En Évreux, una acusación de envenenamiento vio la luz antes de que la familia hubiese entregado a su muerto a la tierra. Cochart Deservolus, antiguo militar, falleció en el seno de los suyos tras una crisis violenta que los médicos habían anunciado como fatal. Su repentino deceso no sorprendió a cuantos conocían su afición a los licores fuertes; con todo, en el instante mismo en que expiraba, la sospecha se propagó entre la multitud. Nadie inquirió al principio de dónde procedían las pruebas: bastó con repetir la terrible palabra.
Apenas unos instantes después del fallecimiento, la hermana del difunto, la señora du Roule, acudió a la casa, se arrojó sobre el cuerpo e hizo ostentación de un dolor extremo. Pidió vinagre y un espejo a la enfermera que velaba junto al lecho; al negarse esta a abandonar su puesto, la señora du Roule salió airada. Varios testigos le atribuyeron el vocablo «envenenamiento». Su ruptura con una parte de la familia, antigua y motivada por intereses de bienes, revistió a aquella expresión de un peso que su origen incierto no podía justificar. Muy pronto, la viuda y su cuñada se vieron envueltas en las sospechas que suscitó la frase atribuida a la hermana.
El 19 de mesidor del año X —fecha que la crónica señala asimismo como el 6 de julio de 1802—, los médicos Delzeuzes y Renault, que habían asistido a Deservolus durante su agonía, procedieron a una primera apertura del cadáver. Su diligencia de autopsia no dejaba, según el relato, duda alguna sobre el estado natural de los órganos. Se disponían a comunicar sus apreciaciones a la viuda cuando compareció el magistrado de seguridad pública acompañado de otros oficiales de salud, provisto de una orden de apertura librada a consecuencia del clamor popular. Por segunda vez en aquel mismo día, se examinó el cuerpo. Cuantos presenciaron la intervención pudieron, según refiere la crónica, comprobar la idéntica ausencia de indicios de veneno.
Antes de abandonar la morada, el magistrado subió a las habitaciones de la viuda. En presencia de cuatro testigos, le manifestó que aquel examen acababa de brindar los medios para desbaratar la calumnia y aseguró a la cuñada que le remitiría el informe pericial, el cual no dejaba resquicio de duda respecto al fallecimiento. Las exequias se celebraron esa misma tarde. Sin embargo, apenas cerrada la fosa, corrió un nuevo rumor: se decía que los facultativos comisionados para el reconocimiento judicial dudaban ya de la causa natural de la muerte. La manifestación hecha ante los deudos no extinguió la sospecha, sino que se convirtió en el primer eslabón de una cadena de versiones contradictorias.
En Évreux, las relaciones entre los médicos distaban de ser cordiales. La crónica menciona el rápido ascenso de Delzeuzes, el alto concepto que guardaba de su propia valía y el encono de sus colegas del comité de vacunación. Estas rivalidades profesionales no tardaron en interferir en las actuaciones periciales. Cuatro días después de la inhumación, el 22 de mesidor, se llevó a cabo una primera exhumación. Delzeuzes expuso de nuevo sus conjeturas sobre la enfermedad y el deceso. Los médicos y cirujanos allí congregados le replicaron con virulencia; reproches e injurias resonaron en el recinto del camposanto. Pese a tales disensiones, los peritos parecieron coincidir en la total ausencia de rastros de veneno. El acta levantada de esta comprobación, a decir de Champagnac, no justificaba ninguna medida de rigor penal.
Fue entonces cuando circuló la especie de un tercer informe pericial, entregado en secreto al magistrado por los contradictores de Delzeuzes y Renault. Se afirmaba que había sido redactado tras la exhumación y que serviría de fundamento para una acusación formal contra la viuda y su hermana. La crónica da cuenta de su existencia y de su entrega como meros rumores en boga, y no como un documento aportado a la vista del lector. Los hijos de la señora Deservolus solicitaron una nueva exhumación, a cargo esta vez de oficiales de salud elegidos fuera del departamento del Eure. Acudieron para ello al magistrado que hasta entonces había instruido el caso. Este se negó: a su juicio, la diligencia resultaba ociosa y el procedimiento se hallaba concluido. A los ojos de los hijos, tales seguridades no bastaban para disipar el desasosiego que provocaban unas pesquisas que continuaban su curso.
El comisario ante el tribunal criminal autorizó cuanto el primer magistrado había denegado. El 27 de mesidor, un médico y dos cirujanos de Ruan, a quienes el cronista describe como hombres íntegros y diestros en su arte, se desplazaron a Évreux. Los peritos precedentes fueron citados asimismo. El cadáver fue extraído de la fosa por segunda vez. Los facultativos ruaneses lo examinaron con detenimiento y concluyeron que la muerte había sido natural: no hallaron vestigio alguno de agente deletéreo ni de sustancia maligna.
Faltaba, no obstante, una pieza capital durante aquel examen. Entre las vísceras, el estómago no se encontraba en el lienzo donde las demás habían sido transportadas. Acaso se había deslizado por una abertura mal cosida; acaso se había extraviado durante el traslado nocturno; el cronista aventura incluso que alguna mano interesada pudo haberlo sustraído. Ninguna de estas hipótesis llegó a demostrarse. Con todo, su ausencia, consignada en la diligencia pericial, bastó para reavivar las conjeturas. El dictamen de los médicos de Ruan, que no advertían signo alguno de ponzoña en los órganos examinados, no sosegó el clamor: la murmuración encontró en aquella pieza desaparecida un nuevo pábulo para la sospecha.
El mismo magistrado que había asegurado a los hijos que el asunto estaba fenecido inició entonces una sumaria rodeada de sigilo. Delzeuzes, allegado a la familia, fue objeto de calumnias y pasó a ser sospechoso ante sus ojos. El fiscal sustituto no halló probablemente indicios bastantes para decretar la prisión preventiva; remitió las actuaciones al presidente del jurado de acusación. Este examinó los autos y se disponía a clausurar el procedimiento mediante un auto de sobreseimiento. No obstante, el sustituto libró una orden de comparecencia forzosa contra la señora Deservolus, su hermana Émilie Le Prévot y el propio Delzeuzes.
El presidente del jurado consideró que, a falta de pruebas, ni siquiera el cuerpo del delito se hallaba acreditado; dictó en consecuencia un auto desestimando la acusación fiscal. El tribunal de primera instancia del partido judicial ratificó dicha resolución el 10 de fructidor, conforme a las conclusiones de su comisario. El sustituto recurrió este fallo. El comisario ante el tribunal criminal examinó a su vez los autos y, el 17 de fructidor, se adhirió a la decisión del tribunal de primera instancia. En cada una de estas instancias, las acusaciones flaqueaban ante unos magistrados llamados a juzgar los mismos elementos; sin embargo, la viuda y su hermana debían aún defender su inocencia en un estrado superior.
A instancias de los hijos, el letrado Billecocq redactó un pormenorizado memorial de defensa. Su labor pretendía ilustrar a la opinión pública y al tribunal supremo, el cual había remitido la causa ante el magistrado de seguridad y el presidente del jurado del partido judicial de Mantes. La señora Deservolus y su hermana formularon oposición contra este fallo. El Tribunal de Casación revocó su decisión mediante una nueva sentencia del 9 de pradial del año XI, resolución que la crónica presenta como una cabal reparación frente a todas las inculpaciones dirigidas contra los encausados.
La viuda no tuvo que soportar el trance de un juicio criminal en el que hubiera debido refutar, una a una, las presunciones acumuladas en torno al cadáver de su esposo. Diversos facultativos habían examinado los órganos el día del fallecimiento; una primera exhumación había dado pie a disputas sin revelar rastros de ponzoña; una segunda, practicada por peritos llegados de Ruan, dictaminó de nuevo la muerte natural, mientras la ausencia del estómago alimentaba los rumores. Sucesivas resoluciones judiciales desestimaron el requerimiento fiscal y la casación terminó por absolverlas plenamente de toda culpa. De este modo zozobró la infamia: la viuda y su hermana habían quedado señaladas por una palabra atribuida a la señora du Roule, mas la última sentencia judicial, tal como consigna Champagnac, les restituyó el honor de su nombre.
