El 17 de marzo de 1883, la residencia real de Múnich despertó con una caja de caudales descerrajada. La puerta del despacho de la mariscalía se hallaba abierta; en la estancia contigua, el arcón de hierro, desplazado de su pedestal, mostraba los vestigios evidentes de una fractura. Faltaban 9 310 marcos. Las primeras sospechas recayeron sobre un cerrajero y varios operarios que habían trabajado recientemente en el recinto. La pesquisa no arrojó indicio alguno contra ellos. Dos meses más tarde, otra explicación circulaba ya entre las gentes de palacio: el ladrón no podía ser otro que Joseph Schmid, el Hoffourier a quien todos llamaban Ferrari.
Esta acusación se fundaba en la proximidad, no en la certidumbre. Schmid conocía a fondo las dependencias y oficinas de la mariscalía; además, había permanecido en los despachos la tarde del delito. El hombre, de cuarenta y un años de edad, había nacido en Roma, era autor de una gramática italiana y acumulaba veinte años al servicio de la casa real. Casado con la hija del profesor Lauth y padre de cinco hijos, percibía diversos emolumentos. Nada en su hoja de servicios, según el mariscal von Malsen, señalaba falta alguna. Sin embargo, en marzo de 1884, compareció ante la sala de lo criminal de Múnich bajo el cargo de haber abierto la caja fuerte, ya fuera en solitario o con el concurso de un cómplice ignorado.
La velada del 16 de marzo proporcionó al ministerio público su hilo conductor más estrecho. Se había cancelado una recepción de palacio prevista para el día siguiente, pero Schmid regresó al despacho hacia las seis y media para hallarse disponible. Dos lacayos de guardia aguardaban en una pieza aneja. En repetidas ocasiones, refiere la crónica procesal, les aconsejó que se marcharan a sus casas. Pasadas las siete, él mismo salió para cumplir un recado en la ciudad. Tres cuartos de hora más tarde, estuvo de vuelta. Los sirvientes oyeron el tintineo y la cuenta de monedas en el despacho. Al marcharse finalmente los lacayos, Schmid les habría advertido que no lo hicieran llamar si alguien preguntaba por él.
Su propia declaración resultaba menos misteriosa. Admitió haber envuelto en cartuchos 200 marcos procedentes de colaboraciones periodísticas y otras sumas, dado que el día siguiente era jornada de pagos. Manifestó haberse dirigido a la cervecería Bühlbräu para buscar a un amigo y haber tomado luego una copa en la Franciscaner hasta pasadas las nueve, regresando a su domicilio cerca de las nueve y diez. Su suegra y una criada podían, según él, atestiguar su llegada. Su esposa se encontraba en el teatro. El cronista judicial no brinda una reconstrucción independiente de tales desplazamientos: el tribunal escuchó la versión de Schmid, mientras la acusación hacía hincapié en el lapso durante el cual permaneció a solas en dependencias que le eran familiares.
Las puertas interiores se habían encontrado abiertas; pero el escollo insalvable de las ganzúas residía en la caja misma. Un perito afirmó que las cerraduras del arcón no podían forzarse con semejantes útiles. Resultaba forzoso, por tanto, explicar de qué modo había abandonado la caja el despacho: se presumía que había sido arrastrada hacia la alcoba del Hoffourier a través de las estancias de servicio y una escalera angosta, para luego ser violentada en su retrete, un rincón sombrío y apartado. En varios entarimados se apreciaron huellas angulosas atribuidas al peso del hierro. En la alcoba de Schmid, ciertas marcas en el suelo parecían reproducir la impronta dejada por el cofre en su emplazamiento habitual. Él, por el contrario, aseguraba que se trataba de las señales de un rascador de botas. El pretendido traslado de la caja exigía el esfuerzo de uno o más colaboradores; dificultad material que la crónica jamás llega a resolver.
La herida en la muñeca derecha pasó pronto a ocupar el centro de los debates. Se conjeturaba que dos cortes paralelos podían proceder de un esfuerzo violento al abrir la caja. No obstante, varios testigos recordaban haberlos visto con anterioridad al robo. Un antiguo subordinado declaró que Schmid le había hablado primero de un lance de esgrima y, más tarde, de un arañazo propinado por su esposa. Esta explicó que, durante una disputa el 9 de marzo, lo había herido fortuitamente con unas tijeras que él intentaba arrebatarle. Su padre, el profesor Lauth, también había advertido la señal varios días antes del suceso.
Los facultativos no lograron disipar la incertidumbre. El doctor Martin dictaminó que la cicatriz no provenía de una uña y que tal vez existieran dos lesiones distintas. El doctor Helferich estimaba, por el contrario, que la dolencia difícilmente correspondía a un corte sufrido al hurgar en el hierro y que bien podía explicarse por arañazos. Llegó a confrontar las uñas de la esposa junto a la cicatriz; Martin mantuvo su desacuerdo. El primero adujo no haber afirmado jamás que Schmid se hubiera herido con el cofre, sino tan sólo que la lesión no procedía de uñas humanas. De este modo, un peritaje destinado a arrojar luz sobre la sospecha engendró dos lecturas irreconciliables de una marca pretérita.
Los testigos de la residencia aportaron recuerdos de desigual valor probatorio. La asistenta Dischler relató que Schmid le había negado durante largo tiempo la llave de su gabinete, estancia que antaño ella solía asear. Allí había advertido ciertas hendiduras en la madera pocos días después de la sustracción. Mas ¿por qué motivo había mantenido la estancia bajo llave? Schmid replicó que guardaba allí los fondos del personal de cocina percibidos con motivo de los esponsales de Nymphenburg, y que la cerradura de su pupitre se hallaba descompuesta. El mariscal von Malsen no recordaba huella alguna de caja fuerte en aquella alcoba, juzgando inverosímil que varios hombres hubiesen transportado un mueble tan pesado a través de las habitaciones y la escalera señaladas.
A medida que el rumor cobraba cuerpo, transmutaba los actos ordinarios en indicios de culpa. Un agente de policía declaró haber hallado 2 000 marcos en el domicilio de Schmid; la defensa rebatió que sus ingresos regulares y su libro de cuentas justificaban con creces dicho numerario. Se sacó a relucir la figura de su hermano, a quien se suponía en Múnich en las fechas del robo, mas una certificación oficial de Roma acreditó que ninguno de sus dos hermanos había abandonado la ciudad pontificia durante aquel periodo. Se propaló que Schmid había bromeado señalando a un lacayo como su cómplice; él negó las palabras exactas, aduciendo que no hacía sino repetir lo que «las gentes» murmuraban. Circulaban pasquines anónimos, a los que su superior le había aconsejado no conceder crédito alguno.
La defensa arremetió principalmente contra el modo en que se había urdido la sospecha. El letrado Bernstein sostuvo que la instrucción había vedado el acceso al sumario antes de concluir las diligencias, privando a su patrocinado de la facultad de contradecir los testimonios. Recordó que los primeros registros se habían dirigido contra los obreros y, más tarde, contra el cerrajero Arzberger, sin que se hubiera inspeccionado todo con idéntica minuciosidad. Las marcas del suelo no se habían protegido ni medido de manera concluyente; el plano del lugar incluía, a su juicio, una puerta ya tapiada y omitía comprobaciones esenciales en la ventana del despacho. Tal argumento no revelaba quién se había apoderado de los marcos; demostraba, más bien, cuántos eslabones de la acusación dependían de observaciones tardías, memorias frágiles e interpretaciones de parte.
Pese a todo, el fiscal Zimmerer interesó una sentencia condenatoria y una pena de cinco a diez años de reclusión. A sus ojos, el autor debía conocer a fondo la residencia real; Schmid había dispuesto de acceso, tiempo bastante para obrar y una conducta posterior equívoca. Bernstein replicó que ni siquiera se había acreditado con certeza que los 9 310 marcos se encontraran dentro del arcón en el momento del suceso. Ensalzó los veinte años de servicios intachables de su cliente y denunció la hostilidad de ciertos empleados hacia aquel extranjero culto. El informe de la defensa, vehemente y por momentos severo con los testigos, fue interrumpido por el presidente del tribunal cuando arremetió contra sus personas. El cronista consigna que la sala prorrumpió en aplausos hacia el letrado; beneplácito que no constituía prueba jurídica, pero que revelaba hasta qué punto la causa se había convertido en el juicio a una reputación antes que al esclarecimiento de un desvalijamiento.
Tras una hora escasa de deliberación, el tribunal dictó la libre absolución. En sus considerandos, apreció que los pilares esenciales de la incriminación habían quedado desvirtuados: las marcas de la alcoba no correspondían con certidumbre a las del cofre, la herida no probaba que Schmid la hubiese recibido durante la sustracción y su hermano no se hallaba en Múnich. El fallo devolvió al antiguo Hoffourier su libertad civil, mas dejó en la penumbra la autoría del delito. La caja, ciertamente, había sido forzada; las huellas y las declaraciones no bastaron para revelar qué mano había consumado el expolio.
