Al día siguiente de la ejecución, el cuerpo del doctor Bors había desaparecido del anfiteatro de Saint-Côme. El colegio de cirugía lo había reclamado; la puerta, hallada forzada, ya solo resguardaba el vacío de la estancia. Pocos días después, se descubrió un tronco decapitado en el canal de Languedoc. Champagnac atribuye la sustracción a los estudiantes de medicina, mas la crónica no nombra a autor alguno. Este extraño desenlace devuelve la mirada a un hombre cuya existencia ya había mudado en varias ocasiones de oficio, de ciudad y de condición social, hasta conducirlo al patíbulo por robo.
Bors era oriundo de Rouergue e hijo de un cerrajero de aldea. El cura de la parroquia le tomó afecto y le enseñó a leer, a escribir y los primeros rudimentos del latín. El vínculo se quebró cuando el cepillo de las limosnas apareció forzado y el párroco descubrió a su alumno implicado en el hurto. Bors fue despedido. El relato refiere a continuación que una dama, enemistada con sus propios parientes colaterales, acogió al joven, costeó su educación y lo envió al colegio de Rodez.
Allí cursó estudios durante varios años, al tiempo que su bienhechora sufragaba el pupilaje. Los condiscípulos, por su parte, advertían la reiterada desaparición de bolsas y pertenencias. Bors fue convicto de tales raterías en más de una ocasión. Prometía enmendarse y permanecía en las aulas, pues la pensión se abonaba con puntualidad. Habiendo concluido la retórica, regresó junto a su protectora, quien se vanagloriaba de sus progresos. Mas pretendió adueñarse del dinero que un colono acababa de entregar. La dama lo expulsó. La casa que bien pudo ser su herencia le quedaba vedada para siempre.
En Carcasona halló acomodo como preceptor de los hijos de un comerciante. Una nueva estafa le obligó a buscar refugio en Burdeos. Escribe Champagnac que los registros policiales de la ciudad lo habrían inscrito a menudo por fraudes, y que más tarde se habría sustraído a la acción de la justicia; el cronista no pormenoriza la naturaleza de aquellas causas. Bors partió de nuevo hacia Toulouse. Entró allí al servicio de un agente de cambio acaudalado y respetable para instruir a sus vástagos. Durante dos años, a decir del relato, se benefició del arca de su amo sin despertar sospechas, al amparo del incesante trasiego de caudales de la casa.
El dinero así obtenido le permitió vivir por encima de sus posibilidades y despojarse del hábito eclesiástico que vestía, según afirma el cronista, con el solo fin de encubrir su conducta. Se graduó de doctor en medicina. Al abandonar la casa del agente de cambio, este abrigaba hacia él pesar antes que recelos. Había entablado además relación con un profesor de medicina, hasta el extremo de que este deseaba casarlo con una de sus parientes. La confianza continuaba abriéndole puertas mientras sumas considerables se habían desvanecido en dos residencias próximas.
Los indicios acabaron por converger. El agente de cambio advirtió que su caja había sido visitada durante su ausencia. El hermano del médico, que trabajaba en el ramo de las finanzas, acababa asimismo de padecer un desfalco con ocasión de una estancia en el campo. El agente coligió que el ladrón regresaría si fingía emprender otro viaje. Concertó el plan con su amigo y divulgó que saldría al día siguiente hacia sus granjas. Partió en efecto de la casa, pero dejó ocultos en ella a su hijo, al hermano del médico, así como a varios amigos y criados.
El 1 de noviembre de 1779, hacia las seis de la tarde, mientras un incendio consumía varias viviendas de la vecindad, Bors se presentó en los aposentos. Vestía una redingote raída y portaba llaves falsas. Quienes lo aguardaban lo redujeron en el interior. Acusado de los robos recién cometidos, los confesó y suplicó que le perdonasen la vida, ofreciéndose a cumplir cuanto se le exigiera. Interrogado acerca de los fondos que poseía, señaló unos talegos en su casa recién edificada de la calle Saint-Rome, y luego veintiocho mil libras ocultas en una morada próxima a los Jacobinos. Las sumas fueron halladas en los parajes que había indicado.
Se requirió la presencia de un notario. Ante él, Bors otorgó una escritura por la cual vendía todos sus bienes muebles e inmuebles al agente de cambio, a cambio de un precio que declaró haber recibido. Empero, tras marcharse el fedatario, el doctor fue despojado de su bolsa y de sus joyas. Le dejaron unos pocos luises y algo de ropa blanca, conminándole a abandonar la plaza bajo amenaza de entregarlo a la justicia. La crónica presenta esta transacción como la consecuencia inmediata de la captura; no menciona en tal punto auto ni sentencia judicial alguna. Bors emprendió el camino de Burdeos.
A dos leguas de Toulouse, se detuvo en una posada y pidió una habitación sobre la cocina. El ventero avistó gotas de sangre que se filtraban por las junturas del maderamen y subió presto. Halló al viajero exánime y bañado en sangre. Se llamó a un cirujano; Bors sobrevivió a las heridas que se había infligido en un arranque de desesperación, según la crónica. Una vez restablecido, prosiguió su ruta hacia Burdeos.
En esta ocasión, se alistó como marinero cirujano en una fragata a punto de zarpar rumbo a América del Norte. Fue prendido antes del embarque, a requerimiento del ministerio público, y conducido a Toulouse para ser encausado. El proceso giró en torno a los robos al agente de cambio, el dinero recuperado y el contrato suscrito tras su apresamiento. Bors negó en todo momento los hurtos y sostuvo su inocencia a lo largo de los interrogatorios. Demandó asimismo cartas de rescisión contra el contrato que había otorgado a su antiguo patrón.
En julio de 1780, el Parlamento de Toulouse lo condenó a la horca. La sentencia se ejecutó el mismo día. Salido de palacio a las doce y media, Bors mandó llamar a dos mozos de silla para ser trasladado a la cárcel del Hôtel-de-Ville. En las calles, el gentío se apiñaba a su paso; Champagnac lo describe contemplando al pueblo con semblante sereno y altivo. Al llegar a la prisión, pagó a los porteadores con los treinta sueldos que llevaba encima y les dijo que confiaba en salir presto para recompensarlos con mayor largueza.
Unos jóvenes recluidos por una pendencia lo convidaron a comer. Bors apenas probó bocado y abandonó la mesa antes de concluir el yantar, tras enviar a un recadero ante el escribano de la cárcel. Lo condujeron seguidamente a la cámara de tormento, donde le fue leída la sentencia. El cronista no recoge palabra suya en aquel trance. Bors se arrojó entonces contra la esquina de una chimenea y se abrió la cabeza. Un cirujano le vendó la herida; las autoridades apresuraron la ejecución del fallo, temerosas, según la fuente, de que faltase el tiempo.
Al salir, la mudanza de su rostro y la sangre del golpe eran patentes. Descendido de la carreta, caminó hacia el cadalso. Los comisarios le inquirieron si deseaba hacer alguna declaración; respondió que no. Rogó luego al verdugo que despachase cuanto antes. La crónica refiere que él mismo se precipitó al vacío.
