Cuando el profesor August B. se cruzó con el joven cerca de las islas Borromeas, este se hallaba sumido en lágrimas. Acababa de perder, según decía, a la mujer que amaba y todo cuanto constituía su ventura en la tierra. El profesor no tardó en colegir que tenía ante sí al hijo del consejero Weise, en paradero desconocido desde hacía dos años tras la sospechosa muerte de su padre. El desventurado no había revelado su verdadero nombre: a la pregunta de su interlocutor, había respondido pidiendo que lo llamara «Inconsolable». Sin embargo, el destino que anunció bastó para despertar los recuerdos del erudito. Este encuentro lo consigna el Nuevo Pitaval, que reproduce una carta del profesor incorporada, según afirma, al sumario de la causa.
Dos años antes, en el otoño de 1835, el consejero Weise había regresado a su morada tras una velada social en la ciudad, hallándose aún con perfecta salud a juicio de los suyos. Las actas lo describen como un hombre de complexión todavía vigorosa; su segunda esposa, Anna, era de mucha menor edad. Su hijo Constantin, nacido de un primer matrimonio, contaba veintiséis años y se preparaba para la carrera judicial. Su hermana Adelaide, nacida en 1811, se había desposado con un asesor del gobierno. El hogar aparentaba ser opulento, bien gobernado y ajeno a toda desavenencia pública.
Al día siguiente, el progenitor falleció tras sobrevenirle una crisis fulminante. Se habló de apoplejía. Su hijo Constantin llevó la infausta noticia al pastor e integró de inmediato el grupo de los herederos. El testamento se abrió el 28 de septiembre. El patrimonio debía dividirse entre los hijos, y a Constantin le correspondió una suma considerable, varios capitales y una casa. Durante la partición de los bienes, Adelaide advirtió ciertas miradas y apartes furtivos entre su hermano y Anna, su madrastra. Una familiaridad de naturaleza indescifrable comenzó a infundirle recelo.
Fue una joven criada de la casa, apellidada Brenner, quien dio forma y sustancia a su sospecha. Solicitó hablar con Adelaide en privado, se arrojó a sus pies y le reveló cuanto aseguraba haber presenciado: a Constantin y Anna a solas en repetidas ocasiones. Afirmó que, en un principio, le habían entregado dinero a cambio de su silencio. Una noche los había sorprendido en estrecho abrazo; Constantin la había increpado con violencia, pero Anna la tomó aparte y puso en sus manos dos ducados. Desde entonces, explicó Brenner, aquellos encuentros habían proseguido, incluso hallándose el señor en la vivienda.
La revelación de la doncella no constituía en sí prueba de asesinato. Sin embargo, arrojaba sobre el óbito del consejero una luz enteramente distinta, y Adelaide no pudo guardar el secreto para sí. La crónica del Pitaval relata que su marido puso los hechos en conocimiento de la justicia. La policía ordenó la búsqueda y captura de Constantin y Anna. El 16 de noviembre de 1835 se dictaron sendos mandamientos judiciales contra ellos, pero los fugitivos ya habían abandonado la ciudad.
La instrucción judicial reconstruyó las últimas jornadas del consejero. Personas allegadas corroboraron que parecía gozar de cabal salud antes de su repentino colapso. Se averiguó asimismo que Constantin había adquirido un veneno en una botica con el pretexto de exterminar ratones. Se procedió a la exhumación del cadáver. Durante la autopsia, los peritos médicos no hallaron al principio lesión alguna que explicara el fallecimiento; sin embargo, el análisis químico del contenido estomacal reveló arsénico disuelto en cantidad suficiente para causar la muerte. La tesis de la apoplejía quedaba irrevocablemente descartada.
Restaba dar con el paradero del hijo. Las requisitorias públicas no dieron fruto alguno. Se conjeturó que había huido de Europa. En mayo de 1837, el profesor August B. se encontraba a orillas del lago Mayor. Un joven alemán, de semblante pálido y abrumado, entabló conversación y le confió haber perdido su paraíso terrenal. Le anunció que pronto se reuniría con su hermana en una ciudad de Sajonia. El profesor rememoró entonces la intriga en torno al crimen del consejero Weise, cuyo vástago y cuya viuda se habían desvanecido sin dejar rastro.
Tras indagar en Arona, el profesor averiguó que una pareja alemana se había alojado allí bajo nombre supuesto. La joven había dado a luz a un vástago nacido muerto en abril de 1836, expirando ella misma un año más tarde. El hombre había abandonado Arona tras las exequias fúnebres, amparado en la identidad de un pasaporte falsificado. El profesor escribió al cuñado de Constantin, quien trasladó la misiva al juez. Mas la justicia no hubo de solicitar su arresto en tierras italianas. Constantin regresó a Sajonia por su propia voluntad. Se presentó en casa de Adelaide, le confesó el homicidio e hizo entrega de un paquete que contenía una cuantiosa suma de dinero y las tres sortijas desaparecidas durante la testamentaría. Encaminóse luego al juzgado, ratificó sus manifestaciones y pidió ser conducido a prisión. Los magistrados requirieron informes a las autoridades de Arona y cotejaron los itinerarios de la pareja, el nacimiento de la criatura muerta y el deceso de Anna; las respuestas coincidieron en lo esencial con su declaración. Interrogado sobre su culpabilidad, no ensayó justificación alguna: afirmó merecer la muerte que él mismo reclamaba. Durante la vista de la causa jamás se retractó de sus palabras.
Conforme a su confesión, había conocido a Anna con anterioridad a que se convirtiera en la segunda consorte de su padre. El afecto infantil trocóse en pasión desbordada; consumado el matrimonio, continuaron viéndose a escondidas. Constantin declaró temer asimismo los reproches paternos, pues el consejero lo censuraba por indolente y desaplicado. En septiembre de 1835, Anna le anunció que se hallaba encinta. Temieron que el progenitor descubriera el vínculo y les cerrara para siempre toda posibilidad de vida en común. Constantin refirió que barajaron la huida al extranjero, pero que acabó convenciéndose de que era menester quitar la vida al padre para preservar la de ambos.
Explicó haber comprado el arsénico con la añagaza de matar roedores. La noche de la cena en casa de Wagner, Constantin permaneció en el hogar. Según sus confesiones, mandó a la sirvienta Brenner preparar la pócima que su padre acostumbraba tomar antes de recogerse y vertió el veneno antes del retorno de los esposos. El anciano fue presa de dolores espasmódicos y de una sed abrasadora. Constantin adujo haber salido en busca del médico y del cirujano, asegurando haberlos hallado ausentes. Admitió más tarde haber mentido a sabiendas y haber dejado a su padre sin socorro alguno. El consejero expiró a la tarde siguiente. Reconoció asimismo haberse apoderado de tres sortijas de brillantes y haber falsificado su pasaporte utilizando un impreso sustraído al magistrado. Su letrado defensor impugnó por separado la acusación de hurto doméstico, fundándose en que ningún deudo había presentado querella formal, requisito indispensable con arreglo al derecho invocado en la crónica.
Durante los interrogatorios celebrados en el verano de 1837, Constantin sostuvo lo fundamental de su testimonio y confirmó ante el tribunal haber administrado la sustancia letal. Detalló su romance con Anna, mas exculpó a esta de haber vertido el veneno. El defensor alegó que el arrebato de la pasión y el terror habían turbado de tal modo su razón que anularon su juicio. Cuestionó igualmente la certeza pericial relativa a la dosis letal. La corte examinó estos alegatos, pero la sentencia mantuvo la plena responsabilidad del procesado y refrendó las conclusiones químicas que atribuían la muerte al tósigo.
El 3 de octubre de 1837, el tribunal lo declaró culpable del asesinato de su padre y lo condenó a la pena de ser quebrado en la rueda. El reo renunció a interponer nuevos recursos, solicitando únicamente impetrar la clemencia del soberano. El 23 de octubre, la pena fue conmutada por la de decapitación. La víspera del suplicio, escoltado por un alguacil y un eclesiástico, acudió a la sepultura de su padre y oró ante ella largamente. Su hermana acudió a visitarlo; se arrojó en sus brazos sin pronunciar reproche alguno. Constantin le dirigió aún una última misiva, rogándole que destinara parte de sus bienes a los menesterosos y auxiliara, si quedaba alguno con vida, a los parientes desvalidos de Anna.
El 3 de noviembre subió al cadalso tras elevar una plegaria. El cronista, haciéndose eco del testimonio del sacerdote, relata que recibió la muerte con serenidad y entereza. El fallecimiento de su padre, reputado en un principio como natural, se había trocado merced a la confidencia de una sirvienta, las trazas de arsénico y la confesión del hijo en una tragedia de familia y luego en un ruidoso juicio público. Aquel que creyó derribar un obstáculo para perpetuar sus amores sólo alcanzó un destierro sin ventura común: Anna murió en tierra extraña, y él hubo de regresar a purgar el crimen que afirmaba haber consumado por ella.
