El mercado cubierto de Mahéru ardió en la noche y, antes de que las cenizas se hubiesen enfriado, su antiguo propietario ya era señalado como incendiario. Los pleitos que lo enfrentaban al nuevo adquirente habían alimentado un odio manifiesto; ciertas palabras amenazadoras, referidas por testigos vinculados a sus enemigos, parecieron dar al fuego una causa y un autor. Sin embargo, en el instante en que la justicia inició sus pesquisas, aún quedaba por dilucidar quién había cruzado el camino de Sainte-Goburge y qué se había vislumbrado realmente en la penumbra.
En la noche del 3 al 4 de fructidor del año IX, que Champagnac sitúa el 22 de agosto de 1801, se declaró el incendio en un tinglado de la comuna de Mahéru, en el departamento de Orne. Pertenecía a Louée, quien se lo había adquirido a Besnou. Entre el antiguo propietario y el flamante comprador, varios litigios habían engendrado una enemistad bien conocida por los lugareños. El primer rumor atribuyó el fuego a una mano criminal; la vieja disputa no tardó en poner rostro a semejante sospecha.
El 6 de fructidor, el juez de paz se trasladó al lugar de los hechos a fin de hacer constar el delito y tomar declaración a los testigos. Louée manifestó que el fuego había prendido entre las diez y las diez y cuarto de la noche, mas ignoraba quién era el causante. Tres personas procedentes de las inmediaciones de Soligny aseguraron haber visto, momentos antes, a una mujer que caminaba desde Sainte-Goburge en dirección al mercado cubierto. Su delantal les había parecido blanco; bajo él, aparentaba llevar lumbre en un zueco. La esposa de Louée hizo una declaración en términos análogos. Ninguno de estos testigos pronunció nombre alguno en sus primeras palabras; la investigación, sin embargo, no tardaría en vincularla con la cónyuge de Besnou.
El magistrado tuvo asimismo noticia de los litigios y de las amenazas atribuidas al antiguo dueño. Un testigo declaró que, al pasar cerca del pueblo de Moulins, Besnou habría señalado el cobertizo como de su pertenencia, anunciando que lo mandaría quemar, aun a costa de un centenar de libras. En esa misma deposición, su esposa le habría replicado que ella bien podía hacerlo de balde y que ya se había aventurado más lejos al claro de luna. Semejantes palabras, tal como las consignaba el testigo, brindaban a la acusación un relato en el que el rencor doméstico se confundía con la prueba irrefutable.
Otras declaraciones enfilaron directamente a la esposa. Hubo quienes afirmaron haber creído reconocer a la mujer de Pierre Besnou en una figura vislumbrada hacia las nueve y media, que se dirigía hacia Ricordane, paraje donde se alzaba la edificación. Otros sostuvieron que se habían cruzado con ella en persona sobre las diez, cuando regresaba a Sainte-Goburge con el mismo atuendo de la mujer vista antes del fuego. Se trazaba de este modo una senda que parecía unir la aldea con el inmueble calcinado. Empero, cada una de aquellas etapas descansaba en identificaciones nocturnas, mientras que el apellido familiar ya arrastraba el estigma de una antigua querella.
El tribunal especial se declaró competente. El 8 de brumario del año X, el comisario del gobierno acusó a Pierre Besnou y a su esposa de haber sido autores o cómplices del incendio; los cónyuges fueron conducidos ante el tribunal de Alençon. El reo que comparecía en el banquillo había sido funcionario público y comerciante. Sus conciudadanos le reconocían una reputación de probidad intachable, y no hacía mucho que había sido juzgado digno de ejercer las funciones de jurado. Su letrado, el procurador Duronceray, opuso dicha reputación al crédito de los testigos de cargo, a quienes tildó de hallarse bien lejos del aprecio público.
El abogado no se limitó a ensalzar el carácter de su mandante. Se preguntó qué interés habría podido tener Besnou en destruir un mercado que aún albergaba la esperanza de recuperar. Se lo había vendido a Thibaut, quien jamás abonó el precio convenido; Louée lo detentaba después. Besnou había obtenido sentencias favorables contra Thibaut y preparaba las diligencias oportunas para ser restituido en la posesión del bien. Si la ley aún podía devolverle la propiedad, prender fuego al inmueble habría destruido el objeto mismo de sus demandas y arruinado su propio provecho. En el expediente tal como lo exponía la defensa, el móvil esgrimido por la acusación se daba de bruces con las acciones emprendidas por Besnou.
Otro argumento capital de la defensa radicaba en la distancia. En el momento de declararse el incendio, Besnou regresaba de la feria de Guibray. Dos testigos atestiguaban que había pasado la noche en la comuna de Le Bourg y que aún se hallaba allí en la mañana del 4 de fructidor, a nueve leguas de Moulins. La coartada no descansaba únicamente en su palabra; varias personas aseguraban haberlo visto en el paraje exacto donde, según la defensa, se encontraba mientras el mercado ardía. El curso de la causa demostraría que los lugares, los intereses y las horas pesaban tanto como las conjeturas sobre una silueta entrevisto a la lumbre de la noche.
Duronceray desgranó asimismo los vínculos que unían a Louée, Besnou y Thibaut. Louée había sido arrendatario de Besnou y no había saldado todas sus rentas. Besnou se había visto en la necesidad de demandarlo y obtener contra él una condena ejecutoria por un pagaré. Frente a Thibaut, contaba con tres fallos judiciales para el cobro del precio de venta de la halle. El 17 de vendimiario, el alguacil de Besnou se había personado en el domicilio de Thibaut para embargarle los bienes muebles; ese mismo día, un auto de detención recayó sobre el padre. Se decía que Thibaut había mostrado un regocijo brutal ante aquel arresto. Quienes deponían con mayor gravedad contra los Besnou estaban, en rigor, enzarzados en pleitos que enfrentaban frontalmente sus intereses patrimoniales.
Restaban las acusaciones vertidas contra la esposa: aquellas palabras conminatorias y la pretendida identificación de una mujer en las inmediaciones del mercado. Duronceray recordó que tales deposiciones procedían en su mayoría de Louée, de Thibaut, del hijo de este y de su hija, individuos a los que describió como enemigos declarados. Tras diez meses de angustia y prisión preventiva, los debates procesales concluyeron con la absolución de ambos cónyuges. Besnou y su mujer salieron en libertad; la acusación no había logrado acreditar que ninguno de los dos hubiese prendido fuego al edificio.
La causa no concluyó con aquella sentencia. Champagnac revela entonces que el propio hijo de Besnou había urdido la trama criminal contra su padre. Desde hacía varios años, a decir del cronista, el joven venía mostrándose ingrato, multiplicando los desmanes y los pleitos familiares. Habría aprovechado el incendio del mercado de Louée para señalar a su progenitor como culpable y sobornar a los testigos. Semejante aseveración no permite inferir que el hijo prendiera materialmente la llama; atañe tan solo a la acusación fabricada contra el padre y al amaño de los testimonios.
El joven, no obstante, temió más tarde las consecuencias de su infamia. Si su padre hubiese sido condenado a sufragar costas e indemnizaciones, aquella carga habría consumido todo el patrimonio familiar. Persuadió entonces a otros testigos para que comparecieran ante los jueces declarando nuevos hechos que la crónica tacha de falsos y que, aun de haber sido ciertos, resultaban innecesarios para demostrar la inocencia paterna. El ministerio público requirió la inmediata detención de aquellos falsarios y del propio instigador. Se incoó de este modo un segundo procedimiento en torno a las pruebas que habían circulado tras el juicio de los esposos.
Durante la instrucción de este nuevo sumario, Besnou hijo falleció en prisión. Champagnac refiere que, antes de expirar, rindió pleno homenaje a la verdad y pidió perdón a Dios y a su padre por el crimen con que se había mancillado. Esta confesión, tal como el autor la sintetiza, arroja luz sobre la urdimbre de las acusaciones contra los Besnou; no por ello señala al verdadero incendiario del mercado. Aquel que yacía muerto no llegó a ser juzgado en un debate público del que la crónica nos diera cuenta. Las personas a quienes había pretendido arruinar, por su parte, habían sido formalmente absueltas.
Besnou había recobrado la libertad y perdido a su hijo. En las tierras en disputa, el cobertizo se había reducido a cenizas; el nombre de quien le prendió fuego continuaba ignorándose.
