En Nevers, en una casa donde también se alojaban gendarmes, el hambre de una niña se convirtió al principio en motivo de sospecha. Anne le Fiot era hija de un notario, Pierre le Fiot, y de Marie Dufour, su segunda esposa. Nacida en el seno de una familia que Champagnac describe como respetable, fue entregada primero a una nodriza y acogida después por su abuela materna. En 1757, su padre la reclamó consigo. La crónica no pormenoriza cada uno de los años que siguieron; no obstante, describe a una niña que languidecía y cuyo estado clamaba piedad.
La casa no la contenía únicamente a ella. Varios gendarmes, alojados en el primer piso por imperativo legal, residían allí con sus hábitos y sus deberes de servicio. Las mujeres de la casa conocían, según la crónica, el apetito insaciable de Anne y su manifiesta debilidad. Cuando faltaba algún objeto de la despensa o de la cocina de los militares, se la acusaba a ella. Esta imputación reiterada allanaba el camino para la falta más grave: en lugar de investigar el hurto, resultaba más fácil castigar a la niña a quien se juzgaba capaz de haberlo cometido.
El 20 de mayo de 1767, un robo de mayor envergadura alarmó a la mujer Piat. Era ella, como se descubrió pocos días después, la verdadera autora. Pese a ello, señaló a Anne y aprehendió ella misma a la supuesta culpable para encerrarla en un gabinete del jardín. La señora le Fiot, advertida de la acusación, acudió al lugar y ordenó que ataran a su hija a un lecho viejo. La crónica hace hincapié en un detalle que el orden doméstico había desdeñado: a la niña ni siquiera se la había escuchado en su defensa.
Al verse a solas, Anne rompió sus ataduras. Practicó una abertura en el piñón del muro medianero, de ocho o nueve pies de altura, y descendió valiéndose de las juntas deterioradas. El jardín le permitió alcanzar la escalera del sótano, donde buscó amparo. No se trataba aún, en este punto del relato, del sótano que la voz pública convertiría más tarde en sepulcro; era un refugio donde la niña confiaba en escapar de nuevos golpes. La mujer Piat la halló y la condujo de nuevo a la vivienda.
Esta vez, ataron a Anne en el desván, sujeta a un pilar del maderamen. Consiguió zafarse otra vez y se ocultó en un gran arcón. La mujer Piat subió de nuevo, no la vio en el sitio donde la había dejado y pidió auxilio. El padre y la madre buscaron a su hija y la hallaron en su escondrijo. Uno de ellos le habría espetado: «Bien estáis ahí», antes de atravesar una escalera de mano entre el arcón y su tapa, y colocar encima unos viejos bastidores de ventana. Aquel ademán, tal como refiere la crónica, transformó un escondite de unos instantes en un recinto cerrado a cal y canto por el peso de los objetos.
Pocos días después, el robo fue atribuido a la Piat, que fue expulsada de la casa. La falta imputada a Anne se desmoronaba; las ataduras, el encierro y la persecución de la niña, en cambio, perduraban. Su estado empeoraba por momentos. Hacía tiempo que arrastraba el estigma de una flaqueza que los rigores de la casa no habían aliviado; pronto, los estragos de la enfermedad se hicieron aún más visibles. La señora le Fiot hubo de ausentarse para vigilar la siega en la heredad de Lurcy. Se llevó consigo a la hija menor y dejó a la primogénita en la casa, presa de aquel mal que la consumía.
El 23 de julio se anunció la muerte de Anne. Llamaron a la mujer Jacob para amortajarla; se dio parte a la parroquia y, a la noche siguiente, tuvieron lugar el cortejo y las exequias según la costumbre. Mas el rito público no acalló las murmuraciones. Casi en el mismo instante en que se supo el fallecimiento, corrió el rumor de que la niña había sido confinada en un sótano, donde habría perecido víctima de la miseria y las privaciones. La casa, que tanto había pugnado por sofocar los escándalos, se vio de pronto cercada por ellos.
La mujer Jacob había advertido una herida en la corva del cadáver. Estos indicios nutrieron la querella criminal interpuesta el 26 de julio contra Pierre y Marie le Fiot. El ministerio público denunciaba en ella una muerte acaecida en el sótano, las sospechas derivadas del silencio del padre y los malos tratos pretéritos. Se alegaba que Anne había sido encerrada, atada, que se había evadido y que luego había permanecido bajo el arcón varios días sin comer ni beber, antes de ser conducida al sótano, donde habría sucumbido. Aquellas líneas aunaban los episodios dispersos en un único relato incriminatorio: las ligaduras, la fuga por el muro, el desván, el arcón y, por último, el sótano donde la pequeña habría expirado. El ministerio público no se conformó con las habladurías que recorrían la ciudad; solicitó la incoación de un sumario, la exhumación del cadáver y el examen de los peritos forenses.
Se expidió el auto de procesamiento; se exhumó el cuerpo y se confió al examen de los peritos. Declararon catorce testigos. Se decretó auto de prisión contra Pierre le Fiot, conducido a la cárcel el 27 de julio; su esposa se dio a la fuga. El 4 de agosto, una querella ampliatoria denunció nuevos malos tratos. Declararon otros siete testigos; se levantaron actas de las deposiciones, se practicaron los careos y el interrogatorio definitivo se prolongó durante seis horas, según la crónica.
La sentencia definitiva del 10 de mayo de 1768 condenó a Pierre le Fiot al destierro perpetuo. El fallo se erigió en el punto de partida de una nueva pugna en torno a la gravedad del castigo. El procurador fiscal de Nevers apeló por considerarlo harto benigno a la vista de los hechos; el padre apeló asimismo, suplicando ser absuelto y facultado para proceder contra quienes reputaba instigadores de la acusación. Ambos recursos confluían ante el mismo tribunal: el uno reclamaba mayor severidad; el otro impugnaba el fallo que lo condenaba. El 28 de julio, el parlamento anuló la sentencia de primera instancia. Ordenó que Pierre fuese expuesto en la picota durante tres días consecutivos, con una cartela que lo tachara de padre inhumano y desnaturalizado para con su hija; el último día, debía ser azotado, marcado a fuego en ambos hombros y enviado a galeras a perpetuidad, con confiscación de todos sus bienes.
Marie Dufour, en rebeldía, fue condenada al destierro perpetuo de la jurisdicción del parlamento. La sentencia ordenó que se ejecutase en efigie contra ella, con confiscación y multa. La enfermedad, las violencias infligidas antes siquiera de esclarecerse el hurto, el descubrimiento de la culpa de la Piat, la muerte y, por último, los testimonios: tal fue la sucesión de hechos que condujo a aquella casa ante los tribunales. La instrucción tomó declaración a los testigos, ordenó la exhumación y desembocó en dos sentencias sucesivas, la segunda de las cuales agravó la condena del padre y castigó a la madre fugitiva. Los testigos habían tenido voz ante los magistrados; Anne, en cambio, jamás logró que nadie la escuchase cuando le imputaron el robo.
Anne había buscado sucesivamente una vía de escape en un muro, un cobijo junto a una escalera y, al fin, la tiniebla de un arcón. No rehuía la justicia, sino los castigos domésticos que se le anticipaban; nadie le concedió audiencia cuando la acusaban. Tras su muerte, el proceso hizo hablar a los testigos y los jueces dictaron contra sus progenitores las penas propias de su siglo. No existe, sin embargo, providencia judicial capaz de devolver a la niña los días en que aquella puerta se cerró sobre ella. En una casa donde un robo auténtico había servido para inculpar a una criatura enferma, el hallazgo de la verdadera culpable no borró nada de lo que ya se había consumado.
