En el establecimiento de Fontana, en el número 7 de la calle Beaujolais, tres clientes encargaron una pluma de oro y facilitaron su dirección exacta, en el número 8 de la calle de Roma. Una hora más tarde, en la joyería Boucheron, desaparecía una sortija; el marido anotó en la agenda del dependiente otra dirección distinta: el 25 de la calle del Coliseo. Mas el primer comerciante no había olvidado los rostros de sus visitantes, y el regreso de Dautaud a su tienda restableció el vínculo entre ambas casas. Así es como la Gazette traba los supuestos hurtos en torno a una leontina, una sortija y dos direcciones, de las cuales solo una conducía a la morada de los acusados.
El artículo vio la luz el 21 de junio de 1877 y daba cuenta de una vista celebrada la víspera ante la undécima sala del Tribunal Correccional de París, bajo la presidencia del señor Brizout de Barneville. No se trataba de un juicio con jurado en la Audiencia. Los tres encausados fueron condenados por dicho tribunal. La crónica no reproduce íntegras las intervenciones de la defensa ni los fundamentos pormenorizados de la sentencia; expone un atestado policial, el escrito de acusación fiscal, diversos extractos de interrogatorios y el fallo final.
El periódico asienta en primer término las identidades según el orden que figura en la lista de procesados: Salvador López Méndez, de veintinueve años, secretario particular del general Pulgar; Carmen Lossada, de diecinueve años, esposa del anterior; y «Virgina Palenzuela», de treinta años, llamada la mujer de Pulgar. Esta última es presentada como la esposa del general, antiguo ministro plenipotenciario de Venezuela en París. En los párrafos siguientes se la designa con frecuencia como «la mujer Pulgar» o «la tía» de Carmen. Se trata de la misma señora y tía, no de una cuarta encausada. El general, por su parte, no ocupó el banquillo de los acusados ni figuró entre los condenados.
La reseña se abre con la mención de sesenta y cinco mil francos en títulos y valores hallados en poder de la mujer Pulgar. Recoge a continuación los términos de un informe policial leído en la sala: entre los documentos del piso del número 8 de la calle de Roma se hallaban cartas relativas a los asuntos políticos del general. Este se encontraba a la sazón en Fort-de-France; las misivas aludían a armas y pertrechos destinados a Venezuela. El diario atribuye a dicho informe la conjetura de que preparaba una revolución. Tales pormenores atañen al marido ausente y a los papeles incautados; no constituyen un cargo político contra los tres encausados en el proceso juzgado.
El mismo atestado hace mención de letras de cambio. El general habría remitido a su esposa cien libras esterlinas y, más tarde, otras doscientas. Sus parientes, rezaba el documento, le habían enviado el año precedente dos mil seiscientas libras, tasadas en sesenta y cinco mil francos, distribuidas en cuatro letras de cambio halladas en su domicilio y que al parecer no habían sido cobradas. Dicha cantidad coincide con la señalada al inicio del artículo, mas la Gazette no afirma en modo alguno que aquel dinero procediera de los hurtos. Reproduce asimismo una carta firmada por varios antiguos diplomáticos venezolanos que salían en defensa de la honra de la familia y manifestaban su asombro ante los hechos imputados a los López Méndez y a la señora Pulgar. Estos documentos trazan el marco en que se relató el caso; no suplen la realidad material de los actos reprochados en las tiendas.
El primero de ellos se situó el 1 de mayo, entre las cuatro y media y las cinco de la tarde, en el establecimiento de Fontana, joyero del número 7 de la calle Beaujolais. Tres extranjeros, según el escrito de acusación reproducido por la Gazette, habían entrado a comprar una pluma de oro. La mujer Pulgar y López encargaron una, solicitaron que se grabaran en ella las iniciales J. M. H. y dieron las señas del número 8 de la calle de Roma, dejando en pago otra pluma de oro. Tras su marcha, Fontana advirtió que una cadena de oro de doscientos cincuenta francos, depositada en un paquete sobre el mostrador, había desaparecido. Se hallaba muy cerca del sitio donde la mujer de López había permanecido de pie. El diario recoge aquí las afirmaciones de la acusación; no describe el ademán preciso con el que se habría sustraído la alhaja.
Una hora después, los tres acusados se hallaban en Boucheron, en el 41 de la calle Neuve-des-Petits-Champs. Pidieron de nuevo examinar plumas de oro, sin adquirir ninguna. López mostró una sortija en el dedo de la mujer Pulgar y mencionó permutas de diamantes. El dependiente Dautaud sacó entonces varias sortijas y posó una cerca del lugar que ocupaba la mujer de López. El marido de esta pidió un libro de notas para apuntar sus señas. Aprovechando el instante en que el dependiente se apartaba, escribió, según la crónica, el apellido López con la dirección del número 25 de la calle del Coliseo.
Una vez hubieron salido, Boucheron constató la falta de una sortija adornada con un zafiro cercado de brillantes, valorada en mil quinientos francos. Dautaud se había percatado de que la mujer Pulgar llevaba en la mano unas señas de la casa Fontana; acudió allí de inmediato. Fue así como el primer comerciante pudo indicar a la policía el verdadero paradero de los visitantes. Advertidas las autoridades, los tres sospechosos fueron puestos bajo discreta vigilancia. La falsa indicación dejada en Boucheron no había bastado para quebrar el lazo entre ambas visitas.
La mañana del 3 de mayo, López llevó la sortija del zafiro a la joyería de Coutreau, en el 36 del bulevar de los Italianos. Afirmaba que procedía de Italia y solicitaba que se ajustara el aro a la medida de otra sortija que dejaba como muestra. Un agente que le seguía los pasos penetró en la tienda tras su partida; Dautaud reconoció la joya. López fue detenido ese mismo día. La Gazette no relata en este punto el arresto de las dos mujeres; se limita a señalar que a continuación se practicaron registros en la vivienda de la calle de Roma.
Las pesquisas sacaron a la luz, en las alcobas de los cónyuges López y de la mujer Pulgar, numerosos efectos reconocidos por diversos comerciantes de la capital. El inspector de Le Bon Marché identificó una corbata y un cuello de encaje, valorados en conjunto en veinte francos; la mujer de López sostuvo haberlos hurtado sola. El director de los almacenes de La Paix reconoció medias y pañuelos por valor de sesenta francos, que ella afirmó asimismo haber tomado sin ayuda alguna. En el establecimiento de un relojero del bulevar de Sebastopol se identificó un reloj de oro de doscientos cincuenta francos. La mujer de López confesó haberlo sustraído hallándose presentes su marido y su tía, cierto día en que habían entrado juntos al negocio con objeto de adquirir una caja de música.
En los almacenes del Louvre se reconocieron unas medias de seda, unos impertinentes y un abanico que la joven habría cogido hallándose en compañía de su tía. En la casa Agnel, de la calle del Cuatro de Septiembre, confesó haber tomado artículos de tocador tasados en ciento noventa francos. Un portamonedas de marfil de veinticinco francos había sido sustraído el 3 de mayo a la señora Pezet, en la galería de Valois, cuando iba acompañada por su tía. Por último, la mujer de López admitió haber tomado un pañuelo en los almacenes de Le Printemps, prenda que fue hallada en su poder. Se trata de efectos de muy diversa cuantía; la suma de sesenta y cinco mil francos referida al principio no debe confundirse con la relación de estos objetos identificados.
La postura de la joven, tal como la recoge el artículo, consistió en sostener que su marido y su tía eran ajenos a las sustracciones y que ella las había cometido en solitario. Afirmaba haberles hecho creer que compraba las cosas con sus propios ahorros. El fiscal sustituto La Fuye rebatió tal defensa esgrimiendo la presencia continuada de los demás acusados en los comercios y las contradicciones apreciadas respecto a los efectos incautados. Los comerciantes desfilaron por el estrado para ratificar los hurtos sufridos. La crónica plasma de este modo la tesis fiscal; no autoriza a transformar la mera presencia física en una acción directa e indudablemente observada.
Un intérprete asistió en los interrogatorios. La Gazette publicó varios pasajes del que se le tomó a la joven durante la instrucción. A propósito del reloj, declaró que su tía le había inquirido de dónde salía y que ella le había confesado haberlo cogido en la tienda donde compraron la caja de música, recibiendo por ello el reproche de su tía. Su marido, añadió, se enteró de lo ocurrido unos días después y la reprendió con dureza, advirtiéndole que no volvería a dejarla salir sola por temor a que la arrestasen. En otras respuestas impresas, refirió haber mostrado a su tía, en el carruaje, los efectos sustraídos en las tiendas. Son extractos atribuidos al interrogatorio judicial, tal como los traslada la Gazette, y no un diálogo ficticio urdido para el relato.
El ministerio público solicitó un castigo muy severo para los tres procesados. El letrado Georges Lachaud asumió la defensa de ambas mujeres; el letrado Decoux Lagoutte, la de López. La Gazette no reproduce sus alegatos. Se limita a señalar el desenlace: el tribunal condenó a Carmen Lossada, a quien el artículo llama la mujer de López, a ocho meses de prisión. Salvador López Méndez y Virgina Palenzuela, llamada la mujer Pulgar, fueron sentenciados a un año y un día de la misma pena cada uno. Los tres quedaron sujetos a cinco años de vigilancia policial.
La calle de Roma guio a los agentes hasta las habitaciones donde se hallaron los objetos que sus dueños legítimos reconocieron. La leontina esfumada en Fontana y la sortija localizada en Coutreau habían reducido las andanzas de los tres encausados a una dirección inequívoca: la misma que habían facilitado en el primer comercio.
