Durante dos años, la ausencia de Neyret tuvo dos explicaciones enfrentadas. Sus ropas fueron halladas en una barca cerca del puente de Valence; se creyó entonces que había elegido arrojarse al Ródano. No obstante, desde el día siguiente a su desaparición, corrió otro rumor que aseguraba que había sido asesinado y arrojado a las aguas. Champagnac emparenta este proceso, que mantuvo en vilo a la Drôme durante casi dos años, con el célebre caso de Rodez. La primera causa concluyó con la absolución de los seis acusados. La segunda, abierta tras nuevas revelaciones, no deparó el mismo resultado: dos hombres fueron condenados a trabajos forzados a perpetuidad, un tercero fue absuelto por el tribunal a pesar del veredicto del jurado, y los demás implicados no recibieron condena alguna.
Neyret era un antiguo militar retirado en Valence. Había contraído matrimonio con la hija de una viuda llamada Dupont, quien había recibido una corona de rosas y una dote de seiscientos francos durante una fiesta local que honraba a la joven más virtuosa de sus compañeras. Neyret y su esposa emplearon ese dinero en abrir un modesto comercio. Los negocios marcharon mal y Neyret faltó a sus compromisos. Champagnac refiere que su mujer, unida a él por mero interés según el cronista, lo abandonó y se apoderó de cuanto restaba del establecimiento. Le atribuye luego una conducta juzgada escandalosa. Estas apreciaciones pertenecen a la narración de la época; no constituyen resoluciones judiciales.
En los primeros días de agosto de 1818, Neyret desapareció. Hacia mediados de mes, a las cuatro de la madrugada, se hallaron una chaqueta y un sombrero en una barca junto al puente de Valence. Se reconoció que aquellas prendas le pertenecían. Podían hacer pensar en un suicidio, pero no era a Neyret a quien se había encontrado en la orilla: tan solo estaban las ropas que se le conocían. Casi de inmediato, otro rumor se propagó por la ciudad: hablaba de un cuerpo herido con nueve puñaladas y arrojado al Ródano. El texto de la época no refiere que el cadáver fuera hallado jamás. Ambas hipótesis, el suicidio y el asesinato, envolvían así a las mismas prendas sin que estas bastaran para zanjar la incertidumbre.
Las sospechas recayeron sobre la esposa y su madre. Ambas fueron arrestadas y, más tarde, Chaléat, un joven que había mantenido relaciones con la mujer de Neyret, resultó imputado por complicidad. Otras tres personas, Mélanie Durand, Vigne y la esposa de este, habían comparecido al principio como testigos; sus negativas y reticencias hicieron que también acabaran acusadas. Los debates contra los seis encausados comenzaron el 20 de marzo de 1819. Cierta circunstancia ligada a una coartada enredó de tal modo el caso que, tras cuatro horas de deliberación, el jurado declaró no culpables a los seis procesados. Todos quedaron en libertad.
Aquel fallo no resolvió el enigma de la desaparición de Neyret. La justicia recibió nuevas revelaciones relativas a otros individuos implicados. Los primeros procesados no podían ser juzgados de nuevo tras haber sido absueltos; de suerte que solo reaparecieron en calidad de testigos. Tras dos años de silencio, la viuda de Neyret confesó su participación y acusó a su madre, a su tío Blanc, a Chaléat, a Sabot, a Palandre, a Lamotte, a Vigne y a la esposa de este. Blanc se había ahorcado en prisión. La viuda afirmaba que una mujer forastera había presenciado la escena y podría corroborar su relato.
Los indicios proporcionados por la viuda condujeron hasta Adélaïde Houdard, detenida en París en una casa de mala reputación. Obligada primero a reconocer que se hallaba en Valence en el momento del crimen, fue conducida de vuelta a dicha ciudad. Tras prolongadas vacilaciones, refirió los pormenores del suceso tal como decía haberlos vivido. Según su testimonio, la mujer de Neyret la había convidado a una cena con varias mujeres y cuatro o cinco hombres. La madre de la esposa llegó al caer la noche; después vino Vigne; acto seguido Neyret entró en la casa y afeó a su mujer aquellos preparativos. Houdard relató que un hombre alto y bien plantado se abalanzó sobre el marido, que otros individuos lo golpearon con una botella y lo arrastraron a una habitación contigua. Afirmó haber visto cómo uno de ellos lo apuñalaba mientras los restantes lo sujetaban. Aterrada, se refugió en la otra estancia y perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí, según su versión, los homicidas le exigieron juramento de guardar silencio.
El 30 de agosto de 1820, Sabot, Jean-Baptiste François llamado Lamotte, Palandre y Houdard comparecieron ante el tribunal de lo criminal de la Drôme. Se tomó declaración a setenta y cuatro testigos a lo largo de cinco sesiones. La deposición de Ferrier era muy esperada: aseguraba haber acompañado a Chaléat a la vivienda de la mujer de Neyret. Al marcharse, se aproximó a un postigo tras el cual se hallaba una estancia iluminada. Afirmó haber visto a cuatro hombres que portaban un cuerpo inerte y lo colocaban sobre un colchón. Una anciana habría clavado entonces un cuchillo en el cuerpo. Ferrier declaró no haber reconocido a ninguno de los hombres; había visto a Chaléat en el umbral y a dos mujeres con una antorcha.
Llegó el turno de dar explicaciones a la viuda de Neyret. Dijo que Chaléat le había pedido disponer una cena el 10 de agosto, y que Vigne debía invitar a Mélanie Durand, encargo que este había olvidado. Cuando su marido entró, de acuerdo con su declaración, ella se encontraba en compañía de Vigne, Houdard y su madre. Neyret le propinó una bofetada; Chaléat se arrojó sobre él. En ese momento, según su testimonio, llegaron Sabot, Lamotte, Palandre y Vigne, arrojaron una botella y llevaron a Neyret a una tercera habitación, donde lo degollaron. La viuda explicó que ella había permanecido en la segunda pieza e ignoraba los detalles de la muerte. Añadió que su tío Blanc se presentó después y transportó el cadáver hasta el Ródano junto con Lamotte. Aseguró asimismo que las cuatro mujeres presentes habían sido forzadas a jurar silencio.
Los testimonios de Houdard, de Ferrier y de la viuda no coincidían en cuanto a las personas presentes ni en los actos cometidos. Houdard, que ahora figuraba como acusada, alteró varios aspectos de su declaración. Ferrier afirmaba no haber reconocido a los asesinos. La viuda distinguía entre lo que decía haber presenciado en la sala donde se servía la cena y lo acaecido en la alcoba contigua. Los abogados defensores incidieron en las contradicciones existentes entre tales manifestaciones y en las versiones primitivas de los testigos principales. El jurado no recibió, pues, una escena descrita de forma unánime, sino testimonios cuyos detalles se habían ido transformando al compás de la instrucción.
Al cabo de cinco días de vistas, el jurado absolvió por unanimidad a Houdard. Palandre fue declarado culpable por siete votos contra cinco, pero el tribunal acogió el criterio de la minoría absolutoria y lo absolvió. Sabot y Lamotte fueron también declarados culpables por siete votos contra cinco; en esta ocasión, el tribunal respaldó a la mayoría. Los jurados los consideraron cómplices del homicidio de Neyret, mas sin premeditación. Resultaron condenados a la pena de trabajos forzados a perpetuidad, a la exposición pública y a la marca del hierro candente.
Sabot y Lamotte persistieron en negar su culpa y tacharon de calumniadores a los testigos que habían declarado contra ellos. Su condena no trocó todas las afirmaciones del proceso en certezas compartidas: Houdard fue absuelta, Palandre abandonó el tribunal en libertad y las personas absueltas en 1819 no volvieron a ser perseguidas. La última escena del relato histórico no devuelve el cuerpo de Neyret ni brinda una versión única de aquella noche; se detiene ante los dos condenados, que continuaron sosteniendo que jamás habían tomado parte en la muerte del militar.
