En Hanau, el 13 de junio era día de precepto y festividad. Los habitantes acudían al bosque de Lamboy para conmemorar la liberación de la ciudad, y cada cual procuraba vestir una casaca decorosa. Peter Kitzler, recién regresado a su tierra sin dinero ni calzado, se negaba a quedar al margen. En el camino de Fráncfort ofreció sus servicios a un compañero de marcha mejor pertrechado que él. Pocas horas después, aquel joven calderero yacía en la arena, apaleado y acuchillado; Kitzler regresaba en solitario, cargando a sus espaldas con el saco ajeno.
La historia se inicia en los confines de la frontera. En 1830, la gendarmería de Baden condujo a Kitzler hasta el territorio de Hesse tras haber purgado seis meses de reclusión por un hurto de poca monta. Lo abandonaron sin viático alguno, desprovisto de ropas decentes y, según refiere la crónica, sin medias ni zapatos. Aunque oriundo de Hanau, llevaba más de dos años ausente de la ciudad. Abrigaba la esperanza de que su hermano mayor, próspero maestro carnicero, le franjeara la entrada. Sin embargo, las cartas remitidas desde el extranjero y desde presidio habían quedado sin respuesta.
El hermano lo expulsó de su umbral. Estaba al corriente de la excarcelación de Peter, pero se negaba a reconocer como pariente a un individuo cuyas faltas pudieran, a su juicio, perjudicar su negocio mercantil. El relato decimonónico hace hincapié en el desamparo y la inanición subsiguientes, atribuyendo a dicha escena parte del móvil del crimen. Conviene deslindar ambos extremos: la puerta cerrada es un episodio transmitido por el cronista; la resolución de matar fue un acto privativo de Kitzler, tal como él mismo reconoció tras su captura.
Para desentrañar la reincidencia, el cronista remonta el curso del tiempo. Huérfano de tierna edad, Peter había sido encomendado a un sacristán de nombre Obinger. El autor describe a la esposa de este como una modesta tendera que enviaba al muchacho a repartir mercancías y, según su narración, le instigaba a sustraer hortalizas al paso por los sembrados. El Pitaval rastrea así en los recados infantiles los primeros pasos del ladrón adulto. A los catorce años, Peter apenas dominaba los rudimentos indispensables para su confirmación. Pese a todo, un pintor de brocha gorda de Hanau lo admitió como aprendiz sin salario. Durante un lustro, a tenor de las actuaciones judiciales consignadas en el volumen, no se le reprochó falta alguna.
Concluida su formación, emprendió la marcha como oficial itinerante. En Mannheim incurrió en pequeños latrocinios y fue finalmente prendido tras hurtar el reloj de un joven con quien compartía aposento. El fallo solo le impuso medio año de encierro y la expulsión hacia su tierra de origen. Por motivos que el expediente no permite esclarecer, señala el cronista, la pena se cumplió en una casa de corrección rigurosa. Kitzler compartió celda con tres antiguos integrantes de la gavilla criminal de los Hölzgerlipps. El autor le atribuye la memoria de relatos de bandidaje que habrían ido embotando paulatinamente su aversión a la violencia; se trata de una interpretación moralizante del cronista, no de una circunstancia que atenúe la determinación adoptada en el camino de Hanau.
Tras el desaire de su hermano, Kitzler buscó el modo de presentarse con compostura en la festividad de Lamboy. En una posada frecuentada por artesanos forasteros, reparó en un oficial de estatura semejante a la suya, bien ataviado y provisto de un pesado hato. El caminante procedía de Görlitz, en Lusacia; el informe judicial le asigna el nombre de August Erdmann y el oficio de calderero. Se dirigía a Fráncfort con el propósito de reunirse con un maestro y varios conocidos. Kitzler, buen conocedor de la ruta, se ofreció como guía. El viajero convino en ello. Kitzler propuso asimismo aliviarle del fardo, pero Erdmann prefirió conservarlo. El cronista vacila entre la disposición ceñida de las correas o una recelosa intuición para justificar semejante negativa.
Dejaron atrás Hanau y enfilaron hacia Dörnigheim. Al internarse la senda en un pinar, Kitzler se colocó a la zaga de su acompañante en el estrecho sendero. Desenvainó su cuchillo y le asestó una puñalada en el cuello. El hombre se revolvió e intentó oponer resistencia con su bastón, pero cayó desplomado. Kitzler recogió entonces una gruesa piedra de la cuneta y descargó sucesivos golpes sobre él, hiriéndolo nuevamente en la garganta, la cabeza y el pecho. Arrastró el cuerpo hasta una espesura de pinos, removió la arena con las manos y una vara, y sepultó a la víctima. Tomó el saco y emprendió el retorno hacia Hanau.
Hizo un alto en Kesselstadt para lavarse las manos en la fuente pública. En la taberna, nadie le interrogó acerca del compañero desvanecido ni sobre el bulto que ahora portaba. Allí pasó la noche. El autor narra a continuación el lance que desbarató el plan criminal: Erdmann no había muerto. Logró zafarse de la arena, se arrastró penosamente hasta el camino siguiendo el rastro de su propia sangre y fue hallado por unos viajeros cuyos caballos se espantaron al divisarlo. Lo trasladaron a Dörnigheim, donde se despertó al alcalde mayor y se dispuso su conducción urgente al hospital de Hanau.
Antes de expirar, Erdmann conservó el aliento necesario para delinear las señas de su agresor. La autopsia certificó la naturaleza mortal de las lesiones. Kitzler fue aprehendido esa misma noche en la posada. Llevaba puestos los efectos despojados; ni siquiera había tenido tiempo de deshacerse de sus propios harapos deshilachados. La crónica se muestra cautelosa sobre el indicio determinante que condujo hasta él: sugiere que la filiación aportada por Erdmann habría bastado, si bien apunta a la pública notoriedad de su regreso a Hanau. Sometido a interrogatorio, negó de entrada el homicidio, sosteniendo que el hato y los vestidos le habían sido donados por una mujer de Mannheim. Fue incapaz de precisar su nombre, sus señas o el inventario de las prendas contenidas en el saco.
Refiere el testimonio histórico que, sujeto con una camisa de fuerza hasta el día siguiente, Kitzler terminó por confesar los hechos. Adujo haber querido procurarse un atuendo decente para concurrir al Lamboyfest y encauzar una existencia honrada. En su declaración formal manifestó asimismo que, tras el primer embate, Erdmann le había suplicado por su vida, ofreciéndole sus bienes y sus dineros. Kitzler reconoció haber proseguido la agresión persuadido de que un testigo superviviente no tardaría en denunciarlo. El Pitaval recoge estas manifestaciones junto a los remordimientos que el reo afirmaba experimentar.
El proceso se substanció con presteza. Kitzler ratificó su confesión y fue condenado a la pena capital en primera instancia, fallo confirmado en grado de apelación. Su hermano y otros parientes impetraron con posterioridad el indulto soberano, ofrecimiento tardío de socorro que el cronista contrapone a la previa repulsa del carnicero. El monarca desestimó la súplica. El 12 de septiembre de 1831, Kitzler fue decapitado en el brezal de Leerhöfer Heide, en las inmediaciones de Hanau, ante una multitud congregada desde la ciudad. Un sacerdote católico le prestó asistencia espiritual hasta el último instante.
La crónica antigua erige el rechazo fraterno y los rigores de la infancia en resortes trágicos del destino, al tiempo que condena al reo con una vehemencia que apenas concede margen a la controversia. La instrucción judicial, en cambio, parte de un cuerpo abandonado en la arena, sigue el rastro ensangrentado hasta el camino, recoge las postreras palabras de la víctima y coteja el saco recuperado con las evasivas del encausado. Kitzler pretendió esfumarse con los despojos de un hombre al que había escogido como compañero. Erdmann sobrevivió lo suficiente para retratar a su verdugo. Quien lo creyó sepultado bajo tierra había fiado su suerte a un silencio absoluto; ese fue su primer y fatal error.
