En la noche del 19 al 20 de octubre de 1855, unos gritos desgarraron la calma de un inmueble cercano a la estación de Anhalt, en Berlín. «¡Fuego!», oyó el contador que residía en el piso contiguo. Siguieron golpes sordos, el rumor de agua derramada y, de súbito, el silencio. Los moradores dieron la voz de alarma al sereno y al sargento de ronda. Todos ellos se toparon con una puerta cerrada a cal y canto, ventanas sumidas en la penumbra e indicios que aún no alcanzaban a descifrar. Por la mañana, los agentes de policía hallaron cuatro cadáveres en la morada de Rasch, ejecutor municipal encargado del cobro de créditos: yacían él, su esposa y sus dos hijos. El capítulo del Pitaval no ofrece ningún móvil. Expone, ante todo, la noche tal como la escucharon los vecinos y las incógnitas que la instrucción policial dejó sin respuesta.
La vivienda de Rasch ocupaba la planta baja de un edificio dividido entre dos familias. Al otro lado del zaguán vivía un contador real con su esposa, seis hijos y una criada. Rasch, empleado del municipio, habitaba con su mujer y sus dos vástagos. Según la crónica publicada quince años después de los hechos, el hogar gozaba de una reputación intachable: el alquiler se pagaba con puntualidad, el mobiliario era decoroso y los niños asistían con asiduidad a la escuela. Tales impresiones delinean la mirada del vecindario, mas nada revelan, por sí solas, sobre la intimidad y los afectos del matrimonio.
Hacia las dos de la madrugada, el contador despertó creyendo al principio haber soñado el sonido de un timbre. Una voz femenina gritó «¡fuego!» en tres ocasiones. Se levantó, despertó a su esposa y percibió entonces un martilleo amortiguado en la vivienda de los Rasch, semejante al golpe de objetos pesados contra una materia blanda. La sirvienta, desvelada asimismo, había oído la campanilla y voces infantiles que parecían venir de la calle; creyó distinguir luego el roce de unos pies descalzos sobre el entarimado. En la escalera, la puerta del vestíbulo de los Rasch permanecía entreabierta. El contador llamó en vano; nadie respondió. Los golpes menguaron hasta extinguirse por completo.
El rumor de agua ofreció al vecino una primera explicación: acaso se había declarado un conato de incendio y la familia procuraba sofocarlo sin llamar la atención ajena. Decidió, sin embargo, no invadir la cocina de sus convecinos ni acudir de inmediato al cuartelillo de policía. Esta vacilación adquiere, en el curso del relato, un peso singular por preceder al macabro hallazgo; en aquel instante, no constituía indicio seguro de crimen. Al abrir la cancela que daba a la calle, el sereno ya montaba guardia ante las ventanas. Una de ellas continuaba abierta, en abierta infracción del reglamento. El guardia lo había advertido con golpes de vara, como en ocasiones anteriores, sin obtener contestación.
El sereno requirió a su superior. El sargento acudió con presteza, llamó al timbre y golpeó a su vez la madera. Los manojos de llaves divisados en el zaguán no permitían franquear las estancias interiores: los cerrojos estaban echados por dentro y las llaves torcidas en las cerraduras. Desde el patio, las ventanas se mostraban impenetrables, cubierta una por un estor y la otra por tiestos de flores. El contador instó a derribar el acceso. El sargento juzgó que las señales resultaban harto ambiguas: no se advertía llamarada alguna y los ruidos percibidos en duermevela suelen deformarse. No se consideró facultado para forzar una puerta por el mero hecho de que los inquilinos no contestaran.
Para apaciguar al vecino, el sargento tomó prestada una escala y trepó junto al sereno hasta la ventana que daba a la calle. A la lumbre de una linterna sorda, contemplaron la sala en perfecto orden y el vestíbulo posterior sumido en tinieblas. No intentaron entrar por las ventanas del patio. El sereno manifestaría más tarde que creyó que los Rasch habían salido o que unos ladrones se habían deslizado al interior. No halló signo evidente que le autorizara, con arreglo a sus ordenanzas, a penetrar en el domicilio. Antes de retirarse, recibió incluso la orden de reclamar a la mañana siguiente la multa de dos silbergroschen y medio por haber dejado la ventana abierta.
El contador volvió al lecho sin lograr conciliar el sueño. Entre las cuatro y las cinco de la madrugada, el sereno, de vuelta en la calle tras una breve ronda, percibió el crujido de una ventana que se cerraba. Se aproximó y vio a un hombre prender una cerilla y encender luego una lámpara. Llamó al cristal. Rasch descorrió el postigo y la hoja, ataviado con su bata verde. El guardia le afeó no haber respondido a sus reiteradas llamadas. «¡Pero qué ocurre!», replicó el hombre antes de cerrar de golpe. El vigilante creyó haber despertado a alguien entregado al reposo. El breve encuentro disipó sus recelos, pero sembró otra duda que la crónica no logra desvanecer: ¿quién había gritado pidiendo auxilio contra el fuego horas antes?
Al clarear el día, la puerta del vestíbulo seguía entreabierta. La esposa de Rasch, que de ordinario bajaba a comprar el desayuno a una puestera, no acudió a la cita. La comerciante llamó con insistencia sin obtener réplica. Los vecinos comprendieron que una desgracia acababa de consumarse. Regresó la policía. Un cerrajero se vio incapaz de forzar las cerraduras bloqueadas desde dentro; hubieron de quebrar un cristal desde el patio. El primer agente que asomó la mirada retrocedió sobrecogido: «toda la familia ha sido asesinada y nada en sangre», consigna el capítulo. Tras franquear la entrada y personarse el facultativo, el cuadro confirmó cuatro muertes: Rasch, su mujer y sus dos hijos.
La morada no presentaba la apariencia de un hogar en bancarrota. Las alcobas estaban decoradas con esmero; se hallaron monedas, billetes, un reloj de oro y diversas joyas. Los lechos apenas mostraban trazas de sangre. Las víctimas habían sido arrastradas hasta la angosta cocina, donde yacían un hacha, un sable curvo y una navaja de afeitar. El informe médico-forense, resumido por el Pitaval, señala que la esposa y los niños fueron heridos presuntamente primero con la navaja y rematados después a hachazos. Rasch presentaba una herida en el vientre que pudo obedecer a la desesperada defensa de su mujer; finalmente, se degolló con la navaja barbera. Semejantes dictámenes no son sino los que refiere una compilación retrospectiva, no las actas judiciales directas consultadas al efecto.
La investigación no desembocó en proceso judicial alguno: el único autor presunto yacía muerto. Las autoridades zanjaron que ninguna mano extraña había tomado parte en la matanza. Las testificaciones reunidas dibujaron el perfil de un matrimonio mal avenido. Rasch, antiguo suboficial, era tachado de pendenciero, terco y cada vez más entregado a la bebida. Regresaba a menudo embriagado e injuriaba de palabra a su cónyuge y a sus hijos. La suegra y el cuñado de la mujer la habían apremiado en varias ocasiones a entablar demanda de divorcio. Pocos días antes del trágico desenlace, un altercado violento llevó a la madre de la esposa a apostarse tras la puerta, dispuesta a intervenir; la propia hija le rogó luego que se marchase, pues la reyerta parecía haberse apaciguado.
El móvil, empero, siguió sumido en la incertidumbre. En las conversaciones del vecindario asomaron sospechas de celos: un arquitecto se había hospedado en casa de los Rasch, abandonando la vivienda pocos días antes de la tragedia después de que el cabeza de familia cancelara el arrendamiento. Un supuesto encuentro entre este caballero y la señora Rasch en la estación de Anhalt se fundaba, a decir del cronista, en meras conjeturas del hermano de la difunta. Nada permite dar por probada una relación ilícita ni considerarla el detonante del crimen. El domingo que precedió al suceso, ningún testigo acertó a referir qué había acaecido entre aquellas paredes.
El cronista insinúa que Rasch pudo matar a su esposa en un arrebato de cólera o embriaguez y arremeter luego contra los pequeños al comprender que quedarían desamparados. Se interroga asimismo sobre el escenario escogido: ¿por qué arrastrar a las víctimas fuera de sus lechos hasta la cocina? ¿Por qué dejar una ventana abierta? ¿Por qué aguardar casi dos horas antes de quitarse la vida? Ante cada enigma, baraja diversas explicaciones —preservar el ajuar, buscar un soplo de aire, permanecer sumido en el estupor— para admitir de inmediato que ninguna puede corroborarse. Llega incluso a recrear los clamores percibidos por los vecinos y se pregunta si fue la madre o los niños quienes gritaron. Son estas hipótesis propias del narrador de 1870, en modo alguno hechos comprobados.
El sereno vio a Rasch en pie, aparentemente sosegado, en las primeras luces del alba. El guardia abandonó el lugar ignorando lo que acababa de consumarse tras la ventana que vio cerrarse ante sus ojos. Los deudos de la esposa reclamaron los despojos de la madre y de los infantes para darles piadosa sepultura; nadie reclamó los restos de Rasch. El asunto deja tras de sí dos certezas precarias y un inmenso vacío: cuatro cadáveres en una vivienda clausurada y unos vecinos cuyas percepciones en la noche no bastaron para desentrañar el horror. Todo cuanto pudiera dotar a aquella madrugada de una explicación inapelable —celos, locura, remordimiento o fría deliberación— permanece más allá de los testimonios documentados.
