaugirard, permaneció cerrada. El vecindario concibió extrañeza. Su sobrino, domiciliado en la rue de Sèvres, recibió aviso; un cerrajero forzó la entrada. Albert yacía en el suelo, inanimado, el cuerpo yerto, empuñando con firmeza un periódico entre los dedos. Era público y notorio que no sabía leer. Su gorra, de la que jamás se desprendía, había sido arrojada tras una cómoda. Pese a todo, el facultativo convocado de urgencia no halló vestigio alguno de violencia corporal, atribuyendo el óbito a la afección pulmonar de la que el comerciante se dolía de antiguo.
Faltaban el dinero y las alhajas, pero la hija del finado, su única heredera, residía en Inglaterra. Los precintos judiciales se fijaron sin que nadie advirtiese la sustracción de los valores. El periódico abandonado entre las manos y la gorra apartada de la cabeza quedaron como pormenores sin respuesta inmediata. Nada, durante la pesquisa preliminar, elevó aquellos indicios a la categoría de acusación formal.
Año y medio más tarde, el Tribunal de lo Criminal del Sena incoaba la causa bajo un epígrafe inequívoco: «Asesinato y robo. Cuatro acusados». Alphonse Blum y François Thomas comparecían por una dilatada cadena de expolios y por el asesinato de Albert; Léon Cornu y la mujer Lançon figuraban encausados en calidad de receptadores. Thomas había prestado servicios antaño en la tienda de la víctima. La crónica del 28 de mayo de 1885 inscribe el suceso en una trama de mayor envergadura: más de cincuenta robos perpetrados en menos de un año, de los cuales cuarenta y cuatro reunían circunstancias agravantes reservadas a las cortes de lo criminal. El periódico desgranaba la nómina de barrios parisinos donde ambos habrían actuado, eludiendo pormenorizar cada delito. El ministerio público les imputaba un método riguroso: asaltar las buhardillas durante la ausencia de la servidumbre, forzar las cerraduras o servirse de llaves falsas, acaparar numerario y joyas, y trasladar a renglón seguido sus operaciones de un distrito a otro. Se trataba de la semblanza inculpatoria de un hábito delictivo, no del inventario exhaustivo de las cincuenta fechorías.
Blum había caído bajo custodia el 9 de julio de 1884, sorprendido in fraganti, según el ministerio fiscal, cuando intentaba penetrar en el domicilio de una tal señora Lelong. Thomas había emprendido la fuga, siendo capturado con posterioridad a resultas de un proceso distinto, ocasión en la que adoptó el patronímico de Lafleur. Durante su detención desveló los robos consumados en concierto con Blum. Este testimonio no se admitió como prueba concluyente por sí solo: la crónica judicial hace constar que los agentes cotejaron cada detalle facilitado y que numerosos efectos fueron recobrados en poder de las personas a quienes se habían confiado o vendido. El rotativo advierte asimismo de las vacilaciones de ambos procesados, quienes, tras delatar a ciertos cómplices, se retractaron de sus acusaciones. El texto evidencia una doble cautela, aun dentro de su prosa severa: las confesiones podían guiar las indagaciones, pero su veracidad demandaba contraste con las denuncias obrantes y las piezas recuperadas. La crónica omite el expediente documental de tal verificación; únicamente traslada las conclusiones formuladas por la parte acusadora.
La fiscalía retrataba a la mujer Lançon, trapera en la avenue du Maine, como el cauce habitual para dar salida a lo desvalijado. Ella negó toda conducta ajena a las transacciones mercantiles legítimas. Los pesquisas, a juicio del diario, le afeaban la ausencia de asientos registrales, la asiduidad de las compras, su módico precio y las alhajas quebradas que le eran suministradas. Cornu, apuntador en un modesto coliseo teatral, adujo haber recibido diversos efectos en depósito por deferencia hacia sus amistades. También él juró su inocencia. Son valoraciones pertenecientes al relato de la acusación; no dilucidan, de forma unívoca, el grado de conocimiento que asistía a cada cual en el momento de las entregas.
El auto fiscal reconducía acto seguido aquella serie delictiva a la pequeña tienda de la rue de Madame. Conforme al dicho de Thomas, Albert pereció estrangulado a manos de él y de Blum. El sumario sitúa su comparecencia en una noche de noviembre de 1883, hacia las ocho, cuando el comerciante ultimaba el cierre. Fingieron interesarse por la adquisición de un mueble. Albert les permitió el paso, con una lámpara en la mano, guiándolos hasta la trastienda.
La narración nacida de las confesiones atribuía a Blum el primer embate: rodeó con un pañuelo el cuello del anciano. Albert cayó derribado, arrastrando consigo la lámpara, que quedó extinguida. Los dos asaltantes buscaron cerillas a tientas; según Thomas, Albert aún estertoraba cuando Blum le atenazó la garganta hasta dejarlo sin vida. Revolvieron el mobiliario, cobrándose un reloj de oro, una bolsa encarnada con un centenar de francos, una leontina de plata y demás piezas menores. Luego dispusieron un periódico entre las manos del cadáver y echaron la puerta tras de sí. En esta versión, el objeto que en un inicio postergó los recelos se revelaba como el atrezo de una escenografía calculada para sugerir un fallecimiento repentino.
La bolsa encarnada, labor antigua confeccionada por la hija de Albert, fue descubierta en casa de Cornu entre los objetos allegados por Thomas y Blum. La crónica subraya la importancia del reloj: un convecino había presenciado cómo la víctima ponía en hora su reloj la víspera de expirar; los operarios habían percibido sus jornales poco antes del crimen y constatado que el patrono conservaba todavía un centenar de francos. La desaparición de los caudales no descansaba, por ende, en el testimonio exclusivo de Thomas. Con todo, aquellos indicios acreditaban la sustracción con mayor firmeza que el acto material del homicidio.
Ante el presidente del tribunal, Blum y Thomas admitieron los diversos hurtos sustanciados en la instrucción. En lo relativo a la muerte de Albert, rehusaron toda culpabilidad. La postura esgrimida ante el jurado sostenía que Albert, de edad muy avanzada, sufrió tal sobresalto al verles irrumpir que sucumbió de manera fulminante. Reconocían con ello una fracción sustancial de los delitos enjuiciados, al tiempo que repelían el cargo de mayor gravedad. El diario no reproduce la deposición de los testigos ni el tenor literal de los interrogatorios del jurado.
El 28 de mayo se suspendió la sesión cuando comenzaba la declaración de los setenta testigos anunciados. El curso ulterior de sus testimonios no figura en las páginas conservadas. El informe del 31 de mayo compendió la sesión postrera del día 30: el fiscal general Bernard sostuvo la acusación con vehemencia, reclamando a los jurados un fallo implacable contra Blum y Thomas. Sus letrados, Roger-Baron y Drivon, pugnaron por descartar el cargo de asesinato. Quignard y Magnin postularon la libre absolución para la mujer Lançon y para Cornu; el rotativo no recoge el pormenor de sus alegatos.
Tras dos horas de deliberación, los miembros del jurado respondieron afirmativamente a las cuestiones planteadas, salvo a la relativa a la premeditación en lo tocante a Blum y Thomas. Se concedió a Cornu el beneficio de circunstancias atenuantes. El tribunal condenó a Blum y a Thomas a la última pena, a Lançon a cinco años de trabajos forzados y diez de vigilancia policial, y a Cornu a cinco años de reclusión. La Gazette no documenta el ajusticiamiento de Blum y Thomas; estos dos extractos de prensa dejan en suspenso el desenlace definitivo.
Entre el periódico depositado en la mano inerte de Albert y el reloj desaparecido, los objetos articulaban versiones contradictorias: el primero fingía una muerte pacífica, el segundo delataba la rapiña. Se había convocado a setenta testigos, mas sus voces quedan fuera del marco de estas dos crónicas. Lo conservado en letra de molde resulta más sobrio: las confesiones achacadas a Thomas, el desmentido de ambos reos en estrados, una bolsa recobrada y la resolución del tribunal colegiado, con su tajante exclusión de la alevosía. El término del pleito no disipó las brumas de aquella primera noche; fijó únicamente el castigo que la justicia descargó sobre los cuatro acusados.
