El 1 de junio de 1807, un campesino que se había adentrado a cortar leña en el bosque de Dettingen divisó, a escasos pasos de un sendero, el cuerpo de un niño. La herida del vientre estaba abierta; diversas contusiones marcaban asimismo la cabeza y el torso. El muchacho, de unos diez u once años de edad, había muerto poco antes. Se llamaba Joseph Anger.
El tribunal de Burghausen se trasladó al lugar de los hechos. El cadáver había sido movido o dispuesto de un modo que la instrucción no logró explicar de buenas a primeras. Joseph fue identificado como el hijo de una mujer de Burghausen. Su padre, el cuarto marido de su madre, había fallecido unos ocho años atrás. El primer esposo de la mujer, un yesero llamado Mathias Lenzbauer, había tenido con ella otro varón: Mathias, convertido así en el hermanastro mayor del muchacho asesinado.
Aquel nombre no tardó en surgir en cuanto la madre preguntó por el paradero de Joseph. Mathias dio una respuesta extraña y adoptó una actitud que alarmó a los magistrados. Procedieron a detenerlo. Negó al principio toda participación; más tarde, durante un tercer interrogatorio solicitado por él mismo, confesó haber dado muerte a su hermanastro. La confesión distó de ser firme: modificó en repetidas ocasiones cuanto decía acerca del camino seguido, los golpes, la herida y el destino que había dado al cuerpo. Con todo, el relato del ataque que acabó ofreciendo situaba a ambos muchachos juntos en el bosque.
Mathias no había disfrutado de una infancia sencilla. Tras la muerte de su padre, su madre había vuelto a casarse y había tenido más hijos. El hogar era mísero; la mujer pasaba parte del día trabajando o mendigando, y los muchachos quedaban largo tiempo entregados a su propia suerte. Mathias fue destinado al oficio de carpintero. Aprendió a leer y a escribir, y luego entró como aprendiz en Neuötting. Al cabo de cinco años, aún no había concluido su instrucción. Se quejaba de no ganar lo bastante para establecerse por su cuenta y vacilaba antes de recomenzar con otro maestro. Malvivía de faenas menudas o permanecía en el hogar materno.
Los testimonios sobre su temple no componían un retrato unívoco. Ciertos vecinos afirmaban que era perezoso, que desatendía la tarea en cuanto el maestro salía de la estancia y que se mostraba desabrido con su madre. Una mujer refirió que a veces la echaba de la cama entre insultos. Otros, en cambio, lo veían cuidar de los más pequeños. Organizaba los quehaceres de la casa, acompañaba a su hermano menor a la iglesia y a la escuela, rezaba con él y compartía su lecho. Jugaban y reían juntos. Bien es verdad que no dudaba en golpearlo cuando el chiquillo desobedecía o regresaba tarde, pero semejante aspereza no bastaba para justificar el homicidio.
A finales de mayo, Mathias partió con Joseph y con un aprendiz de sastre llamado Rablbrunner en busca de trabajo. El joven aprendiz regresó a Burghausen ese mismo día. Mathias se quedó junto a un albañil; aseguraba no haber encontrado empleo. Los dos hermanos permanecieron en Altötting hasta la tarde del domingo. Hacia las cuatro, emprendieron el regreso a pie. Mathias llevaba envueltos en un lienzo una docena de recipientes de barro cocido que había recogido en Neuötting para una labradora.
Antes de internarse en el bosque, Mathias se sentó con Joseph en un trigal. Anna Pongratz, que acertó a pasar por allí, lo vio partir un trozo de pan con el menor. Les preguntó si no regresaban a casa. Mathias contestó que aún era temprano y que deseaban descansar. La dejó adelantarse un centenar de pasos y reanudó la marcha. En lugar de seguir la ruta ordinaria, se desvió hacia la vereda conocida como el Camino del Príncipe. Anna llegó a percibir todavía aquel cambio de rumbo.
En la espesura, la senda se estrechaba hasta perderse entre la maleza. Mathias relató que había cogido un garrote grueso y golpeado a Joseph en la cabeza. El niño cayó y permaneció un instante inmóvil. Mathias creyó al principio que estaba muerto. Al verlo agitarse de nuevo, lo golpeó otra vez, tres veces más, y luego muchas otras. En una de sus versiones declaró que Joseph se incorporó e intentó aferrarse a él; en otra, fue incapaz de precisar cuántos golpes le había asestado. La criatura clamó por su madre y por la Virgen. Mathias continuó hasta que apenas dio señales de vida.
Aseguró luego haberle abierto el vientre con su navaja de bolsillo con el fin, decía, de abreviar los tormentos de su hermano. En ese punto su relato se volvía turbio. Jamás pudo explicar de manera coherente cómo las entrañas habían terminado anudadas en torno al cuello y sujetas a un árbol. Tan pronto reconocía que aquello pudo ocurrir en medio de su turbación, como afirmaba no recordarlo. Negaba haberlo hecho a sabiendas, sin llegar a descartar haberlo llevado a cabo. La crudeza de las heridas, el garrote y la navaja constituían el núcleo de su confesión; la singular disposición del cadáver siguió siendo el pormenor más indescifrable.
Tras el ataque, Mathias abandonó la floresta. Narró haber seguido por el camino, haberse detenido y haber pedido luego a un carretero que cargara los cacharros de barro en su vehículo. El cochero advirtió que temblaba, pero no le preguntó la causa. Mathias continuó su marcha y se reunió con los suyos. A la pregunta de su madre sobre Joseph, respondió al principio con evasivas. Al día siguiente, el campesino que descubrió los restos dio la voz de alarma. La cercanía de Mathias, sus respuestas y las contradicciones de su testimonio no tardaron en orientar las pesquisas hacia su persona.
El dinero emergió en los interrogatorios como un móvil verosímil. Mathias declaró que Joseph había heredado unos cincuenta florines de su padre. Mencionó asimismo cien florines que habrían estado guardados en la casa y otra suma confiada a un artesano, cuyas rentas correspondían a la madre. Aseguró haber creído que, de apropiarse del caudal de su hermano, conseguiría aliviarse de sus estrecheces materiales. Semejante alegato mudó a lo largo de las declaraciones. Habló también de un arrebato ciego y, más tarde, del temor a que Joseph lo delatara. Feuerbach, sin embargo, se dispondría a desentrañar, tras tales mudanzas, un frío cálculo.
La causa se ventiló con arreglo al derecho bávaro de la época. Tras la instrucción y los interrogatorios, el tribunal de primera instancia condenó a Mathias a la pena de rueda, precedida por un golpe de gracia, e impuso asimismo una tacha de infamia. La causa pasó seguidamente a examen del Consejo. Paul Johann Anselm von Feuerbach, quien redactó la relación del proceso, analizó las sucesivas confesiones, los testimonios sobre la conducta del reo y la cuestión de su discernimiento. Algunos convecinos lo pintaban como lerdo o extravagante; otros lo juzgaban con el seso suficiente para gobernar la casa y comprender el alcance de sus actos. Feuerbach contrastó tales pareceres con el comportamiento de Mathias durante el crimen y después de él.
Concluyó que el provecho personal y el discernimiento del joven no ofrecían duda alguna. La memoria cabal de los hechos, el modo en que había urdido su relato y sus afanes por atenuar su culpa se le antojaban irreconciliables con la presunción de una falta de juicio. Un único enigma, anotó, escapaba a su comprensión: la manera en que las entrañas habían sido atadas al cuello para luego ser sujetas a un abeto joven. La condena fue ratificada, mas el suplicio de la rueda se conmutó por la decapitación. Las actas consignan que fueron precisos varios tajos antes de que la cabeza de Mathias rodara por el cadalso.
