A las dos de la madrugada del 7 de diciembre de 1838, gruesas llamaradas brotaron de las dependencias de la Savings’ Bank de Newcastle. Una vez sofocado el fuego, los agentes penetraron en el edificio para esclarecer su origen. En el despacho de los empleados, Joseph Millie yacía sobre una alfombra con el cráneo destrozado. Llevaba los bolsillos atestados de carbón. En la estancia contigua, Archibald Bolam, el actuario de la entidad, parecía haber perdido el conocimiento. Presentaba heridas leves que le rasgaban el cuello de la camisa y le rozaban la garganta. La escena sugería a primera vista un asalto violento seguido de un incendio destinado a borrar sus huellas; sin embargo, los libros y documentos del banco permanecían casi intactos en sus puestos.
Bolam recobró el sentido y relató a la policía lo que aseguraba haber vivido. Desde hacía algún tiempo, explicó, recibía cartas anónimas con amenazas. La víspera, al anochecer, una nota deslizada bajo la puerta del banco le anunciaba que una desgracia le aguardaba en su domicilio. Por tal motivo se marchó a tomar el té a su casa, mientras Millie abandonaba el mostrador común para retirarse al suyo.
Según Bolam, regresó al banco hacia las siete y media. Al hallar la puerta cerrada con llave, la abrió con la suya y se la guardó en el bolsillo. Al ver a Millie tendido en la alfombra, creyó que dormía; sabía que su compañero disponía también de una llave y que a veces se encerraba a solas. Bolam se disponía a acercarse a su escritorio cuando creyó oír a alguien a sus espaldas. Un individuo disfrazado, con el rostro ennegrecido, le asestó un golpe en la sien. Bolam se precipitó hacia la ventana gritando para dar la voz de alarma. El desconocido lo persiguió y le advirtió que, si hacía ruido, correría la misma suerte que el otro hombre. Un segundo golpe lo derribó junto a la ventana; caído en el suelo, sintió el filo de un cuchillo contra la garganta.
Afirmó haber perdido el conocimiento y haber despertado al escuchar trajín en el otro despacho. No se atrevió a pedir socorro. Declaró asimismo que había quemado las antiguas cartas de amenaza; la que había recogido aquella misma noche, bajo la puerta de la sala de espera, debía de haber quedado sobre su mesa. Describió a su agresor como un hombre de baja estatura y voz áspera, acaso fingida. En su propio bolsillo llevaba algunos chelines. Creía conservar cuatro libras y diez chelines en su pupitre —dinero que el señor Airey le había confiado para ingresarlo el sábado— y ochenta libras en el cofre interior, suma destinada a sus gastos corrientes. Nada más recordaba.
El banco, empero, no parecía haber sido saqueado. La mayor parte de los libros y papeles se hallaban intactos, pues el fuego los había respetado. La compuerta exterior de la caja de caudales estaba abierta, pero el cerrojo interior seguía echado. Bolam afirmó haber dejado su llave en el escritorio; había desaparecido. El cofre interior continuaba cerrado: el escenario no corroboraba un mero robo.
Durante la instrucción judicial del forense, las respuestas de Bolam resultaron confusas y, en ocasiones, incompatibles con las pruebas materiales. El jurado de instrucción emitió contra él un veredicto de asesinato voluntario y fue detenido. El superintendente Stevens prosiguió las pesquisas con tenacidad. En el domicilio de Bolam, los pesquisas hallaron la llave perdida del banco y una notable suma en oro oculta tras unos libros. Varios testigos lo situaban en su casa a una hora más tardía de la que él aseguraba. Un nuevo registro de la sucursal sacó a la luz otros indicios: no había rastro alguno de sangre en el punto exacto donde Bolam afirmaba haber permanecido tendido, mientras que sus ropas presentaban salpicaduras que parecían proceder de una herida recibida en posición sedente. Asimismo, habían desaparecido tres de los libros de cuentas más recientes.
Tales elementos reforzaron la sospecha de que Bolam había urdido la patraña de la agresión para desviar la atención de la muerte de Millie y del dinero escondido. La falta de los libros contables podía apuntar a un móvil relacionado con los balances; no obstante, Pelham juzgaba desmedido matar a un hombre y prender fuego a un inmueble con el único fin de hacer desaparecer legajos que habrían podido destruirse por otros medios. En medio de la conmoción pública, se atribuyeron a Bolam diversos motivos. La crónica da preferencia a una reyerta entre ambos hombres: Bolam habría golpeado a su colega con un atizador en un arrebato de ira, para luego provocar el incendio y simular sus propias lesiones. El cronista presenta esta disputa como la explicación acogida en última instancia por el jurado, sin precisar qué chispa pudo haber encendido la discordia.
Millie era viudo y padre de cuatro hijos. La crónica lo describe como un hombre que, pese a los reveses de la fortuna, se desvivía por mantener a los suyos con decoro. Había sido el propio Bolam quien le había facilitado la entrada en el banco, donde percibía un sueldo de sesenta libras al año. Tras su fallecimiento, los administradores socorrieron de inmediato a la prole. La conmoción trascendió los muros de la entidad: en menos de un mes, una suscripción popular reunió mil libras en su favor.
El ministerio fiscal acusó en un principio a Bolam de asesinato premeditado. En las sesiones de la corte de primavera de 1839 se presentó el auto de acusación; mas, debido a la agitación popular y al riesgo de no asegurar un proceso imparcial, la vista se aplazó hasta el siguiente periodo de sesiones. El 29 de julio, en Newcastle, se abrió el juicio ante el barón Maule. La exposición del fiscal consumió buena parte de dos jornadas. A su término, la defensa presentó a numerosos testigos de solvencia moral.
En su alegato final, el juez Maule desgranó los elementos esgrimidos para fundamentar la acusación de asesinato, sin dar por probada la escena de la refriega. Las pruebas no denotaban enemistad ni malquerencia previas; con todo, invitó al jurado a considerar una tipificación distinta: Bolam bien pudo haber causado la muerte de Millie en el curso de un altercado en el que mediaron golpes mutuos. Un rapto de cólera, argumentó, pudo desembocar en la muerte, induciendo después a Bolam a fabular un ataque que le evitase la pena de deportación. Maule añadió que ninguna de las partes había sugerido tal hipótesis y que competía al jurado sopesarla. Tres horas más tarde, los jurados declararon a Bolam culpable de manslaughter, categoría del derecho inglés equivalente al homicidio no premeditado, distinta del murder o asesinato; dicha calificación no presupone necesariamente que el golpe fuese involuntario.
Acto seguido, Bolam fue condenado a la deportación de por vida y desterrado del país.
