En Glasgow, en marzo de 1857, hacia las dos y media de la madrugada, Ann Duthie Jenkins fue despertada por la campanilla de la entrada. Pierre Émile L’Angelier acababa de regresar, con los brazos cruzados sobre el vientre. «Me encuentro muy mal», dijo, anunciando una nueva crisis de vómitos. Horas antes había parecido encontrarse mejor. Antes de salir, había pedido su llave para no despertar a la casa al volver tarde.
Jenkins lo vio vomitar antes incluso de que hubiera terminado de desvestirse. L’Angelier tiritaba, sentía dolores en el estómago y pedía agua caliente. La patrona le colocó bolsas de agua tibia en los pies y sobre el vientre. Hacia las cinco, viendo que empeoraba, corrió en busca de un médico. El doctor Steven le recomendó en un primer momento una dosis de láudano y una cataplasma de mostaza; acudió después, aplicó el tratamiento y se marchó. L’Angelier pidió que hicieran venir a una amiga, la señorita Perry. Le dijo a Jenkins que cinco minutos de sueño tal vez lo restablecerían. Cuando el médico regresó, el joven yacía muerto.
En el bolsillo de su chaleco se halló una nota tierna, firmada con un nombre fingido. La mujer que la había escrito aseguraba haber aguardado y velado en vano, y proponía repetir el intento al día siguiente. Jenkins refirió que, al descubrir el papel, uno de los hombres presentes —Thuot o Stevenson, ya no lo recordaba bien— opinó que todo quedaba explicado. Sabía que su huésped mantenía correspondencia privada, si bien jamás le había revelado el nombre de su autora. L’Angelier trabajaba como dependiente en la casa Huggins y se hospedaba allí desde el verano precedente.
Las cartas no se recogieron todas de un solo golpe. William Stevenson, compañero de trabajo de L’Angelier, registró en primer lugar sus efectos y su pupitre; reconoció luego que el mueble cerraba con holgura, que otros empleados habían podido acceder a él y que no se había levantado inventario minucioso alguno al entregar los papeles a los pesquisidores. Únicamente había estampado sus iniciales en ciertas cartas. El juez censuró con severidad pública el modo en que se había supervisado la primera recogida. Semejantes omisiones no invalidaban las piezas presentadas, pero se convirtieron en materia misma del juicio: ¿de dónde procedía cada esquela y quién podía garantizar su curso?
Las semanas previas distaron de haber sido apacibles. Jenkins recordaba al menos dos indisposiciones en febrero. En una de ellas, a L’Angelier le sobrevinieron dolores y vómitos de camino a casa; había dormido y luego se levantó para visitar a un médico. Otra crisis lo retuvo varios días en cama. El doctor Thomson habló de una fiebre biliosa; tras ello, L’Angelier partió a convalecer a Bridge of Allan. Desde allí escribió a su colega indicándole que se sentía mejor, a pesar de padecer aún pesadez en las extremidades. Los testigos no coincidieron sobre su regreso: una hostelera de Bridge lo situó todavía allí el domingo por la tarde, mientras que Jenkins aseguró haberlo visto de nuevo en Glasgow el sábado por la noche. Jenkins lo describió entonces con mejor semblante; volvió a salir unas horas después.
La causa mudó de cariz cuando los facultativos reconocieron el cadáver. El profesor de química Frederick Penny recibió el estómago y su contenido para rastrear la presencia de veneno. Su análisis reveló arsénico: cerca de 82,7 granos en las sustancias examinadas, a los que se sumaban algo más de cinco granos en forma de polvo. La suma total rondaba los ochenta y ocho granos, muy por encima de las dosis que los peritos estimaban usualmente letales. La exhumación aportó una confirmación suplementaria: el cuerpo albergaba asimismo arsénico, absorbido con anterioridad al fallecimiento.
Aquel hallazgo no dilucidaba, empero, la cuestión primordial: ¿quién lo había suministrado, en qué momento y por qué medio? Penny explicó que parte del tóxico pudo haberse expulsado por el vómito, resultando imposible tasar dicha cantidad. Otro químico, Robert Christison, juzgaba los síntomas compatibles con el arsénico, si bien admitía que algunos de ellos concurrían también en el cólera. Los exámenes acreditaban la existencia del veneno, no la mano que lo hubo propinado ni la vía empleada. El chocolate podía vehicular una cantidad considerable si se preparaba con un método determinado; prueba alguna demostró que una taza en concreto hubiese sido envenenada.
El nombre de Madeleine Smith ingresó en la causa merced a la correspondencia y a la cita frustrada. En su declaración del 31 de marzo, leída en la sala de justicia, la joven aseveró conocer a L’Angelier desde hacía unos dos años. Reconocía sus mutuos proyectos de enlace, pero sostenía no haberlo visto desde tres semanas atrás. El último cruce de palabras se habría producido en su ventana de la calle Main: él habría llamado con el bastón y ella le habría hablado sin salir a la calle y sin franquearle la entrada. En una nota expedida el viernes 20 de marzo, ella decía aguardarlo para la velada siguiente. No acudió, sostenía ella, ni llamó a su ventana durante el domingo.
L’Angelier, sin embargo, había confiado a su compañero de aposento un encuentro con su amada y un malestar sobrevenido en su presencia. La fecha y las circunstancias fueron motivo de ardiente disputa en la vista. La nota incautada en su ropa, la entrevista acordada y las deposiciones sobre las visitas nocturnas brindaban a la fiscalía motivos para sostener que ambos se habían entrevistado. Smith negaba tal última cita. Alegó que deseaba ver a L’Angelier para anunciarle que aceptaba la proposición de matrimonio de William Minnoch, un comerciante allegado al hogar paterno.
El arsénico distaba de constituir un elemento aislado en sus declaraciones. Smith reconoció haberlo comprado en tres ocasiones, a razón de seis peniques por vez, en dos boticas. Declaró haber empleado la sustancia con fines cosméticos, diluida en agua para el rostro, el cuello y los brazos. El 18 de marzo, según sus palabras, había vertido la última porción entera en una jofaina antes de lavarse. Adujo haber aprendido tal costumbre de una antigua condiscípula y haberla leído en los periódicos; procuraba ocultar su uso a su familia.
Mary Jane Buchanan, que acompañó a Smith a la botica el 6 de marzo, corroboró una de las adquisiciones. Recordaba que el boticario había instado a la joven a firmar el libro de registro y que Smith afirmó necesitarlo para matar ratas. El mancebo propuso una pasta de fósforo, ya probada sin fruto a juicio de Smith; la familia se disponía a marchar a Bridge of Allan y añadió que no entrañaría riesgo alguno dejar el arsénico en los sótanos. Tal testimonio no zanjaba la cuestión del destino final: yuxtaponía a la explicación cosmética el uso raticida alegado ante el farmacéutico.
Una antigua compañera de internado, Augusta Giubilei, que ejerciera allí de alumna auxiliar, compareció a renglón seguido. Smith le imputaba el consejo de aplicar arsénico a la piel. Giubilei negó haberle recomendado semejante hábito o haber conversado con ella sobre afeites. Recordó, no obstante, una lectura escolar concerniente a los campesinos de Estiria, quienes ingerían pequeñas dosis para ganar robustez. Dicha evocación no respaldaba el presunto consejo; demostraba tan solo que la noción pudo haberse difundido en aquel entorno colegial.
A lo largo de nueve jornadas, testigos, facultativos y letrados volvieron con insistencia sobre los mismos extremos: las cartas, la esquela, el registro de la botica, el chocolate y el polvo sedimentado en el estómago. La defensa impugnaba la cronología de las citas y remarcaba que ningún testigo había visto a Smith suministrar el tóxico. La fiscalía conminaba al jurado a hilvanar las compras de arsénico, el trato clandestino, las nupcias con Minnoch y la muerte de L’Angelier. El cargo descansaba en la convergencia de tales indicios y no en un hecho presenciado de visu.
El 9 de julio de 1857, tras las instrucciones del juez, el jurado pronunció un veredicto mayoritario. Respecto al primer cargo, declaró a Madeleine Smith «no culpable»; en cuanto a los otros dos, dictó «no probado». El tribunal ordenó su excarcelación. La resolución de la justicia no convalidó la imputación, mas tampoco pretendió desentrañar cada misiva, cada crisis de febrero o el origen de la dosis hallada. Quedaban una muerte por arsénico, una pasión de citas controvertidas y una mujer joven a quien el jurado no halló motivo para condenar.
